jueves, 12 de febrero de 2009

El día de la bestia en la Perla de la Cuenca


R. Soberanes

Pasadas las once y media de la mañana, doblaron las campanas y tronaron los cohetes. El primero de 10 toros destinados al martirio, caminaba por el río Las Mariposas alzando la cabeza lo más que podía para respirar. Lo conducían amarrado del cuello los cuenqueños triunfadores de la regata previa. A la orilla del río, en la "Perla del Papaloapan" esperaban miles de turistas dispuestos a envalentonarse ante los indefensos animales, moviendo sus caderas al ritmo del regaeton, cortesía de una conocida marca de cerveza.

El cotidiano silencio sepulcral del pueblo abrazado por Veracruz como uno de sus máximos valores, fue interrumpido por el estruendo de la fiesta, por visitantes distinguidos llegados desde las otras nueve ciudades mexicanas declaradas patrimonio cultural de la humanidad, por las coplas y versos inspirados en los puntos más recónditos del estado explayados en las tarimas sacudidas por los tacones de los bailadores, en la plaza Doña Martha.

Pero también hubo regaeton junto al río, miedo a las botellas voladoras lanzadas por los rijosos y el impactante suplicio de los toros que cruzaban el río forzados por los conductores de las lanchas que, victoriosos tras la tradicional regata, amarraban a los animales por los cuernos para llevarlos a tierra, donde la muchedumbre los esperaba para recibirlos en su frenesí.



El río emanaba olor a diesel, decenas de lanchas agitaban las aguas del Papaloapan, los restaurantes, las azoteas y las calles de Tlacotalpan estaban abarrotados, los jinetes con sus lazos esperaban sobre sus caballos a que apareciera bufando del esfuerzo el primero de los animales. La sangre estaba por derramarse, comenzaba la barbarie.

Mientras los toros salían del río uno a uno, y las piernas postradas a orillas del río temblaban de la emoción, un grupo de tlacotalpeños se congregaban en el centro del pueblo, en Los Portales. Muchos de ellos portaban leyendas en su vestimenta con frases alusivas: "Yo cuido a los toros". Al mismo tiempo, los animales comenzaban a sangrar quemados por las cuerdas lanzadas por los jinetes y por las heridas propinadas por los orgullosos "valientes" que lanzaban objetos y, para el mayor de sus deleites, tomaban al toro por el rabo para hacerle un nudo y enseguida escapar huyendo de la desesperada reacción del animal.

La alcaldesa de Tlacotalpan, Esperanza Burela Villegas, quien observó el transcurrir de la jornada desde un palco del palacio municipal, declaraba triunfal que no había toros lesionados, mientras decenas de asistentes lucían orgullosos sus manchas de sangre, no de ellos, sino de los jadeantes animales, desorientados y bañados por los desperdicios de cerveza que les lanzaban con inexplicable saña. Tan imponente era el tamaño de los animales como evidente su mansedumbre y su rechazo para embestir como animales de corral que son.



Mientras las bestias y los toros protagonizaban el acto de barbarie, la Virgen de la Candelaria, vista como un ser divino, pero a la vez viviente y conciliador de almas, esperaba encerrada en su estatua, en el templo que lleva su nombre, para ser ataviada a las cinco de la mañana y dispuesta a bajar de su atrio y salir a "saludar" a quien quede despierto (los lugareños la esperan con fervor y el horario y el sufrimiento de los cuerpos deshidratados no son obstáculo, aseguran) y pasearse por las calles de este pueblo de ensueño, lugar de pescadores, decimeros y agricultores que esperan a los honores de la hermosa Candelaria, identificada con la deidad prehispánica de la Cuenca, la diosa acuática que habita en el río y bendice la pesca y la agricultura.

Cuentan que en 2005, fue imposible sacar del templo a la deidad de la Cuenca. Quedó ella vestida de seda y alborotados todos ellos, y se sobrevino una desgracia digna de ser recordada para en la posteridad: llegó el huracán Stan y desbordó el Papaloapan, perdiéndose miles de hectáreas de cosecha, matando otros tantos animales y causando importantes daños materiales entre las pertenencias de los tlacotalpeños.
Mientras tanto, en el plano terrenal, comenzaban a fluir los datos sobre los primeros caídos. Según el reporte de Protección Civil, hubo 12 heridos por los toros entre las 50 mil personas congregadas y sólo uno de ellos recibió cornada. Según lo que todos vieron, 10 toros fueron brutalmente lastimados por la muchedumbre, envalentonada por el alcohol y por el deplorable estado de los animales.

