viernes, 12 de diciembre de 2008

La Fuerza del Popoluca

R. Soberanes

Una pequeña comunidad popoluca enclavada en el corazón de la Biósfera de Los Tuxtlas pasó recientemente un mes y medio de total incomunicación. El mismo temporal que inundó Minatitlán, azotó a los 420 habitantes de Santa Martha, quienes esperaron día y noche con singular resignación dentro de sus pequeñas casas a que la sierra calmara su bravura y les diera un respiro.

Cada vez que llueve en la sierra de Santa Martha, la selva suelta una densa neblina que lo cubre casi todo, y las nubes tapan la comunidad como si fuera una tienda de campaña. La serranía se ceba contra sus habitantes con oscuridad y un frío húmedo que cala hasta los huesos.

Cuando paró la lluvia de los fatídicos octubre y noviembre, los pobladores espabilaron sus cuerpos entumidos y salieron a la luz para descubrir que sus cultivos de maiz y frijol estaban echados a perder y sólo ellos saben cómo hicieron para resistir una situación que difícilmente cabe en el entendimiento de una persona citadina.



Los habitantes de esta comunidad jamás recibieron recursos del Fondo de Desastres Naturales (Fonden) que otorga la Secretaría de Gobernación (Segob), según palabras del agente municipal, Ventura Cruz Ramírez, padre de cinco niñas y un niño, todos de aspecto saludable y sonrisa permanente, cosa poco frecuente en los niños que viven en la ciudad.

Santa Martha es una comunidad de habitantes popolucas en la que todos, incluyendo los niños, utilizan su lengua natal y hablan el español con cierta dificultad. La Dirección de la Reserva de los Tuxtlas la considera como un punto clave para realizar acciones de conservación ya que debido a los usos y costumbres, obtienen todos sus recursos de la selva, algo que se nota a simple vista al llegar al lugar.

Para salir de la comunidad y llegar a Soteapan, hay que hacerlo en camionetas que cobran 150 pesos por viaje y a cada vehículo le caben 10 personas. Entre más pasajeros, el viaje sale más barato. En santa Martha, con suerte se reúnen las suficientes personas para hacer dos viajes al día hasta Soteapan, la cabecera municipal. Un viaje de ida y vuelta cuesta unos 30 pesos por persona, es la inversión que tienen que hacer -hasta antes de enero de 2009, pues se han anunciado nuevos aumentos- para llevar a vender sus productos.

Decenas de camionetas se estacionan en la calle principal de Soteapan para vender sus artículos. A la hora de la salida de las escuelas es cuando se intensifica la actividad. Los comerciantes ofrecen sus mercancías desde sus camionetas. En una de ellas anunciaban “camarón seco del Istmo”, tres personas se acercaron a comprar, preguntaron el precio (30 pesos el kilo) y se alejaron con las manos vacías soltando maldiciones entre dientes.


Junto al palacio municipal, se encontraba don Silvestre Márquez Rodríguez, hombre popoluca de unos 50 años. El está discapacitado de su pierna derecha y aún así maneja entre los caminos de la serranía una camioneta Datsun standart de modelo irreconocible. Cuenta don Silvestre que hace unos meses regresó de Sonora, a donde fue a trabajar de campesino con un contrato de tres meses, pero sólo cumplió dos “por el desgraciado calor que hace allá”. Actualmente se dedica a sacarle provecho a su vehículo. Pone las muletas a un lado del asiento y con su pierna izquierda controla freno, acelerador y clutch. Así subió, a cambio de la generosa tarifa de 100 pesos, desde Sotepan hasta Santa Martha, viaje que fue aprovechado por José Hernández Cruz, habitante de la comunidad de Nuevo México, situada a dos horas de camino a pie después de Santa Martha.


A José Hernández le esperaba una larga jornada a pie con 20 kilos de alimento para cerdo a cuestas. En esta zona serrana la marginación es casi completa, los ingresos de cada familia oscilan entre los 45 y 50 pesos diarios y los apoyos gubernamentales llegan a cuentagotas. El intercambio comercial formal no existe, salvo una tienda Diconsa, atendida por un joven apático iluminado por un foco de 40 watts que responde en voz baja y mirando hacia el piso, las preguntas que se le hacen. Dijo que no hay agricultura en Santa Martha, que sólo se cultiva maíz y la gente “saca dinero de cualquier cosita que encuentran para vender”.

