viernes, 12 de diciembre de 2008

La Fuerza del Popoluca

R. Soberanes

Una pequeña comunidad popoluca enclavada en el corazón de la Biósfera de Los Tuxtlas pasó recientemente un mes y medio de total incomunicación. El mismo temporal que inundó Minatitlán, azotó a los 420 habitantes de Santa Martha, quienes esperaron día y noche con singular resignación dentro de sus pequeñas casas a que la sierra calmara su bravura y les diera un respiro.

Cada vez que llueve en la sierra de Santa Martha, la selva suelta una densa neblina que lo cubre casi todo, y las nubes tapan la comunidad como si fuera una tienda de campaña. La serranía se ceba contra sus habitantes con oscuridad y un frío húmedo que cala hasta los huesos.

Cuando paró la lluvia de los fatídicos octubre y noviembre, los pobladores espabilaron sus cuerpos entumidos y salieron a la luz para descubrir que sus cultivos de maiz y frijol estaban echados a perder y sólo ellos saben cómo hicieron para resistir una situación que difícilmente cabe en el entendimiento de una persona citadina.



Los habitantes de esta comunidad jamás recibieron recursos del Fondo de Desastres Naturales (Fonden) que otorga la Secretaría de Gobernación (Segob), según palabras del agente municipal, Ventura Cruz Ramírez, padre de cinco niñas y un niño, todos de aspecto saludable y sonrisa permanente, cosa poco frecuente en los niños que viven en la ciudad.

Santa Martha es una comunidad de habitantes popolucas en la que todos, incluyendo los niños, utilizan su lengua natal y hablan el español con cierta dificultad. La Dirección de la Reserva de los Tuxtlas la considera como un punto clave para realizar acciones de conservación ya que debido a los usos y costumbres, obtienen todos sus recursos de la selva, algo que se nota a simple vista al llegar al lugar.

Para salir de la comunidad y llegar a Soteapan, hay que hacerlo en camionetas que cobran 150 pesos por viaje y a cada vehículo le caben 10 personas. Entre más pasajeros, el viaje sale más barato. En santa Martha, con suerte se reúnen las suficientes personas para hacer dos viajes al día hasta Soteapan, la cabecera municipal. Un viaje de ida y vuelta cuesta unos 30 pesos por persona, es la inversión que tienen que hacer -hasta antes de enero de 2009, pues se han anunciado nuevos aumentos- para llevar a vender sus productos.

Decenas de camionetas se estacionan en la calle principal de Soteapan para vender sus artículos. A la hora de la salida de las escuelas es cuando se intensifica la actividad. Los comerciantes ofrecen sus mercancías desde sus camionetas. En una de ellas anunciaban “camarón seco del Istmo”, tres personas se acercaron a comprar, preguntaron el precio (30 pesos el kilo) y se alejaron con las manos vacías soltando maldiciones entre dientes.


Junto al palacio municipal, se encontraba don Silvestre Márquez Rodríguez, hombre popoluca de unos 50 años. El está discapacitado de su pierna derecha y aún así maneja entre los caminos de la serranía una camioneta Datsun standart de modelo irreconocible. Cuenta don Silvestre que hace unos meses regresó de Sonora, a donde fue a trabajar de campesino con un contrato de tres meses, pero sólo cumplió dos “por el desgraciado calor que hace allá”. Actualmente se dedica a sacarle provecho a su vehículo. Pone las muletas a un lado del asiento y con su pierna izquierda controla freno, acelerador y clutch. Así subió, a cambio de la generosa tarifa de 100 pesos, desde Sotepan hasta Santa Martha, viaje que fue aprovechado por José Hernández Cruz, habitante de la comunidad de Nuevo México, situada a dos horas de camino a pie después de Santa Martha.


A José Hernández le esperaba una larga jornada a pie con 20 kilos de alimento para cerdo a cuestas. En esta zona serrana la marginación es casi completa, los ingresos de cada familia oscilan entre los 45 y 50 pesos diarios y los apoyos gubernamentales llegan a cuentagotas. El intercambio comercial formal no existe, salvo una tienda Diconsa, atendida por un joven apático iluminado por un foco de 40 watts que responde en voz baja y mirando hacia el piso, las preguntas que se le hacen. Dijo que no hay agricultura en Santa Martha, que sólo se cultiva maíz y la gente “saca dinero de cualquier cosita que encuentran para vender”.

