R. Soberanes
Dicen las cifras de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), que el 60 por ciento de la Población Económicamente Activa (PEA) de México, se encuentra en la "informalidad", es decir, más de la mitad de los trabajadores no contribuyen con impuestos a las finanzas del país.
Los comerciantes ambulantes que copan las principales calles de cada ciudad son los que catalogamos como informales. Los vendedores de piratería, ropa, tacos, antojitos, volovanes, artículos electrónicos, los limpiaparabrisas; cualquier persona que se gana la vida en la calle. Sobre ellos van los señalamientos y los operativos de las autoridades para reubicarlos y meterlos en el orden.
Durante el presente año, como en los anteriores recientes, el empleo informal es una alternativa viable debido a las dificultades que presenta la economía mexicana para acceder a trabajos bien remunerados (o al menos remunerados), debido a que, si bien se espera un crecimiento del 2 por ciento en empleo, eso no significa que existan mejoras en los salarios.
De acuerdo con la OCDE, cuando se habla de aumento de puestos de trabajo (530 mil para 2008, según el INEGI), se debe tomar en cuenta que se trata de "empleos precarios y/o débilmente remunerados". La organización internacional documenta otras razones de preocupación en cuanto al empleo.
Son razones que afectan principalmente a los jóvenes que recién pretenden integrarse a la PEA, las mujeres y a las personas que sufren racismo: "(Hay) obstáculos como los comportamientos discriminatorios que limitan el acceso al empleo".
Es así como explica la OCDE que tantos mexicanos busque por su cuenta la manera de ganarse la vida, sin embargo, hay un matiz en torno a la "informalidad".
Para el ex director del Colegio de Contadores de Veracruz, Arnulfo Rueda, este es un tema mal entendido, puesto que los informales no solo son los comerciantes ambulantes, pues los hay también sentados tras un escritorio, al frente de las grandes empresas u ostentando cargos públicos de importancia.
Ellos realizan operaciones millonarias que no dejan registro ni ganancia alguna para el Estado Mexicano, además, tampoco aparecen en los censos que realiza el INEGI. Rueda habló de compra-venta de bienes inmuebles, de antros, centros de masajes, renta de locales, venta de mercancías chinas que necesariamente pasan por las aduanas.
"La informalidad es apartarse de la regla, de la norma, en este caso de las normas fiscales y del aspecto económico. Aquellos que llevan a cabo una operación de compra-venta y no hay una factura de por medio, no se expiden comprobantes tal y como lo establece el Código Fiscal de la Federación, están en la informalidad. Eso nos es captado para pagar impuestos, y menos aún si es en efectivo, ¿cuándo lo va a captar el gobierno? difícilmente".
Así, hay distintas actividades que se realizan al margen del sistema de recaudación, para lo cual, "entra el concepto de corrupción. Siempre hay un abogado de por medio", la diferencia es que los locatarios que se colocan en las banquetas, trabajan frente a todo mundo y no pagan sus impuestos, mientas que los de "cuello blanco", lo hacen distinto, ellos hacen "planeación".
Los locatarios tienen un líder que negocia con las autoridades, ellos se movilizan si es necesario para conseguir espacios de venta, venden artículos pirata, que de vez en cuando les decomisan mediante operativos que se publican en los medios de comunicación, y al día siguiente la mercancía se repone como por arte de magia.
Intentar platicar con ellos es casi imposible. Acostumbrados a la hostilidad, tienen ya ensayados los pretextos para no hablar. La mayoría dice que sólo son empleados en sus puestos y no pueden hablar; la hija de la líder de los locatarios de la avenida Díaz Mirón, dijo que no la conocía, no sabía quién era. Así se comportan porque los señalados son ellos, aunque no son los únicos que viven en la "informalidad". Pero, ¿qué pasaría si todos los pequeños comerciantes informales entraran a régimen de pago de impuestos?
En opinión del contador, el hecho de que los comerciantes ambulantes estén fuera del régimen de contribuyentes, no representa mayor problema para el estado, puesto que la cantidad que ellos podrían aportar es mínima, y así sean muchos por todo el país, no es comparable con la sangría que representan las grandes operaciones monetarias que se hacen a la sombra.
"Se habla de informal con los vendedores ambulantes, a los que están en las banquetas, pero es un sector que si bien es cierto que genera compra, venta y flujo de dinero, no considero que represente realmente el problema de la proporción que se le da, se magnifica".
Dentro de los propios gobiernos, en todos sus niveles, también se da la informalidad. Ocurre -dijo- cuando se asignan los servicios a empresas particulares por medio de licitaciones poco claras que violan la ley deliberadamente.
"Ahí caemos en un aspecto de la informalidad que raya en lo que se aparta aún más de los preseptos de la ley, que eso viene siendo algo fuera de lo lícito y genera necesariamente que lo tengan que manejar de esa forma y por lo tanto no es sujeto de contribuciones porque no se ajustan en el marco legal.
-¿Son operaciones sin rastro que generan dinero para los servidores públicos?
Así es, considero yo que ese tipo de informalidad, es la que debería de ser parte (del régimen fiscal). Eso contribuye a que de alguna forma no se especifique lo que en sí podrían ser los sectores que realmetne contribuyen a una informalidad que afecta al país.
El valor del ambulantaje
A los pequeños comerciantes que se ganan la vida solos, les es muy difícil darse de alta como contribuyentes por la cantidad de requisitos que se les exigen y por que no están preparados para someterse a un régimen burocrático. Son los "altos costos y muchas veces la ignorancia" factores determinantes. "En México, el régimen fiscal desalienta la formalidad".
Sin embargo, no todo termina ahí, puesto que su existencia, a decir del contador público, tiene otra razón de ser e involucra otros intereses, el principal de ellos el político, puesto que representan un grupo grandes de personas organizado y que puede tomar directrices en común. Es decir, son un botín político.