Las casas generalmente son de una o dos habitaciones, y un cuarto donde se encuentra el fogón y se lavan los trastes, además de la letrina. Las familias son numerosas. Rodríguez y Márquez son apellidos frecuentes, pues la mayoría tienen algún parentesco.

Durante las horas que se prestan para el trabajo, en las casas permanecen las mujeres y los niños. La llegada de una persona ajena a la comunidad despierta gran curiosidad entre ellas, que se asoman a ver la novedad desde sus puertas sin ningún disimulo. Dentro de su casa, acomodan todo con rapidez y ofrecen asiento al huésped. Ellas se sientan en el piso e insisten en permanecer ahí.

Una jovencita que dijo “no tengo mi nombre” (por pena), María, Marisol y Reina, explicaron que subsisten de “lo que siembra en parcelas”, como café y maíz. Se les preguntó cuánto necesitan para subsistir durante una semana. Se miraban entre ellas para ponerse de acuerdo y murmuraban en popoluca. Se fue la luz, no había nada que hacer para remediarlo y continuaron los secreteos. El llanto de un niño y los sonidos de los puercos que estaban en el patio eran lo único que se escuchaba dentro del silencio campirano y la oscuridad interrumpida por los flashasos intermitentes del foco. Unos 300 pesos es lo que necesitan para vivir una semana, convinieron entre las cuatro.

Según personal de la Dirección de la Biosfera de los Tuxtlas, situada en Catemaco, existen programas de recuperación de cultivos propios de sus usos y costumbres, como el Ixtle, útil para fabricar monturas de caballo; el Chocho, una palma comestible, y la palma Camedora, una planta de ornato. Se habla también del rescate de la medicina tradicional y de técnicas para evitar el uso de herbicidas, así como la implementación de cultivos a través del “módulo de traspatio”.



Los hombres adultos comenzaron a llegar a la comunidad después de las siete de la noche. Encontraron sus hogares en penumbra. Los dos faros de alumbrado público también estaban apagados. Lo más claro de la comunidad era la neblina que alcanzaba el suelo. Don Ventura Cruz Ramírez ya estaba en casa.

En entrevista a ciegas, el agente municipal de Santa Martha, de 37 años, se mostró extrañado cuando se le preguntó por los programas que figuran entre los planes de la Dirección de la Biosfera. “Aquí es la zona más alta y no tenemos casi programas de gobierno. Con el desastre que pasó de que llovió un mes y medio día y noche, pues mandamos documento al gobierno del estado dirigido a Sedarpa y mandamos lista que pide la gente de colchonetas y cobijas”.


Don Ventura recuerda que cuando él tenía 12 años, en Santa Martha “todo estaba despejado” a causa de la tala y la explotación inmoderada de la Selva, no obstante, al ser una zona proveedora de agua para ciudades como Coatzacoalcos y Acayucan, la zona fue reforestada y la actividad de los popolucas, controlada para evitar el deterioro ambiental. Por ese motivo, considera que su comunidad tiene derecho a recibir beneficios, toda vez que su capacidad de acción está limitada.

“Yo estuve platicando con el presidente municipal de Sotepan (Elías Ramírez Hernández) para ver si nos pueden apoyar porque la gente ya está pensando que si no hay apoyo del gobierno, se van a acabar la sierra”. El 11 de diciembre, la alcaldesa de San Andrés Tuxtla, anunciaba antes los medios de información en la ciudad de Boca del Río, que la Comisión Nacional Forestal (Conafor) había beneficiado a 50 mi familias de la zona de Los Tuxtlas con pagos por servicios ambientales. Estos recursos, según don Ventura, no llegan hasta Santa Martha, ubicada en el "cerro más alto" de la sierra.



Don Ventura es persistente mandando documentos a las dependencias gubernamentales y le pide tiempo a la gente, pero sabe que la carencia es más fuerte que la paciencia. “No tenemos nada, ni el pago de servicio ambiental. No tenemos nada, ninguna respuesta favorable”.

-¿Hay programas para rescatar sus cultivos tradicionales?, se le preguntó, en referencia a la información que nos habían dado en las oficinas de la Dirección de la Biósfera, en Catemaco.

-“La verdad no lo tenemos, eso se cuenta, he escuchado que donde más apoyan es por Sotepan por abajo, ahí por otros rumbos, porque en el año que llevo trabajando de agente municipal, casi no tenemos el apoyo pues. Orita estamos pidiendo apoyo para el mantenimiento de la palma, para el chapeo, nos hace mucha falta”.