Las casas generalmente son de una o dos habitaciones, y un cuarto donde se encuentra el fogón y se lavan los trastes, además de la letrina. Las familias son numerosas. Rodríguez y Márquez son apellidos frecuentes, pues la mayoría tienen algún parentesco.

Durante las horas que se prestan para el trabajo, en las casas permanecen las mujeres y los niños. La llegada de una persona ajena a la comunidad despierta gran curiosidad entre ellas, que se asoman a ver la novedad desde sus puertas sin ningún disimulo. Dentro de su casa, acomodan todo con rapidez y ofrecen asiento al huésped. Ellas se sientan en el piso e insisten en permanecer ahí.

Una jovencita que dijo “no tengo mi nombre” (por pena), María, Marisol y Reina, explicaron que subsisten de “lo que siembra en parcelas”, como café y maíz. Se les preguntó cuánto necesitan para subsistir durante una semana. Se miraban entre ellas para ponerse de acuerdo y murmuraban en popoluca. Se fue la luz, no había nada que hacer para remediarlo y continuaron los secreteos. El llanto de un niño y los sonidos de los puercos que estaban en el patio eran lo único que se escuchaba dentro del silencio campirano y la oscuridad interrumpida por los flashasos intermitentes del foco. Unos 300 pesos es lo que necesitan para vivir una semana, convinieron entre las cuatro.

Según personal de la Dirección de la Biosfera de los Tuxtlas, situada en Catemaco, existen programas de recuperación de cultivos propios de sus usos y costumbres, como el Ixtle, útil para fabricar monturas de caballo; el Chocho, una palma comestible, y la palma Camedora, una planta de ornato. Se habla también del rescate de la medicina tradicional y de técnicas para evitar el uso de herbicidas, así como la implementación de cultivos a través del “módulo de traspatio”.



Los hombres adultos comenzaron a llegar a la comunidad después de las siete de la noche. Encontraron sus hogares en penumbra. Los dos faros de alumbrado público también estaban apagados. Lo más claro de la comunidad era la neblina que alcanzaba el suelo. Don Ventura Cruz Ramírez ya estaba en casa.

En entrevista a ciegas, el agente municipal de Santa Martha, de 37 años, se mostró extrañado cuando se le preguntó por los programas que figuran entre los planes de la Dirección de la Biosfera. “Aquí es la zona más alta y no tenemos casi programas de gobierno. Con el desastre que pasó de que llovió un mes y medio día y noche, pues mandamos documento al gobierno del estado dirigido a Sedarpa y mandamos lista que pide la gente de colchonetas y cobijas”.


Don Ventura recuerda que cuando él tenía 12 años, en Santa Martha “todo estaba despejado” a causa de la tala y la explotación inmoderada de la Selva, no obstante, al ser una zona proveedora de agua para ciudades como Coatzacoalcos y Acayucan, la zona fue reforestada y la actividad de los popolucas, controlada para evitar el deterioro ambiental. Por ese motivo, considera que su comunidad tiene derecho a recibir beneficios, toda vez que su capacidad de acción está limitada.

“Yo estuve platicando con el presidente municipal de Sotepan (Elías Ramírez Hernández) para ver si nos pueden apoyar porque la gente ya está pensando que si no hay apoyo del gobierno, se van a acabar la sierra”. El 11 de diciembre, la alcaldesa de San Andrés Tuxtla, anunciaba antes los medios de información en la ciudad de Boca del Río, que la Comisión Nacional Forestal (Conafor) había beneficiado a 50 mi familias de la zona de Los Tuxtlas con pagos por servicios ambientales. Estos recursos, según don Ventura, no llegan hasta Santa Martha, ubicada en el "cerro más alto" de la sierra.



Don Ventura es persistente mandando documentos a las dependencias gubernamentales y le pide tiempo a la gente, pero sabe que la carencia es más fuerte que la paciencia. “No tenemos nada, ni el pago de servicio ambiental. No tenemos nada, ninguna respuesta favorable”.

-¿Hay programas para rescatar sus cultivos tradicionales?, se le preguntó, en referencia a la información que nos habían dado en las oficinas de la Dirección de la Biósfera, en Catemaco.

