domingo, 24 de agosto de 2008

El hombre del coche rojo


foto/www.lomohomes.com/daredeye

R. Soberanes

Lo que pasó ese día fue que iba yo solo, y eso no es lo mío. También iba yo sin prisa, buscando algún pretexto para detenerme por ahí y encontrar algo que me sacudiera esos pensamientos ya tan encimados y solitos que nada más daban vueltas y vueltas sin alejarse de lo que me acababa de pasar. Pues total –dije- me paro un rato y ya.
Eso hice, estiré las piernas y miré, recargado en mi coche a la orilla de la carretera esa, que tenía tan poquitas curvas. Decido echar una meada, y mientras lo hago, observo que detrás de todas esas hectáreas con pequeñas nubes de polvo levantadas por uno que otro campesino, hay un cerro que tiene la forma de un triángulo rectángulo casi perfecto. Por eso me distraje tanto, porque comencé a buscarle irregularidades a las líneas de aquella gran figura natural y solamente recordé lo que estaba haciendo cuando sentí el escalofrío que anuncia la llegada de las últimas gotas; vuelvo a mirar la montaña esa y pienso: para ser las últimas gotas, sigue siendo muy fuerte el chorro. Volteo hacia el suelo y miro justo enfrente de mí, una víbora de cascabel toda encabronada y brilloza de lo orinada que estaba...
Era inevitable preguntarme si no pude haber exprimido la vejiga en cualquier otro punto entre los cientos de kilómetros cuadrados de campo que habían a la redonda, pues me lo pregunté, me respondí que claro que sí y me encabroné.
Estoy convencido de que lo que me hizo subir a mi Alfa Romeo 67 con tal rapidez, fue el impulso de los huevos al subirse a la garganta, de una sola maroma hacia atrás, quedé sentado y encendiendo el carro. El padre de mis hijos estaba afuera todavía. Mi bólido avanzó y regresé a la carretera, feliz de estar vivo aún y necesitando algo para el susto aquel que me dio la pinche víbora –¡seguro que nadie se había atrevido a mearte viborita!- fue el pienso que le dediqué.
Como unos diez kilómetros mas adelante, justo antes de un entronque, estaba a la orilla de la carretera, un grupo de puestos de fresas. Escogí el que me pareció mas limpio y presentable. Adentro la sorpresa fue agradable, porque la persona que atendía la tienda, era una señorita bastante linda, bien jovencita y tímida que se veía.
-Buenas- dije yo.
Solo al escucharme se dio cuenta de mi presencia, recorrió mi figura con la mirada, de abajo hacia arriba y se puso nerviosa, se puso seria, como asustada, hasta parecía medio bruta. No me contestó el saludo y se metió a la parte trasera del negocio –ya le gusté, ja-, eso pensé. Puse un poco de atención y noté que en el interior había un gran alboroto, se escuchaban golpes y gritos, como en las luchas, entonces hubo silencio, me extrañó. Entró una ráfaga de viento frío a la tienda, eso fue para mí como un milagro porque la frescura que sentí en la entrepierna me advirtió que no estaba yo en condiciones de presentarme delante de la gente.
Ya los gritos recobraban vida y venían hacia mí, ahora me explicaba la cara de bruta de la señorita y sabía que sus papás me iban a correr sin despacharme unas condenadas fresas con crema y azúcar. Corrí y puse a andar el coche lo mas rápido que pude, lo suficiente para doblar en el entronque y que no alcanzaran a verme siquiera, solamente escuché que un señor habló de hacerme el miembro en carnitas, la mamá de la señorita gritó que mis miserias no le interesaban a su hija y la hija me dijo “mm menso”, entonces conocí su voz. Y me subí la bragueta.
-Ahora ya no es un susto, sino dos, por eso me merezco unos tragos- pensé, y me seguí por ese mismo camino, que, según las señalizaciones en ruinas, me llevaría a un pueblo situado a tres kilómetros; eso era mentira, estaba como a siete. El pueblo se llama San Nicolás y la carretera llena de agujeros marcaba su recorrido al parejo de una vía de tren que está a casi diez metros del asfalto. Me estaba yo fijando en eso, cuando una cabina de tren me llenó el retrovisor, se acercaba muy rápido, y pronto me estaría rebasando, venía vuelta madres. No sé si es mi imaginación, pero se emparejó conmigo, bajó la velocidad y el cabrón chofer, piloto, conductor, maquinista, o como se le nombre, comenzó a hacer sonar la máquina con un ruido estruendoso que me dejó tres días con zumbido en las orejas. "Tobías", decía un rótulo fresco que llevaba sobre la lámina. El estridente Tobías me miraba con sus ojos brillantes y gemía enseñando su asquerosa dentadura como si quisiera advertirme de algo. Y así, sin más, dejó de pitar y desapareció entre el polvo a una velocidad que no le conocía a ese tipo de máquinas que recordaban los tiempos de la revolución, de hecho, no sabía que aún se utilizaran.
En fin, llegué al pueblo, estacioné mi coche y caminé hacia la plaza guiándome por el pico de la iglesia que se levantaba sobre los tejados de cuatro aguas de aquel cálido lugar.
La plaza era mas o menos normal, una iglesia en tan buenas condiciones como lo permiten las limosnas y con un coche último modelo estacionado en la calle de junto, el del cura; un palacio municipal con pintura de hace diez años, con mas policías que trabajadores y con su manifestacioncita enfrente; un parque con kiosco que huele a meados de por lo menos dos generaciones, boleros, puestos de elotes y chicharrones de harina, borrachos con sus monólogos, pasarela de solteros que rodean el parque en un sentido y solteras que hacen lo mismo en sentido contrario, y un predicador que hace sanaciones y promete salvación a cambio de "lo que gusten cooperar"; casas antiguas que en la planta baja son notario público, biblioteca, casa de la cultura, tienda de artesanías, etc.; el local de Alcohólicos Anónimos, y junto, la cantina-restaurante La pasión del Volován. Ahí fue que me metí.
Ya el susto se me había bajado, pero las ganas de tlapehue no.