Al mismo tiempo, en el escritorio de la alcaldesa, “en lugar del Plan Municipal de Desarrollo, tenía dos cervezas en una bolsa, con el plástico que sostiene el six de chelas”, dijo uno de los reporteros que habló con la edil. Doña Esperanza Burela clamaba con fervor que ella misma fue a traer a los toros en una lancha y se cercioró de que ningún animal estuviese herido.

A sólo unos metros de su oficina, frente a Los Portales, un toro fue amarrado de los cuernos a los bambúes dispuestos a manera de protección en las cantinas. La saña se cebaba más aún con el cansado animal, para deleite de los turistas y enojo de un grupo de tlacotalpeños que se desgañotaban para que soltaran al animal. “Por eso hacen mala fama a Tlacotalpan”, dijo Rebeca Carvajal, montada en cólera. Ella aseguró que quienes maltratan a los animales, son visitantes de la región, pero no los lugareños.

"Naranja dulce fresca y jugosa" gritaba en el parque un “corneado” (por el toro) sobreviviente de la fiesta de 2008. "¡Que este año tampoco se muera!", le contestan los tlacotalpeños, "si no, ¿quién va a vender jugo de naranja?", un alimento bueno para el día siguiente de la fiesta.

En otro punto del pueblo, algo extraño pasó por la mente de una persona que decidió cargar a un perro y aventárselo al toro, algo largamente celebrado por quienes lo presenciaron. Otro animal, tras ser desatado por los jinetes, caminó errante hacia el río y se sumergió, tras de sí, dejó a unas seis personas con el alma en un hilo revisando sus teléfonos celulares empapados y buscando sus zapatos y chanclas que habían quedado flotando tras el chapuzón. Ellos estaban empapados y lanzando injurias.

Mari Carmen García Elías, presidenta de Unidos por los Derechos de los Animales, explicó que las vacas y los toros no pueden controlar el esfínter anal, con lo cual, al estar nadando estresados, les entra agua en los intestinos, así, al llegar a la orilla y comenzar el encierro, ya llevan el vientre inflamado de agua y se les dificulta correr cuando reaccionan a las provocaciones de la turba.
La comunidad de Tlacotalpan convino que a las tres de la tarde (dos horas antes de lo normal), los animales habrían de ser encerrados y trasladados a sus lugares de origen.

4 comentarios:

@zu dijo...

Hola...hola...

Me encanta como describes y desarrollas tus textos!


Tuvo suerte tío...Nada que corregir.Simplemente FELICITAR!

Un abrazo.

P.D. Poco a poco me iré deleitando con lo que escribe usted.

Basurto 38 dijo...

"El estruendo de una tormenta que rueda por el cielo hacia la ventana, la polvareda de miles de ejércitos marchando al unísono bajo el mismo mando, el mas feroz de los tornados dirigiéndose a su objetivo, el bramido de infinitas bestias con ojos de fuego y sed de sangre, una avalancha de cuerpos inmensos formando una masa informe".
Aun pendiente Rodriguito pero serás el primero en leerlo

Un beso.

tangómana dijo...

Híjole, Ró. Está bueno escribir sobre ésto. Es una verdadera culerada lo que hacen con los toros. Recuerdo cuando fui hace algunos ayeres, una bola de hombres borrachos rodearon a un cebú. Uno de ellos se subió a su espalda para morder su joroba, otros tantos le tiraban latas de cerveza llenas. No pude hacer más nada que llorar, me causó una profunda tristeza observar el dolor de éstos seres. Es una vergüenza lo que pasa allá, y aún... que siga sucediendo.
Un abrazo, Don.
Celeste

Lola dijo...

Qué controversial... A mí por ejemplo me caga esta "cultura del desmadre irracional y desbordado" como dice un buen amigo mío... Alguna vez estuve en el intento de pamplonada cuenquera donde esas bestias andan de un lado a otro todos descarriados (no me refiero a los toros). No apoyo lo que se hace en Tlacotalpan, pero me encanta la tauromaquia, sobretodo el rejoneo. Es una contradicción, no?

La incoherencia debe ser contagiosa