-Si la situación están difícil aquí, ¿qué es lo que los hace quedarse?.

-“La sierra es comunal, tenemos nuestras parcelas, y yo aquí me crié y ya estamos hayados pues, somos serramos todos. Yo cuando gano 30 pesos al día, ni modo, me tengo que aguantar para no dejar abandonados a mis hijos. Hay cuatro compañeros de acá que e fueron a Sinaloa y dicen que no hay chamba, mejor nos quedamos acá pues”.

Volvió la luz y la cena estaba lista. Una jarra de café, un cerro de tortillas hechas a mano y un exquisito guisado de carne de puerco para el final de la jornada, antes de ver las noticias en la pequeña televisión, y sacar todos los sarapes y envolver a las seis criaturas que quedaron como pequeños bultitos saltarines en el piso durante la fría noche. Grande fue el esfuerzo de don Ventura para que sus hijas dejaran de hablar, reír y pedir que les saquen fotos.



Tras una noche de lluvia, los fogones se encendieron y comenzó a salir humo de las rendijas de los techos de lámina. A través del radio de don Ventura, el agente municipal de Nuevo México, Victorino Hernández Cruz, avisaba que se dirigía a Santa Martha acompañado de Esteban Hernández Mateo para aprovechar la presencia de la revista Llave y denunciar públicamente el abandono en el que se encuentra su comunidad, en la cual viven 56 personas.

A 6.5 kilómetros de Santa Martha, se encuentra Nuevo México. Ahí sólo se puede llegar entre brechas gastadas por la erosión. Los viernes por las noches, los estudiantes de la comunidad regresan desde Soteapan y suelen hacerlo de noche con el peligro que representan caminar entre la espesa vegetación.

En 1987, 11 familias llegaron a vivir a ese lugar, ubicado entre Santa Martha y la comunidad de Miguel Hidalgo. “Nos invitaron a vivir unas personas que ya ni están”, dicen Esteban y Victorino, quienes aseguran que en los alrededores de su comunidad, solían llegar extranjeros a extraer oro, de hecho, hay algunos restos inservibles de maquinaria de minería.



En 1998, antes de que la zona fuera decretada como reserva natural, el gobierno federal inició la construcción de un camino. A la mitad del trayecto, una empresa de comunicaciones utilizó el sobornó para desviar el trayecto e instalar una antena. Después de eso, la retroexcavadora “se rodó pa´bajo y se mató el operador”.



Así, la “rodada” (ya destrozada) llega hasta “La Ventana”, un lugar exuberante de paisajes impresionantes, que en los archivos de la Junta Estatal de Caminos (según constataron Victorino y Esteban el 2 de febrero de 2006), figura como una zona surcada por un camino ficticio que va desde Tebanca hasta Soteapan, pasando por Nuevo México y Santa Martha.

4 comentarios:

Lola dijo...

Sí, sí, no hay duda: Me encantó tu trabajo, lo repito. Súper completo, concreto... Además es un tema al que le he traído ganas desde hace muuucho, lo tenía como un pendiente; así que gracias por tomarme la palabra y hacerlo tan bien.


(Y no te estoy adulando, que conste)

Basurto 38 dijo...

Y dice:
Asu Rodriguito
Siempre que termino tus textos me quedo con esa sensación de querer más; de saber más también. Son testimonios de vidas, de historia, de gente que valen la pena, no sólo las letras sino aun más acciones sólo para retribuirles el 'habitar la tierra'. Es como si de pronto estuvieras ante conocimientos ancestrales que quiseras desentrañar de esas cabecitas que no pueden más que pensar en cómo llegar al día siguiente.

Gracias, por la 'compartición'
(Omitido) Jajajajaja

Anónimo dijo...

tantos lugares, tantas personas aquí y allá viviendo realmente como uno nunca imaginó posible. Y dentro de tanta carencia, las sonrisas tan enomres de esos pequeños con olor a leña y con la resistencia de un tronco. Gracias por los recuerdos que me trajiste...

rodrigo dijo...

Justo ayer fui a una comunidad del Cofre de Perote y, en medio de la pobreza extrema y un frío encabronado, los niños se la pasan riendo (Igual que los Popolucas). En el camino de regreso traté de acordarme de alguna escena de niños citadinos sonriendo al mismo tiempo y no pude... Gracias señor/a Anónimo/a por pasar por este blog.