domingo, 11 de enero de 2009

II. Hanna Baby (La leyenda de la carretera)

La chica de las carreteras se convirtió en una leyenda urbana cuando fue encontrada bailando descalza en el cofre de una camioneta pick up con una música funky de fondo. Los federales reportaron que fue vista abollando con sus pies la lámina del cofre, que de tan caliente que estaba, hubiera podido servir para freír huevos. Así era ella, siempre en diálogo con la gran bola de luz.
Un estudiante de matemáticas decía que estaba seguro de poder descubrir una nueva ruta del comportamiento humano a través de la conducta de esta mujer que tenía la habilidad de crear cientos de preguntas incontestables entre las personas cercanas a los lugares donde era vista.
Un día cualquiera estacionó su camioneta cerca del estadio, a 100 metros del pebetero olímpico y con el motor apuntando hacia El Paso, sólo a un metro de la línea divisoria. La musa de los viajeros se desplazaba en la escasa superficie del cofre y, para alcanzar la cerca de tela de alambre, bajaba a la rudimentaria defensa plateada que absorbía y deformaba los incandescentes colores del ocaso desértico. Julián -este es un buen nombre para llamar al estudiante- estaba aún en su exquisito trance de números que cada día le revelaba una explicación coherente para pequeños problemas cotidianos, y el encuentro con esa escena inaudita habría de plantearle una nuevo ejercicio que escapaba a su raciocinio.
"Vamos a bailar como Hanna Baby", la bautizó el nerd, dado en esa época a utilizar sus recién adquiridos conocimientos de inglés. Ocurrió en durante una fiesta que improvisó con sus amigos después de una inútil jornada de estudios. Ellos, además de sus avanzados conocimientos de los números, se ufanaban de hablar "inglés inglés", no del spanglis que se ocupa por aquella poblada franja fronteriza.
Tres hombres y una mujer ocupaban el espacio del dormitorio de nuestro amigo nerd en aquella noche reveladora. Nerd sí, pero atrevido, e interesado en Hanna Baby con un frenesí típico de las personas que descubren un motivo de éxtasis y deciden portarlo y exaltarlo durante las horas en que no están dormidos.
A las nueve de la noche estaban en "el Seven" comprando la cerveza y dos botellas de tequila, media hora después barrían los apuntes del suelo, la cama y el sillón de la recámara de Julián para poderse acomodar al rededor de las bebidas. Tras hora ya estaban panzones de cerveza y el baño apestaba a meados. Otra hora más tarde los borrachos del cuarto eran matemáticos famosos que se postraban sobre la comunidad universitaria y los guiaban hacia la sabiduría, mientras que la única mujer presente, terrenal y sabia, mandaba señales inútiles de sensualidad a los varones que, exaltados, clavaban el pico en sus vasos sin abandonar el diámetro imaginario que abarcaban sus piernas chuecas a punto de sucumbir ante la gravedad de sus cuerpos sin aceleración.
La mujer vista sobre su camioneta con telas colgándole del cuerpo habría de ser a partir de esa fiesta inocente, el centro de sus filosofías. Puras o no, válidas o inválidas, pueriles o trascententes, el hecho es que estaban enquistadas en su alma dispuesta a conocer el mundo con ese referente femenino, justo el más peligroso de todos, el referente parido de la peligrosidad mundialmente conocida de ese maldito pedazo de tierra que por azares del destino, alberga una raya divisoria entre un país perverso y otro pervertible, agachón e inmóvil.
Siempre estaban sus brazos descubiertos, esas extremidades que dibujaron tantas figuras de sombras con las danzas de la dama envuelta en bufandas y retazos de tela alzada, imponente sobre esa tierra que chupaba y secaba las plantas como si fueran verduras a las brasas. La sinfonía de figuras de los ramales aferrados a la tierra que quería escupirlos, pegaba una exquisita desentonada. Como la piedra que cae al agua y rompe su tranquilidad, Hanna Baby incursionaba en el tapiz de tercera dimensión de esos palos vivos que se negaban a ser expulsados por el globo terráqueo y se postraban como jeroglíficos. La bella mujer los hacía verse muertos en vida, pero les recordaba que eran parte de algo.
Se dijo que Hanna Baby podía ver al sol con las pupilas dilatadas y nunca se le quemaron los ojos, como a varios de sus imitadores drogadictos. Muchos de los accidentes que ocurrían cerca de las seis de la tarde se le atribuían al principio al temerario manejo que le daba a su troca por las empolvadas y amplias avenidas, pero con el paso del tiempo comenzaron a aumentar los casos de conductores hipnotizados por no se qué, que iban por ahí encerrados en un raro éxtasis evidenciado por una dulce sonrisa y por las facciones de la cara tranquilizada a causa de la total relajación de los músculos faciales.
Muchos, en verdad muchos, aseguraban que estaba ciega. Tampoco hay quien pueda decir lo contrario. Hanna Baby sabía aparecer de la nada con un performance sobre la vida e incidir en las vidas desesperanzadas de los habitantes de esta tierra de nadie, tremenda urbe de la histeria y de la injusticia solapada contra las bellas damas del desierto.
En cambio, la policía pensaba que estaba ocasionando disturbios en la vía pública y posibles daños a la moral con su extraño comportamiento, por eso les andaba por detenerla y llevársela.
Su pelo es negro, corto, le enmarca la cara afilada que, o miraba cara a cara al sol, o miraba hacia abajo. El que la vio de frente, si es que la vio y si es que de hecho existe ese alguien, es algo que no se sabe, pero todos se los preguntan. Julián no fue porque siempre tuvo miedo de acercarse. Aunque se le reconoce como el primero que habló con ella, y fue justo ese día del atardecer marciano junto al estadio olímpico en que bailaba en la línea divisoria entre México y Estados Unidos
De niña, el papá de Hanna Baby le dijo que existe algo llamado ritmo y que más allá de las clases de solfeo y música a las que tuvo el privilegio de asistir durante su educación primaria, lo iba a encontrar con pequeñas señales durante el transcurrir de su vida, lo cual le dio más confusión que certezas y la llevó más de siete veces a un estado de alteración y desesperación porque comenzó a encontrar ritmos en la cotidianidad de la maquiladora de pantalones de mezclilla, en el soso movimiento de la lavadora, en las tediosas repeticiones de la rocola del primer tugurio en el que trabajó cuando su papá decidió decir "último vieja" y morirse para quedar postrado en un lugar donde no se ve ni se escucha nada. Encontraba el ritmo y lo volvía encontrar, pero... "¿Para qué?", se repetía a sí misma una y otra vez.