-“La verdad no lo tenemos, eso se cuenta, he escuchado que donde más apoyan es por Sotepan por abajo, ahí por otros rumbos, porque en el año que llevo trabajando de agente municipal, casi no tenemos el apoyo pues. Orita estamos pidiendo apoyo para el mantenimiento de la palma, para el chapeo, nos hace mucha falta”.

-Si la situación están difícil aquí, ¿qué es lo que los hace quedarse?.

-“La sierra es comunal, tenemos nuestras parcelas, y yo aquí me crié y ya estamos hayados pues, somos serramos todos. Yo cuando gano 30 pesos al día, ni modo, me tengo que aguantar para no dejar abandonados a mis hijos. Hay cuatro compañeros de acá que e fueron a Sinaloa y dicen que no hay chamba, mejor nos quedamos acá pues”.

Volvió la luz y la cena estaba lista. Una jarra de café, un cerro de tortillas hechas a mano y un exquisito guisado de carne de puerco para el final de la jornada, antes de ver las noticias en la pequeña televisión, y sacar todos los sarapes y envolver a las seis criaturas que quedaron como pequeños bultitos saltarines en el piso durante la fría noche. Grande fue el esfuerzo de don Ventura para que sus hijas dejaran de hablar, reír y pedir que les saquen fotos.



Tras una noche de lluvia, los fogones se encendieron y comenzó a salir humo de las rendijas de los techos de lámina. A través del radio de don Ventura, el agente municipal de Nuevo México, Victorino Hernández Cruz, avisaba que se dirigía a Santa Martha acompañado de Esteban Hernández Mateo para aprovechar la presencia de la revista Llave y denunciar públicamente el abandono en el que se encuentra su comunidad, en la cual viven 56 personas.

A 6.5 kilómetros de Santa Martha, se encuentra Nuevo México. Ahí sólo se puede llegar entre brechas gastadas por la erosión. Los viernes por las noches, los estudiantes de la comunidad regresan desde Soteapan y suelen hacerlo de noche con el peligro que representan caminar entre la espesa vegetación.

En 1987, 11 familias llegaron a vivir a ese lugar, ubicado entre Santa Martha y la comunidad de Miguel Hidalgo. “Nos invitaron a vivir unas personas que ya ni están”, dicen Esteban y Victorino, quienes aseguran que en los alrededores de su comunidad, solían llegar extranjeros a extraer oro, de hecho, hay algunos restos inservibles de maquinaria de minería.



En 1998, antes de que la zona fuera decretada como reserva natural, el gobierno federal inició la construcción de un camino. A la mitad del trayecto, una empresa de comunicaciones utilizó el sobornó para desviar el trayecto e instalar una antena. Después de eso, la retroexcavadora “se rodó pa´bajo y se mató el operador”.



Así, la “rodada” (ya destrozada) llega hasta “La Ventana”, un lugar exuberante de paisajes impresionantes, que en los archivos de la Junta Estatal de Caminos (según constataron Victorino y Esteban el 2 de febrero de 2006), figura como una zona surcada por un camino ficticio que va desde Tebanca hasta Soteapan, pasando por Nuevo México y Santa Martha.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Un par de textos viejísimos, los escribí en 2003. Creo que fue en marzo de ese año, me gustaba el ciclismo y salía "rodar" con Guicho. Fuimos a los Humeros, un lugar impresionantemente chingón, está en el valle de Perote. Ahí hay unas subidas sobre unos 3 mil metros de altura que te hacen decir -como dice guicho- "y yo qué hago aquí!!". Para no hacer el cuento largo, cuando íbamos bajando me rompí la madre en una curva. Se me partió en 2 el fémur de la pierna izquierda y tuve que pasar 3 meses en cama.
Entonces vi películas como nunca y escribí cuentos. La mayoría de ellos los perdí. El hombre del coche rojo, El jardinero elegante y El mero día, son algunos de los que sobrevivieron.