Ya estando en la cantina, noté que había poca gente, algunos borrachos del día anterior iluminados por la luz que atravesaba las hélices de los respiraderos de las paredes. El lugar acababa de abrir. Era curioso que no había nadie que sirviera los tragos, algunos se comenzaban a brincar la barra para atenderse solos. Uno de ellos, al notar que yo lo miraba con desaprobación, me sirvió mezcal en un vaso de plástico, lleno hasta el tope, igual que el suyo.
-Tómeselo, ándele, que el cantinero es mi compadre
-¿Porqué no ha llegado?
Eso pregunté, y al tiempo que me respondía con la mala noticia, tomé tres tragos como si fueran agua, no conocía esa bebida ni el estado mental en el que me sumergí tan tan rápido. La única certeza mía era que, a no ser que vomitara de inmediato, una brutal borrachera era inminente.
-¡Pos dicen que anda enchilado buscando a uno que entró a la tienda de su señora con las bolas de fuera, ya no ha de tardar!
Eso me dijo, con trabajos por la risa, y yo, bañado en sudor y a punto de vomitar, recibí la noticia con pavor. Sin ser dueño de mis movimientos, sumido en tal extraña euforia, sentí que el mezcal se agitaba en mi estómago y que mis ojos estaban más abiertos que nunca. Era mejor estar borracho, no entendía nada, ¡¿cómo era posible que la información haya llegado a la cantina antes que yo?!
-¡Las cualidades de un pueblo!-
Me dijo aquel señor, como si me hubiera adivinado el pensamiento, era algo impresionante. Por obvias razones era urgente que me alejara de La Pasión del Volován, pero no podía, pues el señor a mi lado se puso muy ofendido de que no le hiciera el fuerte con el trago, palabra que no pude irme.