miércoles, 7 de enero de 2009

I. Hanna Baby (Se conocieron)

En el norte de México, en un lugar como éste, es mejor agarrar el alma y cerrarla lo más que se pueda para que las partes sensibles no queden al descubierto. Es como tratar de arroparte todo el tórax con un chaleco. Ella, a su manera, se destapó por completo y su presencia en lugares públicos llegó a ser un monumento de carne y hueso.
"La bella mujer le bailaba al sol, atendiendo a sus emociones. Cada movimiento era repentino y sin anuncio, el conjunto de su baile era el producto de un montón de coincidencias ocurridas un segundo atrás del otro. Para eso le servía su cuerpo, para ver si así, en una oportunidad, lograba encontrar su posición en el mundo, aunque el momento durara eso, lo que dura una coincidencia", dijo el "Gafitas".
Su madre, dueña de un restaurante de hamburguesas, le deba empleo como encargada de inventario de insumos y por las mañanas cursaba el segundo año de preparatoria. “Normal” es una palabra con la que solían describirla sus pocos conocidos. Pero su vida, tal como se conoce ahora gracias a los variados y apasionados testimonios, comenzó en un centro nocturno, a sus 16 años. Aquel día de noviembre decidió levantar de la carretera a un hombre, la damita vestía todavía el delantal del uniforme de su trabajo y el tipo de la orilla del camino cargaba una guitarra semi-acústica sin estuche y una harmónica harp que se asomaba desde su chamarra de cuero café.
Eran las siete de la noche el sol estaba a punto de esconderse en el horizonte polvoso. La luz le pegaba de frente al caminante de la carretera y se reflejaba en el instrumento plateado que emitió un destello justo cuando ella pasaba, lento, enfrente al desconocido. Ese flashazo le causó el acto reflejo de disminuir aún más la velocidad y por fin decidirse a parar. Tenía recién salidas de la boca las últimas conversaciones de su trabajo, los últimos aromas aún colmaban sus sensaciones, tediosos esfuerzos matemáticos para entregar las cuentas al menos con coherencia y sin tanto margen de error, todavía rondaban su cabeza. El destello de la Harp la tomó aturdida. En un momento de intensa concentración no se hubiera detenido y ese brillo hubiera sido sólo uno más del mágico atardecer desértico.
Frenó, puso la palanca de velocidades en punto muerto y se apuró a desatarse los nudos de su delantal hediondo a grasa. No había marcha atrás, un dulce vértigo le recubría las entrañas. Si, si. No había marcha atrás. El motor de la camioneta estaba desafinado, y para que no se apagara, requería mantenerse acelerado mientras no avanzaba, por eso el ruido era mucho y se comunicaron a gritos. - ¿A dónde vas?-, lo tuteó. -Lejos de aquí, a donde me lleve señorita- le contestó, hablándole de usted, el desaliñado hombre de unos 40 años, con sus amplios surcos en la cara quemada de tanto sol que había recibido en aquel insoportable día de súplica en la carretera.
Se abrió la puerta y tronaron los fierros, se cerró la puerta y volvieron a tronar. Avanzó la troca con un jaloneo inicial del clutch y comenzó el desliz sobre el asfalto. El hombre tardó 900 metros de recorrido en asimilar la fortuna de haber sido rescatado del camino ardiente, y entonces le preguntó a la damita mal oliente:
-¿Es usted una lolita o qué?
-Si.
-Ah... y usted, ¿se llama...?
-¿A dónde me dijiste que ibas?-, le preguntó, ignorando su anterior cuestionamiento.
-No se lo he dicho. No soy de aquí, me puedes dejar en el primer sitio de taxis, así no te desvío.
-Uy, yo no voy pallá- , dijo ella. Se hizo el silencio. Se supone que tendría que haberlo dejado bajar de la vieja camioneta apestosa a gasolina, se supone también que tendría que decir algo más pero siguió su camino.
-No te di las gracias por llevarme-, dijo él, resignado.
-No te he llevado a ningún lado-, le contestó ella y comenzó a caer en la cuenta de que despertaba de su letargo, pero despertaba en otro lugar donde no había estado.
En lugar de entrar a la ciudad y tomar la avenida que la lleva a su casa, o el circuito que conduce al centro de la ciudad, tomó una vía lateral y se dirigió a la zona de bares que recién había recibido el permiso de establecerse tras un pleito con los otros propietarios a quienes no les hacía ninguna gracia la nueva competencia. Pero también porque, dadas las circunstancias de inseguridad, una zona de esparcimiento lejos del bullicio urbano era como un caldo de cultivo para que siguieran brotando las atrocidades entre los alterados, los deprimidos, los eufóricos, los sanos, los despistados y los sádicos. O las sádicas.
No se había roto el hielo entre los viajeros, los agresivos brillos desérticos ya estaban guardados y ahora era la hora cero, la de los tonos opacos y difusos, la de los árboles amarillos y piedras anaranjadas.
A medida que avanzaban en medio de los matorrales que bordeaban la carretera de dos carriles, se iba perdiendo la señal de la radio que emitía en ese momento el estado del tiempo, parecía que estuviera en sincronía con los rayos del sol para ir desapareciendo poco a poco. Vaticinaban un clima seco y con temperatura de entre diez y seis grados centígrados para la noche. Justo cuando las ondas hertzianas desaparecieron, comenzó a caer una tenue lluvia que sólo sirvió para exaltar la mugre del parabrisas y obstaculizar la visibilidad. Eso, a los 100 kilómetros por hora que ahora alcanzaba la camioneta, le molestaba ya bastante al viajero de la guitarra y la armónica.