Un jardinero elegante (preámbulo del mero día)

Yo no creía que fuera tan difícil cortejar a aquella mujer. Sé que es rica y muy codiciada por hombres que representan los mejores partidos del pueblo para una mujer de su clase y posición, pero jamás pensé que mi primer visita fuera a terminar así:
Fueron dos horas las que esperé en la calle bajo la llovizna a que Margarita saliera de su clase de macramé, tan sólo para poder saludarla y con mucha suerte cuadrar una cita por la tarde.
Al fin salió y acudí a su encuentro y sin dudarlo le pedí permiso para hacerle una visita a su elegante domicilio.
–Hoy tengo toda la tarde libre- le dije - como que se espantó un poco, pero ya que me revisó bien de pies a cabeza, le cambió el semblante.
-Vaya entonces, y le agradezco de antemano su cortesía- así me contestó la ingrata.
Nunca había sido tan difícil soportar el tiempo y las ansias como ese rato en que esperé a que dieran las cinco mas o menos. Ni me atrevía a moverme mucho para no sudar ni despeinarme, por eso mejor me quedé en mi casa, sentado en la cama de mis padres para así poder estarme enfrente de los chorros que se hacen desde el tejado siempre que llueve en el pueblo de tres a cuatro y media. Supe que era la hora de salir cuando dejó de llover, y ni me dio miedo mojarme los zapatos en la calle porque sé que los charcos se evaporan rapidísimo de tanto calor que hace después de los aguaceros, eso sí, el vapor te entra por las narices y hasta te ataranta la cabeza.
Crucé el pueblo que dormía la siesta todavía. Cuando toqué la puerta de su casa fui atendido por un empleado que me condujo a través de un inmenso jardín cuyo fino césped estaba bastante largo. Al final, llegamos a una bodega donde había un recado para mí, aún no era mi día.
“Las podadoras están a su disposición. Gracias otra vez por su cortesía. Atte. Margarita.”
...durante las siguientes seis horas me encontré más ocupado que una pulga en el cuerpo de una mujer gorda.

El mero día

Con mi mejor ropa salí ese día, mi gran día. Sentía una fuerza por dentro que me obligaba a sentirme muy bien, nervioso y con esos pantalones que me quedaban chicos y me calaban medio gacho, pero muy bien, con zapatos sin lodo, calcetines discretos, camisa nueva y todo.
Era un día por la mañana, muy, muy soleado y no tan bonito pero sí aceptable para pasear. Solo íbamos a hacer eso porque no era yo de suficiente confianza para sus papás como para que me dejaran llevármela a la ciudad para hacer algo más que pasear.
Tampoco iba a pasar por ella a su casa porque sus papás no querían ni verme todavía. De hecho ni se iban a enterar. Sólo en secreto había aceptado salir conmigo. Teníamos que vernos a las doce en la cola de las tortillas, para pasar desapercibidos y nada más me iba a dejar dar tres vueltas al parque con ella, luego cada quien se iría por su cuenta, y luego de eso, pues quien sabe.
Resulta que a esa hora ya no hay tortillas ni gente, así que ni nos confundimos con la gente, ni pasamos desapercibidos, ni nada. Yo llegué primero y ahí la esperé como quince minutos, aguantando las habladas de las tortilleras. Aguanté mucho, pero después me desesperé y les menté la madre a cada una de las tres por separado, y cuando iba en el tercer insulto, llegó Margarita. Pasó rápido, ni se detuvo, así que yo caminé luego luego atrás de ella. Me enojó mucho que Margarita alcanzara a escuchar las tres mentadas por separado que me dijeron a mí también.
Tardé tres minutos en terminar de admirarla con ese vestido café claro que tan bien va con ella y que tan perfecto le permite enseñar cómo es de bonita su figura y cómo es que seguro nadie a tocado su piel. Luego pregunté que cómo estaba, y ella amable contesto, medio indiferente pero contestó que bastante bien.
-¿Contenta?
-Si –me dijo por fin mirándome por primera ves y como que sonriendo. No aguanté su mirada sobre la mía y tampoco miraba mucho su cara porque se me notaría lo embrutecido, entonces se me volvió a adelantar hasta que llegamos al parque que estaba lleno de chamacos trepados en los naranjos que estaban listos para cosecharse. Le iba a ofrecer un helado en ese momento pero no se lo ofrecí porque un chamaco me tiró un naranjazo que me dio justo en el riñón y me dejó hincado de dolor como si yo le pidiera perdón a él y no al revés. Hasta las lágrimas se me salieron pero no le grité nada, solo me puse rojo y me tuve que aguantar. Tenía la esperanza de que Margarita no se diera cuenta pero volteó por culpa de las risas de los boleros y me alcanzó a ver todavía sobre mis rodillas.
-¿Te lastimaste?.
-Solo me pegaron en la pierna pero ya estoy bien.
-Pues te han de haber dado otro en la espalda porque te ensuciaron tu camisa-, así me dijo como que medio burlona. Se dio la media vuelta. Entonces noté que estaba avergonzada y hasta dudaba en esperarme, de pronto llegó otro naranjazo, pero este se estrelló en el mero centro de la nalga izquierda de Margarita. Sonó chistoso.
-¡¡A su puta madre!!
Gritó ella con todas sus fuerzas perdiendo todo el estilo. A mí hasta miedo me dio y los boleros ni se atrevieron a reírse otra vez. Ella tomó la naranja y con notable puntería se la acomodó en la mera trompa al primer niño que vio (que por cierto no era el culpable). La pobre lloraba y se sobaba. El niño quedó todo atarantado y yo me sobaba el riñón y la consolaba, ahí, sentados en una banca que estaba lejos de donde los niños jugaban guerritas.
Traté de ponerla de buen humor pero me costó trabajo, hasta le dije que si quería le podaba de nuevo su jardín con tal de que sonriera, eso le dio mucha risa y me miró con ternura, yo a ella la miré con ilusión.