En eso estábamos cuando llegó el cantinero, y sí, se veía realmente molesto, hasta estaba colorado, despeinado y con rasguños en la cara. Yo me imaginé mi pito en carnitas.
-¡Donde lo hubiera yo encontrado!-dijo el cantinero, luego me miró -¿qué pasó joven? Ah, veo que el pinche judas ese ya te sirvió.
Tardé unos segundos en responder porque me distrajo el hecho de que aquel señor tenía una balata de tren colgada de la espalda con una cuerda.
-Con esto le iba a dar al cabrón- me dijo al notar mi interés en la balata.
-Ha- le respondí.
Supe que no corría gran peligro. Lo siguiente fue una conversación saludable, la tensión del momento disminuía y el alcohol recorría mi sangre. Decidí relajarme y platicar, me gustaba estar ahí.
El cantinero era Don Remi, estaba casado con Doña Nachita y tenía una hija, Amelia (a quien yo conocía) que atendía la tienda de fresas que tenían en su casa que estaba por ahí cerca, sobre la carretera federal. El tipo era amable y hasta simpático, lo colorado de los cachetes lo tenía permanente y no solo cuando hacía coraje como yo pensé. Los que ya le tenían confianza le decían Volován, por gordo, y le pedían fiado, uno de ellos era Don Fide, el que me sirvió el mezcal, el peor vestido de todos y el más borracho, tenía dos millones de pesos en el banco, que hace un año eran cuatro y “se pasaba la vida por el arco del triunfo”, no trabajaba y rara vez comía, pedía fiado porque le daba hueva ir al banco. Y cada mes le pagaba a Don Remi el doble de lo que le debía para compensar el pesar que le iba a causar cuando por fin decidiera robares a Amelia.
Fide, el adinerado borracho me contó la siguiente historia:

-Estaba Don Remi sentado en la hamaca de la terraza que está en la parte trasera de su casa. Lustraba sus viejas y batalladoras botas vaqueras color café y miraba su cerro favorito, el rectángulo ese. Estaba absorto, quien sabe en qué cosa tan fabulosa estaba pensando, cuando advirtió que Doña Nachita estaba parada junto a él como queriendo ser parte de aquel momento:
-¿Un día vamos a la cima de tu cerro?
Don Remi es muy egoísta para esas cosas:
-Tu, mi vida, no cabrías en la cima de ese cerro, te desbarrancas, ¡y qué iba yo a hacer sin ti!
-¿ah si? Espérame tantito –contestó ella con toda la calma posible.
Don Remi se desconcertó por aquella reacción tan sospechosa y tibia, pero continuó con lo de sus botas. Luego escuchó que su mujer ya regresaba a la terraza, pero decidió ignorarla, de pronto se le estremeció la cabeza del tremendo sartenazo que Doña Nachita le dio en la mera nuca, Don Remi le iba a aventar la grasa pero ni tiempo le dio porque la brava mujer se le aventó y de inmediato lo tuvo contra el piso dándole de cachetadas, él alcanzó los chinos tiesos de su contrincante y los jalaba sin temor a lastimarla. Bien rápido se dieron cuenta los vecinos y de inmediato estaba lleno de gente el lugar, el griterío fue maravilloso:
-¡Ora sí ya lo tienes comadrita!
-¡Súrtelo Nachita!
-¡Ándale volován hazle la llave que te sabes!
Y a la mitad de la torpe ejecución de la llave, llegó Amelia que se veía algo pálida.
-Déjalos niña, no los separes!
Ella se les acercó con cierta habilidad para esquivar los golpes extraviados y en voz baja les dijo:
-Entro un loco con el...el... el chile de fuera.
Sus papás seguían tomados de las greñas y terminando de creer lo que su hija les había dicho cuando ella tuvo que jalarlos para que se pudieran poner de pie. Una vez logrado lo anterior, salieron corriendo del jardín para entrar a la casa por la parte trasera, cruzaron la recámara chocando con los muebles, por el comedor resbalándose por el piso tan liso y por la cocina quitándose al perro de encima. Amelia iba detrás de ellos, según que muy indignada.