-¿Me puede decir ya a dónde vamos?-le dijo, cansado de niñerías.
-Vamos a un bar... perdón, ¿sí quieres venir?, vamos, ándale, después te llevo a donde quieras-. hacía un par de años que el copiloto no hacía algo parecido, aún cuando se jactaba de ser un rezagado valiente de la generación beat, que en México pasó como una triste copia de lo que ocurrió del otro lado del río con los Burroughs y los Kerouak, y ahora estaba metido en una situación de la cual no era dueño, llevado por el azar, por una niña loca que lo recogió en la carretera en una camioneta chocada digna de un ranchero de esos que pretenden aparentar rudeza, pero que en realidad le servía para transportar la mercancía del restaurante.
-Hoy a las 8 mataron a un señor acá, como a una cuadra de mi casa-, le dijo ella.
-Ah, ¿un periodista ?
-Si, ¿cómo sabes?
-Salió en las noticias. Si, uno que trabajaba para el Diario de Juárez-, afirmó él, con la conversación bajo control, tal como le gusta, -de la sección policíaca. Lo vi, lo vi-. La jovencita, con acelerador a fondo, continuó el relato rebasando la capacidad de impresión de su acompañante:
- Es que ya habían matado a uno que colgaron en un puente, sin cabeza, también como a las ocho aeme.
-Asumadre...
-Y la cabeza la dejaron en el monumento al periodista. Si, ¿tu crees?, qué feo. - el cuarentón tenía un gesto torcido en la cara. No se sabía si era risa o qué. No contestó, propició un silencio para buscar un cambio de conversación, pero la incomodidad pudo más y soltó:
-Está de la chingada eso.
-¡Si!, está de la chingada, se me hace tan raro que el de hoy haya salido en las noticias allá, eres del DF, ¿no?... porque hay como miles diario y ni quien diga nada.
La luz de los faros ya se definía bien en la carretera. Habían entrado en la noche y ninguno de los dos tenía claro a donde ir.
-Neta es bien raro, precioso -continuó, empezando a jugar con él-, porque escuchas los balazos todo el día. Mañana, tarde o noche, y no sé... me acuerdo de mi vida hace un año y créeme que no puedo creer como estamos ahora, ¡y lo peor es que te acostumbras!
-Ufff...
-Con las muertas de Juárez...realmente ya era de diario, no había novedad, y la gente le dejó de tomar importancia, es mucha la gente que conozco que simplemente dejó de leer o ver noticias porque si no, vivirían traumados. Y con el Ejercito acá, con conocidos que tienen historias de que básicamente son asaltados durante las revisiones de rutina.
-Los tránsitos también lo hacen-, dijo el cuarentón interrumpiendo el monólogo, pensaba contarle su amarga experiencia reciente, pero se distrajo al ver las trocas último modelo parqueadas en la orilla de la carretera que anunciaban el comienzo de la zona de bares. Cansado de escuchar el pesimismo de la frenética jovencita, el hombre sacó la armónica mandando una clara señal de hartazgo.
-Es que –Continuó ella-, hay muchas cosas acá, están por ejemplo también los Aztecas y los otros que no me acuerdo como se llaman. Cuando choqué los que me ayudaron eran Aztecas.
-¿Quiénes son?-, volvió a guardar la armónica.
-Es una banda de cholillos.
-¿Como los que están ahí?-, preguntó con el rostro compungido, mirando por la ventana. Ella, al darse cuenta, le dijo que si miraba por un par de minutos a un punto fijo en el horizonte escondido tras personas y los bares, la gran línea horizontal se haría cada vez más lejana hasta hacer salir el sol. Y de inmediato continuó:
-Esos cholillos son básicamente los que reparten la droga en las cárceles de acá, pero son dos bandas, los Aztecas. Y los otros que no sé cómo se llaman. Mira, es que hay de todo, están los policías y judiciales que están ya comprados, ¿no?, pero bueno, volviendo a los Aztecas, pues son una banda como te digo, que reparte la droga mayormente en cárceles y en algunos picaderos.
-Aja...
-Y pues defienden el territorio mas bien con armas cortas y navajas y así. Ya los sicarios pues traen sus AK-47, o ya metralletas chiquillas.
-Ajá...
-Entonces por ejemplo, también a veces entiendo a los policías o sea, no manches, les dan una Nueve Milímetros, cero preparación y cero condición contra ex-militares con armas de ese calibre, ¡pos no manches!-, y soltó una carcajada chillona.
-Ufff...no tengas miedo de eso, nada más eso falta-. Ella, al escuchar esa frase que pretendía ser tranquilizadora, pensó (ahora ya con sus neuronas revolucionadas) "¿quién tranquiliza a quién?", pero continuó, irónica y provocadora. Se divertía con aquel sabelotodo de la carretera:
-Lo peor, encantito, es que si algo pasa, nadie te va a ayudar, no va a haber policía, no habrá judiciales, ni soldados, ni federales que te vayan a tender la mano, o que vayan a decir: ¡vamos tras el asesino!.
-Ajá-, ella hablaba y miraba los bares enfilados para escoger uno.
-Cuando amenazaron a los de la Cruz Roja, decidieron ya no salir por los heridos de bala, y la gente se les echo encima.
-¿A dónde vamos, a dónde vamos?, interrumpió, harto de lo que estaba escuchando.
-Que pena yo y mis rollotes ¿no?
-No te preocupes, ¿a dónde vamos?
-Aquí mero-. dijo ella. Aquel día. "Ese día".