jueves, 16 de octubre de 2008

El Ferras mató a Martín y Youtube lo hizo famoso

R. Soberanes

Un intenso olor a galleta y el puntual escándalo del tren, penetran en cada rincón de cada casa de la zona donde El Ferras mató a Martín. En la colonia Quinta María, o "La Galletera", habitan personas de clase baja, aunque claramente no son los más pobres de Veracruz. Los trazos de las calles son más o menos ordenados y las casas son casi todas pequeñas y de una sola planta. 

El 16 de septiembre, cerca de las 3 de la tarde, Martín y su esposa Mercedes terminaban de comer en la mesa que tienen colocada en el patio de su "casa". En realidad vivían en un cuarto de lámina que improvisaron atrás de la casa de su "carnala", en el número 43 de la calle 11 de la "Galletera".

Se escuchó un silbido desde la calle, Mercedes lo recuerda bien. Era el que habría de convertirse en héroe del Youtube. Felipe Ferra Gómez llegó a visitar a Martín Molina Rivas, quien en contra de la voluntad de su esposa, accedió a irse a tomar unas cervezas a la vía con su amigo. El Ferras dejó su bicicleta guardada en casa del que estaba a punto de matar.

Mercedes ya tenía tres hijos antes de casarse con Martín, el mayor de ellos, Andrés, tiene 10 años y jugaba a ser Martín vistiéndose de trabajador de los rieles. Mercedes dice que lo querían y que a menos de un mes de la muerte de su padrastro, no logran entender lo que pasó. Según sus maestros, andan toda la mañana callados y desorientados. 

Martín creció entre las vías. Ahí era su hogar, porque en su casa tenía una madre y un padrastro que los golpeban, y cada vez que eso ocurría, tomaba a su "carnalita", la subía con él a un vagón y parrtían a donde fuera. Pasados algunos días habrían de volver. Esa historia se repitió en incontables ocasiones, hasta que fueron llevados a un orfanato.  "Nos subíamos en los trenes porque nos pegaban mucho... fuimos maltratados pero hicimos nuestra vida en las vías", dijo la hermana de Martín.

"Desde niño le gustó la uña (robar)", reconoció María Cristina. de hecho estuvo preso en dos ocasiones, ambas por robo, y fue en la cárcel que conoció al Ferras, su futuro socio de robos y autor del final de sus días. Martín se iba de pequeño a otras colonias y robaba cosas pequeñas, a veces incluso llegaba con dulces (Los Sugus le gustaban mucho). 

"Yo no dijo que Martín sea... haya sido una blanca paloma porque no lo era", dice Mercedes, quien afirma que "de un año para acá", su esposo había experimentado un cambio radical. Una transformación que se acentuó cuando llegó la noticia del embarazo. Martín estaba seguro de que iba a ser padre de una niña, María de los Ángeles le había puesto por nombre, porque en su necia ilusión, aseguraba que iba a ser niña, cosa que a la fecha no se sabe. Faltan tres meses de espera.

Hablar del pasado turbulento de Martín hizo que Mercedes, como un acto reflejo, mostrara una fotografía de su difunto esposo trabajando en las vías, en una de ellas está con sus amigos, en la otra está solo. es la misma que tiene ahora entre veladoras. "Miren como sí trabajaba", repetía ella para nosotros y para ella misma.