-¡Y a ti quien te dijo que ella estaba enojada!- interrumpió alguien el relato.
-Bueno –dije yo- menos mal
Y después de un silencio breve, vino la carcajada de Don Fide que no reaccionó antes por tener una botella empinada en la trompa. Casi se ahoga, hasta le escupió a un señor entrado en años que estaba ahí parado, riendo con la boca cerrada y sosteniendo su jarana con una mano y el trago con la otra, así, sin recargarse siquiera en la barra, sonriendo y mirándonos a veces. Don Fide se disculpó y no dejó de reír, después preguntó al músico:
-¿Paraste oreja?, ¿paraste la oreja Winsconsin?
¡Se llamaba Winsconsin!, pues Winsconsin inclinó el tórax para decir que sí. Don Remi se inquietó y le advirtió al jaranero:
-Ta` bueno guey, nomás no te pases de lanza. Cántale!
Eso dijo, como curándose en salud de algo que le pudiera suceder, entonces Don Fide intervino con tono de solemnidad y burla.
-No se preocupe señor Don Volován
-¡Tú tampoco vallas a salir con tus mamadas!- se defendió el Volován.
Yo estaba en otro canal, no sabía a qué se referían, solamente noté que nadie compartía el enojo de Don Remi, al contrario, lo disfrutaban. Y como dejé de escuchar voces y había expectativa de algo que iba a suceder, yo me distraje observando el entorno: habían anuncios de lucha libre y corridas de toro enmarcados, una acuarela descuidada donde aparecían Don Remi y Doña Nachita que sostenían algo muy bonito que debía ser Amelia recién nacida, y junto, un cuadro que me llamó mucho la atención, se trataba de un letrero que contenía una frase difícil de descifrar, tenía distintas tipografías entrelazadas, de distintos tamaños y colores. No resistí la curiosidad y dejé mi lugar en la barra para acercarme a aquella pared. Cuando estuve a cuatro metros del cuadro, el silencio en la cantina era total, cuando estuve a tres, escuché que algunos murmuraban y cuando estuve a dos alcancé a leer lo que decía el cuadro: “puto-el-que-lo-lea”, entonces todos soltaron la carcajada, hasta los que estaban dormidos en las mesas, y yo regresé derrotado a mi banco. Recibí algunas palmadas en la espalda y seguí con lo del mezcal. Ahora sí me preguntaron mi nombre, acababa de recibir una especie de bautizo.
Entonces Winsconsin Fernández se acabó el trago y levantó su jarana con un sutil movimiento que todos notaron. Era como si cada momento que ocurría en la cantina estuviera planeado, todos tenían la misma sintonía. Hubo silencio otra vez y luego música de jarana:

Es una historia verídica
La que acaba de acontecer
Ha sucedido hoy mismo
Ni me lo van a creer

Mientras Volován libraba
Su pleito de las mañanas
Llegó alguien con buenas mañas
Ciertamente nadie lo esperaba

Llegó en un coche muy bonito
Antiguo y pintado de rojo
Un joven actuando a su antojo
Queriendo enseñar el pito