viernes, 2 de enero de 2009

Doña Lagarta y los pescadores


R. Soberanes

La actividad de la pesca está en un bache, los que se dedican a ella aseguran estar pasando por el peor momento que recuerdan. En las playas de Antón Lizardo, los pescadores independientes, acostumbrados a las alzas y bajas de sus ganancias, comienzan a notar que el negocio se estancó, al tiempo que el costo de los insumos continúa en aumento, sin que gocen de ningún tipo de apoyo gubernamental.

Las lanchas que se pasean por las costas de Antón Lizardo, igual que cualquier automóvil de modelo no reciente, utilizan gasolina Magna Sin, por lo tanto, ellos sufren los efectos de los constantes aumentos del combustible y toda la cadena de alzas que ello genera. La particularidad de los trabajadores del mar es que el precio de su producto fluctúa cada día.

"Puedes matar 200 kilos o nada", dice Rubén Rosas López, quien asegura que ha sido y será pescador toda su vida a pesar de que el 2008 es el peor año que recuerda en cuanto a sus ganancias. Desde las playas de Antón Lizardo, él ha visto partir a muchos compañeros a realizar otros trabajos que les dejan mejores dividendos.

"Yo soy pescador 100 por ciento, no pude estudiar loco, era muy pobre. Lo bueno -agregó- es que acá es bien barato morirse, hay terrenos bien baratos de dos por dos", comentó sin ningún dejo de preocupación. No obstante, reconoció que se enfrentan a tiempos inéditos y (aquí sí, preocupado) los precios de su producto se han estancado.


El kilogramo de Peto normalmente cuesta 40 pesos, en los últimos meses no sube de 20 pesos. La Rubia bajó de 35 a 18 pesos, la Sierra, cuyo precio suele ser de 40, ahora se vende a 15 y el Cazón pasó de estar a 20 a fluctuar entre los 15 y 17 pesos permanentemente. Esto por poner algunos ejemplos.

Con esa reducción de ganancias, ellos salen a pescar en una superficie de 20 millas hacia el mar teniendo que gastar unos 100 pesos "por cada salidita". para costear el hielo que mantiene fresco el pescado, los aceites, la carnada y la gasolina. Ello sin contar las reparaciones de sus equipos de pesca.

"¡El otro día fui con la tía Lagarta a conseguir una red de media pulgada!" interrumpió otro pescador, joven, que atendía a la entrevista. Su comentario significa que ya no le alcanza para comprar redes y recurrió a la caridad de una tal tía Lagarta para que le prestara una red.

Aprovechando la interrupción de uno de sus ayudantes, Rubén Rojas dijo señalándolos, que cuando ve que alguien no tiene ganas de ir, prefiere bajarlo de la lancha para que no afecte la cosecha. "Aquí quiero fuera la mala vibra", dijo el pescador, dueño de tres lanchas.

"¡Cuando hay Cazón, nos vamos con vientos de hasta 40 kilómetros, una vez fuimos y matamos 200 kilos!", y luego ensombreció su expresión: "pero nos lo pagaron a 15. Es una mafia eso del precio".

Según su experiencia de años, ha visto cambiar el paisaje de las playas. Antes, las lanchas eran tripuladas por cuatro o cinco personas, ahora lo más frecuente es ver pescadores solos, puesto que muchos han optado por dejar el trabajo en el mar por algún empleo en la ciudad, o bien en la zona turística, especialmente en Boca del Río, donde son requeridos buenos navegantes en las zonas exclusivas de yates.

En suma, desde hace ocho años a la fecha, la actividad pesquera se ha reducido constantemente, dato que nos fue imposible constar en el Instituto Nacional de Pesca, cuyas autoridades se excusaron por estar ocupados con los "cierres de año" y pospusieron la plática de diez minutos para "enero".

En la pesca, como en otros gremios, la política está inmiscuida, y en este caso los pescadores independientes resultan afectados al quedar fuera de los apoyos gubernamentales. La Secretaría de Desarrollo Agropecuario, Rural, Forestal, Pesca y Alimentación (Sedarpa), a través de un programa de Apoyos a la Restitución de Equipos y Artes de Pesca ofrece impulsar a las "organizaciones económicas y unidades de producción rural".