En las vías, siempre en las vías, nunca en un solo lugar. Cuando lo atraparon con su hermana, él se escapó del orfanato para volver a los rieles, el mismo lugar donde se buscó un trabajo honesto años muchos años después. Pero el Ferras dice que no, que ellos seguían robando juntos y se le había ido "liso" con una cadena de oro que habían hurtado recién.  Mercedes dice que el Ferras le tenía mucha envidia a su marido y le metía sizaña, pero el Ferras, desde los separos de la Policía Intermunicipal Veracruz-Boca del Río, dice que el hoy occiso lo trataba como un "chamaco cagón".

-¿Cómo se explica usted lo que le hicieron a su esposo?, se le preguntó a Mercedes. Se enjugó las lágrimas y suspiró profundo buscando una bocanada de aire que le permitiera hilar ideas. Entonces recreó una conversación entre Martín y su asesino.

"Yo creo que por envidia, le metía sisaña, venía y le decía que me mandara a la chingada, y el le decía `yo cómo voy a correr a mi vieja´, `Es que tu conscientes mucho a esos chamacos, mejor rómpeles su madre´, `No loco, mejor te rompo tu madre a tí´". Y prosiguió: "Cuando supuestamente lo corrían de su casa y decía, `oye loco es que me corrieron de mi casa´y yo le daba de comer, y yo le decía  a martín, `tu te pasas de buena gente con ese muchacho, a mi no me da nada de confianza´, pero pues nunca nos hizo caso".

En el cuarto donde dormía la pareja y los tres hijos de ella, hay un desorden que denota desdén. Hay ropa de Mercedes, de sus hijos y de Martín regada encima de la cama, de las cómodas y las sillas. Parece un lugar deshabitado. El único resquicio de orden que queda es el pequeño altar que Mercedes le procura a su esposo. Una noche, justo en esa recámara, durmió Felipe Ferra Gómez.

"Una vez lo dejó a quedarse a dormir, yo me peleé con él, y me fui a casa de mi mamá. Se fueron en la tarde y llegaron en la noche, el domingo hice como si apenas viniera llegando. El muchacho se fue enojado porque Martín le dijo, ya vete porque ahí viene mi vieja".

La hermana de Martín no entró al cuarto, esperó nerviosa en la puerta. Y pensó en voz alta reviviendo el momento del asesinato, que le contaron dos mujeres -madre e hija- que fueron testigos del crimen. "Dicen que el muchacho las veía a ellas y más le daba puñaladas a Martín si quitarles la mirada, así, horrible el muchacho". María Cristina recreaba el movimiento de las puñaladas con un desganado vaivén de su brazo.

Las dos mujeres se ofrecieron a llevarnos al lugar de los hechos, muy cerca de su casa. En el trayecto, las miradas de los pocos vecinos paseantes se postraban sobre ellas, con más morbo que compasión. El Ferras se hizo famoso con su desfachatez para contarle el asesinato a las cámara de televisión, por su despreocupación y su orgullo de estar vivo, aunque estuviera en la antesala de la presión donde habrá de pasar los próximos 30 años de su vida, “tengo 24, salgo de 54, no hay pedo, los pago”.

Fueron él y Martín a las vías, ahí el Ferras le reclamó su parte de un botín. Además de negársela, Martín –según el asesino- le dijo que se iba a “fornicar a su mother y a su hermana”, “¡Cómo que se iba a fornicar a mi mother!” exclamó el Ferras ante la cámara de televisión. Entonces comenzó el pleito de vida o muerte, Martín le habría tirado una puñalada (con un desarmador), que le rozó el cuello, el Ferras las esquivó agachándose de un lado a otro, “za za za za”, y le respondió con las “balas frías” (pedradas), “zun zun zun zun” y luego logró apuñalarlo.

No tuvo compasión en la cacería, las dos testigos que viven en la orilla de la vía escucharon el ruido de las pisadas sobre la graba que rodea los rieles, “cálmate ya, estás loco”, escucharon que gritaba un Martín herido y tambaleante que quería escapar. “¿Cálmate?”, pensó el Ferras (en su confesión que está colgada en Youtube), “ahora la bebes o la derramas” y lo persiguió hasta alcanzarlo justo antes de que se quería brincar por una barda que da a la casa de las mujeres que lo vieron todo desde dentro.