Y dejó de cantar. Yo me puse realmente tenso y Don Remi estaba ya muy ansioso quería saber el paradero de la persona a la que habría de golpear, pero sabía que Winsconsin no iba a continuar si no le servía otro trago, el misterioso músico extorsionaba a placer al cantinero.
Este músico sabía demasiado, si no es que todo, por eso yo estaba en peligro otra vez, ¿sería capaz de delatarme? En tal caso, ¿serviría de algo pedirle disculpas a Don Remi? Si lo hiciera ¿qué podría decirle? “perdone usted señor, no era mi intención enseñarle el miembro a su hija”, ni yo mismo lo creería, la deshonra es la deshonra y punto, lo mejor sería desaparecer de una vez y dejar de jugar con el peligro.
Estaba pensando en cómo despedirme de todas esas agradables personas, cuando sucedió algo que habría de prolongar un poco mi estancia en la cantina.
Llegó al lugar un hombre que no pasaba de los 35 años, con la cara –de estúpido- iluminada de felicidad, era un tipo que no parecía gozar de sus facultades mentales hacía cosas para llamar la atención, como molestar a los borrachos y hacer ruidos extraños. A todos les extrañó el estado en que venía aquel paisano. Don Fide me explicó que se llamaba Tobías - si claro, el mismo Tobías que desapareció en la vía del tren-, pensé yo. El hombre ha estado medio muerto desde hace un tiempo, apenas sobrevivió hace varios años cuando lo mordió una víbora de cascabel pero que nunca superó los delirios que tuvo. Sólo eso me explicó Fide, luego decidió divertirse con él y me pidió que observara.
-Qué pasó galán ¿qué te tiene con esa cara?
El otro hacía muecas que trataban de ser sonrisas, Don Fide me dijo en voz alta
-Este superhéroe que ves aquí, es talachero, y además de solucionar problemas de todo tipo a todo mundo, ejerce el oficio de depravado sexual aquí en el pueblo, algunos dicen que es muy talentoso, pero yo digo que es pendejo, -y tomo del cuello a Tobías- ¿verdad Tobías?
-¡No!
-¿Qué dices?
-No, no soy
-¡Bueno! Tu me dices porqué no eres pendejo y luego yo te digo por qué sí ¿te gusta?
-Si, si me gusta, ¡venga para acá! – y se dirigió a nosotros- y ustedes también pueden venir
Así pues, salimos detrás de Tobías los cuatro que estábamos en la barra, porque algo tenía que enseñarnos. La luz del sol a todos nos deslumbró y Tobías nos enseñó un coche que se acababa de robar.
-¡Miren, miren lo que me robé!
Recuperé la vista y vi lo que estaba pasando, ¡era mi coche, ese hijo de puta me acababa de robar mi coche rojo y vino a estacionarlo justo aquí enfrente, solo a unas cuadras de donde yo lo dejé!. Se hizo el silencio mientras todos –menos Tobías- concluíamos que este hecho colocaba a ese infeliz como el culpable de la deshonra de la casa de Don Remi. Tobías tuvo sus treinta segundos de grandeza porque parecía que estábamos llenos de admiración hacia él. Después del lapso de quietud y expectación, hubo una serie de acciones: Winsconsin Fernández comenzó con la tonadita de hace unos minutos y mirando a Don Remi, Don Fide también lo miraba, pero con expresión de goce, Tobías contemplaba lleno de orgullo a mi Alfa Romeo, yo hacía lo mismo, pero con confusión.
Don Remi entró precipitado a su cantina. Don Fide, sonriente y placentero sentenció a Tobías.
-Tobías...¡eres pendejo! Y te recomiendo que salgas corriendo ahora mismo.
-¡¿Ora por qué?!
-¿No te vas? Allá tu
Y Tobías emprendió la escapada sin siquiera intentar deducir porqué, en eso salió Don Remi con la balata de tren al hombro, igual de encabronado que antes, Winsconsin acompañaba los hechos con su jarana. Y yo, ya bien borracho, me senté en la banqueta hasta que Winsconsin me dijo.
-Ahí está su coche joven , ahorita es cuándo para que se valla.
Me despedí efusivamente de ellos y me fui de aquel lugar como el que no quiere irse de un lugar.

4 comentarios:

Lola dijo...

Tuve que entrar de nuevo a esta cosa del blogger para poderte escribir... Sos grande Rodri!!
(Ya te había dicho?)

Y lo que viene se va a poner mejor...

rodrigo dijo...

pasumecha gracias por su comentario!!!

Olivia Hernández Ortiz dijo...

HOLA MUÑECO: BIENVENIDO AL MUNDO "BLOGSPOT" AKI UNA MEDIA NOVATA TE DEJA SU COMENTARIO... QUE GUSTO LEER TU CUENTO "EL HOMBRE DEL COCHE ROJO", PUESTO QUE ÚNICAMENTE VI EL CORTO. TAMBIÉN VOLVER A DELEITAR LA IMAGINACIÓN CON EL DE "POBRECITA MUJER"... MUY BIEN MUCHACHO!!! SALUDINES...

Anónimo dijo...

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