Esto ha llegado a oídos de los pescadores independientes, que descartan por completo acercarse a solicitar los apoyos, puesto que aseguran que se trata de unos motores marca Zuzuki para lancha, "pero esos para estas madrizas nunca han servido". Además -dijo Sergio Fernández Cañete, otro pescador- para recibir un apoyo hay que ser cooperativista, incluso, recordó que en alguna ocasión le dieron un motor de lancha a un camionero "que apenas y a pisado la playa".

En suma, no creen que los motores de lancha les puedan servir y optan por valerse por sus propios medios. No obstante, están bien enterados de los apoyos que les llegan a los que sí son cooperativistas. Hace años -cuentan entre todos-, les “apoyaron” con motores “gringos” que no sirvieron para nada. Incluso, un mecánico “se tuvo que ir al vivir” al almacén donde los tenían puesto que no paraban de llegar las máquinas descompuestas.

Algo que no requiere afiliación a ninguna cooperativa es la actividad proselitista de los candidatos que llegan “a levantar las listas para las despensas”.

“Le deben llegar los apoyos a los que sí trabajan”, consideró Sergio Hernández. “Aquí apoyos no hay, hay despensitas chiquitas que traen y te piden copia de tu credencial. Las despensas ya nos las conocemos, te dan medio kilo de azúcar, arroz, frijol, aceite y dos bolsas de Minsa”.

Aunado a los problemas mencionados, ellos acusan que la entrada a los mercados del pescado de Alaska “nos rompe la figura”. Además, la producción de Alvarado les ha mermado a la hora de ofrecer su producto en el mercado.

“¡Llegaron los alvaradeños con su cargamento de pescado, encuéntrenos en la bodega 20!”, anunciaba un altavoz en la Plaza del Mar, lugar donde se instalaron los vendedores que ocupaban anteriormente el mercado Pescadería.

En la Plaza del Mar, instalada en el norte de la ciudad en una zona alejada del bullicio de la ciudad, hay historias parecidas. En general coinciden en señalar al 2008 como un año especialmente malo para ellos en el que han visto reducidas sus ganancias a causa de las obligatorias bajas del precio de sus productos.

Mario y Félix Yepes, padre e hijo, atienen su puesto de pescado en la Plaza, afirman que sus ganancias oscilan entre los seis y los 10 pesos por cada kilo que venden, situación que los tiene con la soga al cuello. Durante el 2008, hubo una racha desafortunada que duró desde agosto hasta octubre en la que prácticamente no tuvieron trabajo.

Aseguran, mientras fileteaban el ceviche, que “la mayoría de aquí están endrogados” a causa de el problema de moda: el alza a los insumos. Según don Mario Yepes, se ha hecho común hablar de los pescadores como los más necesitados de apoyos, “¡pero acá también estamos con la lengua de fuera!, si el gobierno le echara un lente a estos localitos, ¡olvídate!”.

A diferencia de los pescadores, los vendedores de la Plaza del Mar son todos “independientes” y no tiene un gremio organizado, con lo cual, no tiene contacto con los “apoyos” de los que en un momento dado pudieran beneficiarse.

Se despiden los pescadores y los comerciantes de un año con experiencias indeseables: alzas de insumos, ventas bajas, mercancías concentradas en hieleras que nunca salieron al público por la falta de demanda. Un año de puños apretados, como los de don Manuel , quien sostenía entres sus dedos un fajo de billetes que no pasaba de los 300 pesos. Era todo su capital, y se redujo a la mitad cuando llegó “el hielero” a cobrarle su mercancía.

viernes, 12 de diciembre de 2008

La Fuerza del Popoluca

R. Soberanes

Una pequeña comunidad popoluca enclavada en el corazón de la Biósfera de Los Tuxtlas pasó recientemente un mes y medio de total incomunicación. El mismo temporal que inundó Minatitlán, azotó a los 420 habitantes de Santa Martha, quienes esperaron día y noche con singular resignación dentro de sus pequeñas casas a que la sierra calmara su bravura y les diera un respiro.

Cada vez que llueve en la sierra de Santa Martha, la selva suelta una densa neblina que lo cubre casi todo, y las nubes tapan la comunidad como si fuera una tienda de campaña. La serranía se ceba contra sus habitantes con oscuridad y un frío húmedo que cala hasta los huesos.

Cuando paró la lluvia de los fatídicos octubre y noviembre, los pobladores espabilaron sus cuerpos entumidos y salieron a la luz para descubrir que sus cultivos de maiz y frijol estaban echados a perder y sólo ellos saben cómo hicieron para resistir una situación que difícilmente cabe en el entendimiento de una persona citadina.



Los habitantes de esta comunidad jamás recibieron recursos del Fondo de Desastres Naturales (Fonden) que otorga la Secretaría de Gobernación (Segob), según palabras del agente municipal, Ventura Cruz Ramírez, padre de cinco niñas y un niño, todos de aspecto saludable y sonrisa permanente, cosa poco frecuente en los niños que viven en la ciudad.

Santa Martha es una comunidad de habitantes popolucas en la que todos, incluyendo los niños, utilizan su lengua natal y hablan el español con cierta dificultad. La Dirección de la Reserva de los Tuxtlas la considera como un punto clave para realizar acciones de conservación ya que debido a los usos y costumbres, obtienen todos sus recursos de la selva, algo que se nota a simple vista al llegar al lugar.