“Primero se oía la graba, venían corriendo, el muchacho este le decía que se calmara, que si estaba loco y lo correteó desde este terreno al otro y lo agarró y lo empezó a apuñalar y se lo trajo para acá para la barda y ahí le dio un montón de puñaladas, no sé ni cuántas, entonces el muchacho nos vio, corrió hacia acá y aquí fue donde lo remató, pero como loco. El nos decía que lo ayudáramos pero cómo lo íbamos a ayudar, el otro no habló nada, nada más se nos quedaba viendo y le seguía.

“Su cara no se me olvida, nos veía así con una cara de loco, me recuerdo del diente, un diente que lo tenía metido hacia atrás y aquí una cortada en el cuello, y nos miraba como si anduviera drogado pero no habló nada en absoluto”, dijo la testigo, ante Mercedes y María cristina, atónitas tras escuchar por segunda ocasión el testimonio.
El Ferras es racional

Al pedirle explicaciones sobre el comportamiento del Ferras a la hora de cometer el crimen y en sus ya famosas declaraciones (más de 26 mil visitas en Youtube en menos de un mes), el catedrático de la facultad de Psicología, Jorge Valderrama dio algunos puntos de vista que atajan el vendaval de comentarios de rechazo y festejo que ha desatado el video.

No es un monstruo el que estaba actuando en ese momento: “Nuestro cerebro tiene una parte de instinto natural, el cerebro primitivo, y toda la corteza cerebral funciona con cuestiones social, de educación, etc, entonces cuando nosotros estamos bajo el efecto de las drogas, la parte del cerebro que es educada, queda inhibida para mejores ocasiones y se activa la parte primitiva, la instintiva, de ahí que muchos deseos reprimidos e impulsos, solo se activan bajo el efecto de las drogas. Este instinto de carácter animal lo tenemos todos”.

-¿Es un cínico el Ferras?

“Ese es un concepto subjetivo, es una apreciación particular para reconocer los actos. Podemos decir también que es muy honesto porque él no está ocultando nada, no dice que fue accidental, por ejemplo, no está escondiendo nada en absoluto. Difícilmente vamos a encontrar un sentimiento de culpa en él, porque el esta consciente de manera racional que hizo lo adecuado. Esa es la parte absurda, nosotros habitualmente mentiríamos por no arriesgar la condena, el está muy consciente de que los daños que va a recibir y no les tiene ningún temor”.

El académico fue más lejos, pues reconoció en el asesino, cualidades que una persona “educada” no tiene, que es el estar plenamente consciente de sus actos y aceptar sus consecuencias sin el más mínimo dejo de preocupación y remordimiento.

“Tiene capacidad de razonamiento lógico, no fue un razonamiento impulsivo, sus razones son lógicas y bien planteadas, no estaban en condición de desventaja. Fue una toma de decisión sumamente acertada porque al fin de cuentas el logró lo que quería que era sobrevivir y él mismo lo narra, dice a mi me costó la condena pero estoy vivo”.

Dice Jorge Valderrama que comúnmente los delincuentes son sociópatas, es decir, personas que no aprenden de sus actos e incurren en ellos una y otra vez, pero el Ferras no lo es. Es un tipo honesto, “ya se lo llevó su chingada madre. Está muerto, ni pedo, lo pago”.

-¿Hay varios Ferras en potencia?

“Precisamente ese es gran parte del fracaso de la educación, si usted ve los cometarios en los videos, se hace alarde de este tipo de circunstancias y ahora potencialmente vamos a tener varios imitadores. Este tipo tiene carisma y no le preocupa en lo más mínimo, el anda como de vacaciones, está en un tour que es parte de su vida violenta, él sobrevive, no vive. ¿Cuántos casos así vamos a tener? Muchísimos, potenciales hay muchísimos. Lo estamos fomentamos nosotros al hacerlo tan famoso”.

jueves, 9 de octubre de 2008

sábado, 13 de septiembre de 2008

Sobre el burro...

Don Brunof, siga usted a los policías por una noche de rondín para llegar a conocer al pobrecito burro. Gracias por el interés, también al buen Roberto Castrejón, un atleta convertido en poeta... y hablando de poetas, lic. Chaneque, mira nomás cómo quedó tu ilustración, qué maravilla, me cae.