Para salir de la comunidad y llegar a Soteapan, hay que hacerlo en camionetas que cobran 150 pesos por viaje y a cada vehículo le caben 10 personas. Entre más pasajeros, el viaje sale más barato. En santa Martha, con suerte se reúnen las suficientes personas para hacer dos viajes al día hasta Soteapan, la cabecera municipal. Un viaje de ida y vuelta cuesta unos 30 pesos por persona, es la inversión que tienen que hacer -hasta antes de enero de 2009, pues se han anunciado nuevos aumentos- para llevar a vender sus productos.

Decenas de camionetas se estacionan en la calle principal de Soteapan para vender sus artículos. A la hora de la salida de las escuelas es cuando se intensifica la actividad. Los comerciantes ofrecen sus mercancías desde sus camionetas. En una de ellas anunciaban “camarón seco del Istmo”, tres personas se acercaron a comprar, preguntaron el precio (30 pesos el kilo) y se alejaron con las manos vacías soltando maldiciones entre dientes.


Junto al palacio municipal, se encontraba don Silvestre Márquez Rodríguez, hombre popoluca de unos 50 años. El está discapacitado de su pierna derecha y aún así maneja entre los caminos de la serranía una camioneta Datsun standart de modelo irreconocible. Cuenta don Silvestre que hace unos meses regresó de Sonora, a donde fue a trabajar de campesino con un contrato de tres meses, pero sólo cumplió dos “por el desgraciado calor que hace allá”. Actualmente se dedica a sacarle provecho a su vehículo. Pone las muletas a un lado del asiento y con su pierna izquierda controla freno, acelerador y clutch. Así subió, a cambio de la generosa tarifa de 100 pesos, desde Sotepan hasta Santa Martha, viaje que fue aprovechado por José Hernández Cruz, habitante de la comunidad de Nuevo México, situada a dos horas de camino a pie después de Santa Martha.


A José Hernández le esperaba una larga jornada a pie con 20 kilos de alimento para cerdo a cuestas. En esta zona serrana la marginación es casi completa, los ingresos de cada familia oscilan entre los 45 y 50 pesos diarios y los apoyos gubernamentales llegan a cuentagotas. El intercambio comercial formal no existe, salvo una tienda Diconsa, atendida por un joven apático iluminado por un foco de 40 watts que responde en voz baja y mirando hacia el piso, las preguntas que se le hacen. Dijo que no hay agricultura en Santa Martha, que sólo se cultiva maíz y la gente “saca dinero de cualquier cosita que encuentran para vender”.

Las casas generalmente son de una o dos habitaciones, y un cuarto donde se encuentra el fogón y se lavan los trastes, además de la letrina. Las familias son numerosas. Rodríguez y Márquez son apellidos frecuentes, pues la mayoría tienen algún parentesco.

Durante las horas que se prestan para el trabajo, en las casas permanecen las mujeres y los niños. La llegada de una persona ajena a la comunidad despierta gran curiosidad entre ellas, que se asoman a ver la novedad desde sus puertas sin ningún disimulo. Dentro de su casa, acomodan todo con rapidez y ofrecen asiento al huésped. Ellas se sientan en el piso e insisten en permanecer ahí.

Una jovencita que dijo “no tengo mi nombre” (por pena), María, Marisol y Reina, explicaron que subsisten de “lo que siembra en parcelas”, como café y maíz. Se les preguntó cuánto necesitan para subsistir durante una semana. Se miraban entre ellas para ponerse de acuerdo y murmuraban en popoluca. Se fue la luz, no había nada que hacer para remediarlo y continuaron los secreteos. El llanto de un niño y los sonidos de los puercos que estaban en el patio eran lo único que se escuchaba dentro del silencio campirano y la oscuridad interrumpida por los flashasos intermitentes del foco. Unos 300 pesos es lo que necesitan para vivir una semana, convinieron entre las cuatro.

Según personal de la Dirección de la Biosfera de los Tuxtlas, situada en Catemaco, existen programas de recuperación de cultivos propios de sus usos y costumbres, como el Ixtle, útil para fabricar monturas de caballo; el Chocho, una palma comestible, y la palma Camedora, una planta de ornato. Se habla también del rescate de la medicina tradicional y de técnicas para evitar el uso de herbicidas, así como la implementación de cultivos a través del “módulo de traspatio”.



Los hombres adultos comenzaron a llegar a la comunidad después de las siete de la noche. Encontraron sus hogares en penumbra. Los dos faros de alumbrado público también estaban apagados. Lo más claro de la comunidad era la neblina que alcanzaba el suelo. Don Ventura Cruz Ramírez ya estaba en casa.

En entrevista a ciegas, el agente municipal de Santa Martha, de 37 años, se mostró extrañado cuando se le preguntó por los programas que figuran entre los planes de la Dirección de la Biosfera. “Aquí es la zona más alta y no tenemos casi programas de gobierno. Con el desastre que pasó de que llovió un mes y medio día y noche, pues mandamos documento al gobierno del estado dirigido a Sedarpa y mandamos lista que pide la gente de colchonetas y cobijas”.


Don Ventura recuerda que cuando él tenía 12 años, en Santa Martha “todo estaba despejado” a causa de la tala y la explotación inmoderada de la Selva, no obstante, al ser una zona proveedora de agua para ciudades como Coatzacoalcos y Acayucan, la zona fue reforestada y la actividad de los popolucas, controlada para evitar el deterioro ambiental. Por ese motivo, considera que su comunidad tiene derecho a recibir beneficios, toda vez que su capacidad de acción está limitada.

“Yo estuve platicando con el presidente municipal de Sotepan (Elías Ramírez Hernández) para ver si nos pueden apoyar porque la gente ya está pensando que si no hay apoyo del gobierno, se van a acabar la sierra”. El 11 de diciembre, la alcaldesa de San Andrés Tuxtla, anunciaba antes los medios de información en la ciudad de Boca del Río, que la Comisión Nacional Forestal (Conafor) había beneficiado a 50 mi familias de la zona de Los Tuxtlas con pagos por servicios ambientales. Estos recursos, según don Ventura, no llegan hasta Santa Martha, ubicada en el "cerro más alto" de la sierra.



Don Ventura es persistente mandando documentos a las dependencias gubernamentales y le pide tiempo a la gente, pero sabe que la carencia es más fuerte que la paciencia. “No tenemos nada, ni el pago de servicio ambiental. No tenemos nada, ninguna respuesta favorable”.

-¿Hay programas para rescatar sus cultivos tradicionales?, se le preguntó, en referencia a la información que nos habían dado en las oficinas de la Dirección de la Biósfera, en Catemaco.

-“La verdad no lo tenemos, eso se cuenta, he escuchado que donde más apoyan es por Sotepan por abajo, ahí por otros rumbos, porque en el año que llevo trabajando de agente municipal, casi no tenemos el apoyo pues. Orita estamos pidiendo apoyo para el mantenimiento de la palma, para el chapeo, nos hace mucha falta”.

-Si la situación están difícil aquí, ¿qué es lo que los hace quedarse?.

-“La sierra es comunal, tenemos nuestras parcelas, y yo aquí me crié y ya estamos hayados pues, somos serramos todos. Yo cuando gano 30 pesos al día, ni modo, me tengo que aguantar para no dejar abandonados a mis hijos. Hay cuatro compañeros de acá que e fueron a Sinaloa y dicen que no hay chamba, mejor nos quedamos acá pues”.

Volvió la luz y la cena estaba lista. Una jarra de café, un cerro de tortillas hechas a mano y un exquisito guisado de carne de puerco para el final de la jornada, antes de ver las noticias en la pequeña televisión, y sacar todos los sarapes y envolver a las seis criaturas que quedaron como pequeños bultitos saltarines en el piso durante la fría noche. Grande fue el esfuerzo de don Ventura para que sus hijas dejaran de hablar, reír y pedir que les saquen fotos.



Tras una noche de lluvia, los fogones se encendieron y comenzó a salir humo de las rendijas de los techos de lámina. A través del radio de don Ventura, el agente municipal de Nuevo México, Victorino Hernández Cruz, avisaba que se dirigía a Santa Martha acompañado de Esteban Hernández Mateo para aprovechar la presencia de la revista Llave y denunciar públicamente el abandono en el que se encuentra su comunidad, en la cual viven 56 personas.

A 6.5 kilómetros de Santa Martha, se encuentra Nuevo México. Ahí sólo se puede llegar entre brechas gastadas por la erosión. Los viernes por las noches, los estudiantes de la comunidad regresan desde Soteapan y suelen hacerlo de noche con el peligro que representan caminar entre la espesa vegetación.

En 1987, 11 familias llegaron a vivir a ese lugar, ubicado entre Santa Martha y la comunidad de Miguel Hidalgo. “Nos invitaron a vivir unas personas que ya ni están”, dicen Esteban y Victorino, quienes aseguran que en los alrededores de su comunidad, solían llegar extranjeros a extraer oro, de hecho, hay algunos restos inservibles de maquinaria de minería.



En 1998, antes de que la zona fuera decretada como reserva natural, el gobierno federal inició la construcción de un camino. A la mitad del trayecto, una empresa de comunicaciones utilizó el sobornó para desviar el trayecto e instalar una antena. Después de eso, la retroexcavadora “se rodó pa´bajo y se mató el operador”.



Así, la “rodada” (ya destrozada) llega hasta “La Ventana”, un lugar exuberante de paisajes impresionantes, que en los archivos de la Junta Estatal de Caminos (según constataron Victorino y Esteban el 2 de febrero de 2006), figura como una zona surcada por un camino ficticio que va desde Tebanca hasta Soteapan, pasando por Nuevo México y Santa Martha.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Un par de textos viejísimos, los escribí en 2003. Creo que fue en marzo de ese año, me gustaba el ciclismo y salía "rodar" con Guicho. Fuimos a los Humeros, un lugar impresionantemente chingón, está en el valle de Perote. Ahí hay unas subidas sobre unos 3 mil metros de altura que te hacen decir -como dice guicho- "y yo qué hago aquí!!". Para no hacer el cuento largo, cuando íbamos bajando me rompí la madre en una curva. Se me partió en 2 el fémur de la pierna izquierda y tuve que pasar 3 meses en cama.
Entonces vi películas como nunca y escribí cuentos. La mayoría de ellos los perdí. El hombre del coche rojo, El jardinero elegante y El mero día, son algunos de los que sobrevivieron.

Un jardinero elegante (preámbulo del mero día)

Yo no creía que fuera tan difícil cortejar a aquella mujer. Sé que es rica y muy codiciada por hombres que representan los mejores partidos del pueblo para una mujer de su clase y posición, pero jamás pensé que mi primer visita fuera a terminar así:
Fueron dos horas las que esperé en la calle bajo la llovizna a que Margarita saliera de su clase de macramé, tan sólo para poder saludarla y con mucha suerte cuadrar una cita por la tarde.
Al fin salió y acudí a su encuentro y sin dudarlo le pedí permiso para hacerle una visita a su elegante domicilio.
–Hoy tengo toda la tarde libre- le dije - como que se espantó un poco, pero ya que me revisó bien de pies a cabeza, le cambió el semblante.
-Vaya entonces, y le agradezco de antemano su cortesía- así me contestó la ingrata.
Nunca había sido tan difícil soportar el tiempo y las ansias como ese rato en que esperé a que dieran las cinco mas o menos. Ni me atrevía a moverme mucho para no sudar ni despeinarme, por eso mejor me quedé en mi casa, sentado en la cama de mis padres para así poder estarme enfrente de los chorros que se hacen desde el tejado siempre que llueve en el pueblo de tres a cuatro y media. Supe que era la hora de salir cuando dejó de llover, y ni me dio miedo mojarme los zapatos en la calle porque sé que los charcos se evaporan rapidísimo de tanto calor que hace después de los aguaceros, eso sí, el vapor te entra por las narices y hasta te ataranta la cabeza.
Crucé el pueblo que dormía la siesta todavía. Cuando toqué la puerta de su casa fui atendido por un empleado que me condujo a través de un inmenso jardín cuyo fino césped estaba bastante largo. Al final, llegamos a una bodega donde había un recado para mí, aún no era mi día.
“Las podadoras están a su disposición. Gracias otra vez por su cortesía. Atte. Margarita.”
...durante las siguientes seis horas me encontré más ocupado que una pulga en el cuerpo de una mujer gorda.

El mero día

Con mi mejor ropa salí ese día, mi gran día. Sentía una fuerza por dentro que me obligaba a sentirme muy bien, nervioso y con esos pantalones que me quedaban chicos y me calaban medio gacho, pero muy bien, con zapatos sin lodo, calcetines discretos, camisa nueva y todo.
Era un día por la mañana, muy, muy soleado y no tan bonito pero sí aceptable para pasear. Solo íbamos a hacer eso porque no era yo de suficiente confianza para sus papás como para que me dejaran llevármela a la ciudad para hacer algo más que pasear.
Tampoco iba a pasar por ella a su casa porque sus papás no querían ni verme todavía. De hecho ni se iban a enterar. Sólo en secreto había aceptado salir conmigo. Teníamos que vernos a las doce en la cola de las tortillas, para pasar desapercibidos y nada más me iba a dejar dar tres vueltas al parque con ella, luego cada quien se iría por su cuenta, y luego de eso, pues quien sabe.
Resulta que a esa hora ya no hay tortillas ni gente, así que ni nos confundimos con la gente, ni pasamos desapercibidos, ni nada. Yo llegué primero y ahí la esperé como quince minutos, aguantando las habladas de las tortilleras. Aguanté mucho, pero después me desesperé y les menté la madre a cada una de las tres por separado, y cuando iba en el tercer insulto, llegó Margarita. Pasó rápido, ni se detuvo, así que yo caminé luego luego atrás de ella. Me enojó mucho que Margarita alcanzara a escuchar las tres mentadas por separado que me dijeron a mí también.
Tardé tres minutos en terminar de admirarla con ese vestido café claro que tan bien va con ella y que tan perfecto le permite enseñar cómo es de bonita su figura y cómo es que seguro nadie a tocado su piel. Luego pregunté que cómo estaba, y ella amable contesto, medio indiferente pero contestó que bastante bien.
-¿Contenta?
-Si –me dijo por fin mirándome por primera ves y como que sonriendo. No aguanté su mirada sobre la mía y tampoco miraba mucho su cara porque se me notaría lo embrutecido, entonces se me volvió a adelantar hasta que llegamos al parque que estaba lleno de chamacos trepados en los naranjos que estaban listos para cosecharse. Le iba a ofrecer un helado en ese momento pero no se lo ofrecí porque un chamaco me tiró un naranjazo que me dio justo en el riñón y me dejó hincado de dolor como si yo le pidiera perdón a él y no al revés. Hasta las lágrimas se me salieron pero no le grité nada, solo me puse rojo y me tuve que aguantar. Tenía la esperanza de que Margarita no se diera cuenta pero volteó por culpa de las risas de los boleros y me alcanzó a ver todavía sobre mis rodillas.
-¿Te lastimaste?.
-Solo me pegaron en la pierna pero ya estoy bien.
-Pues te han de haber dado otro en la espalda porque te ensuciaron tu camisa-, así me dijo como que medio burlona. Se dio la media vuelta. Entonces noté que estaba avergonzada y hasta dudaba en esperarme, de pronto llegó otro naranjazo, pero este se estrelló en el mero centro de la nalga izquierda de Margarita. Sonó chistoso.
-¡¡A su puta madre!!
Gritó ella con todas sus fuerzas perdiendo todo el estilo. A mí hasta miedo me dio y los boleros ni se atrevieron a reírse otra vez. Ella tomó la naranja y con notable puntería se la acomodó en la mera trompa al primer niño que vio (que por cierto no era el culpable). La pobre lloraba y se sobaba. El niño quedó todo atarantado y yo me sobaba el riñón y la consolaba, ahí, sentados en una banca que estaba lejos de donde los niños jugaban guerritas.
Traté de ponerla de buen humor pero me costó trabajo, hasta le dije que si quería le podaba de nuevo su jardín con tal de que sonriera, eso le dio mucha risa y me miró con ternura, yo a ella la miré con ilusión.