"-Representan votos?
Si, se organizan a través de grupos y es de todos conocido que para tener ciertas prerrogativas en su negocio, tienen que estar organizados de alguna forma y esto obedece a situaciones políticas de cada entidad".
-¿Que pasaría si todos ellos entraran en el régimen hacendario, con las pensiones?.
-Nada. El gobierno no se beneficiaría tanto y sí se vería obligado a dar un servicio.
Hay otro gran sector de trabajadores que, si bien contribuyen con grandes cantidades de pago de Impuesto al Valor Agregado (IVA), no cuentan con ningún tipo de contrato ni seguridad social, con lo cual, tampoco cotizan en el régimen de pensiones. Son los que prestan servicios por honorarios.
Para el ex director del Colegio de Contadores, el incremento de trabajadores que dan recibos de honorarios obedece a estrategias de "planeación fiscal". En este sentido, opinó: "Más que empleo informal, se le puede considerar como no ajustarse a la formalidad", y sentenció: "en el caso de los contribuyentes con capacidad aconómica más fuerte, se llama planeación fiscal, y en los contribuyentes con capacidad pequeña, se llama evasión".
domingo, 22 de febrero de 2009
jueves, 12 de febrero de 2009
El día de la bestia en la Perla de la Cuenca
R. Soberanes
Pasadas las once y media de la mañana, doblaron las campanas y tronaron los cohetes. El primero de 10 toros destinados al martirio, caminaba por el río Las Mariposas alzando la cabeza lo más que podía para respirar. Lo conducían amarrado del cuello los cuenqueños triunfadores de la regata previa. A la orilla del río, en la "Perla del Papaloapan" esperaban miles de turistas dispuestos a envalentonarse ante los indefensos animales, moviendo sus caderas al ritmo del regaeton, cortesía de una conocida marca de cerveza.
El cotidiano silencio sepulcral del pueblo abrazado por Veracruz como uno de sus máximos valores, fue interrumpido por el estruendo de la fiesta, por visitantes distinguidos llegados desde las otras nueve ciudades mexicanas declaradas patrimonio cultural de la humanidad, por las coplas y versos inspirados en los puntos más recónditos del estado explayados en las tarimas sacudidas por los tacones de los bailadores, en la plaza Doña Martha.
Pero también hubo regaeton junto al río, miedo a las botellas voladoras lanzadas por los rijosos y el impactante suplicio de los toros que cruzaban el río forzados por los conductores de las lanchas que, victoriosos tras la tradicional regata, amarraban a los animales por los cuernos para llevarlos a tierra, donde la muchedumbre los esperaba para recibirlos en su frenesí.
El río emanaba olor a diesel, decenas de lanchas agitaban las aguas del Papaloapan, los restaurantes, las azoteas y las calles de Tlacotalpan estaban abarrotados, los jinetes con sus lazos esperaban sobre sus caballos a que apareciera bufando del esfuerzo el primero de los animales. La sangre estaba por derramarse, comenzaba la barbarie.
Mientras los toros salían del río uno a uno, y las piernas postradas a orillas del río temblaban de la emoción, un grupo de tlacotalpeños se congregaban en el centro del pueblo, en Los Portales. Muchos de ellos portaban leyendas en su vestimenta con frases alusivas: "Yo cuido a los toros". Al mismo tiempo, los animales comenzaban a sangrar quemados por las cuerdas lanzadas por los jinetes y por las heridas propinadas por los orgullosos "valientes" que lanzaban objetos y, para el mayor de sus deleites, tomaban al toro por el rabo para hacerle un nudo y enseguida escapar huyendo de la desesperada reacción del animal.
La alcaldesa de Tlacotalpan, Esperanza Burela Villegas, quien observó el transcurrir de la jornada desde un palco del palacio municipal, declaraba triunfal que no había toros lesionados, mientras decenas de asistentes lucían orgullosos sus manchas de sangre, no de ellos, sino de los jadeantes animales, desorientados y bañados por los desperdicios de cerveza que les lanzaban con inexplicable saña. Tan imponente era el tamaño de los animales como evidente su mansedumbre y su rechazo para embestir como animales de corral que son.
Mientras las bestias y los toros protagonizaban el acto de barbarie, la Virgen de la Candelaria, vista como un ser divino, pero a la vez viviente y conciliador de almas, esperaba encerrada en su estatua, en el templo que lleva su nombre, para ser ataviada a las cinco de la mañana y dispuesta a bajar de su atrio y salir a "saludar" a quien quede despierto (los lugareños la esperan con fervor y el horario y el sufrimiento de los cuerpos deshidratados no son obstáculo, aseguran) y pasearse por las calles de este pueblo de ensueño, lugar de pescadores, decimeros y agricultores que esperan a los honores de la hermosa Candelaria, identificada con la deidad prehispánica de la Cuenca, la diosa acuática que habita en el río y bendice la pesca y la agricultura.
Cuentan que en 2005, fue imposible sacar del templo a la deidad de la Cuenca. Quedó ella vestida de seda y alborotados todos ellos, y se sobrevino una desgracia digna de ser recordada para en la posteridad: llegó el huracán Stan y desbordó el Papaloapan, perdiéndose miles de hectáreas de cosecha, matando otros tantos animales y causando importantes daños materiales entre las pertenencias de los tlacotalpeños.
Mientras tanto, en el plano terrenal, comenzaban a fluir los datos sobre los primeros caídos. Según el reporte de Protección Civil, hubo 12 heridos por los toros entre las 50 mil personas congregadas y sólo uno de ellos recibió cornada. Según lo que todos vieron, 10 toros fueron brutalmente lastimados por la muchedumbre, envalentonada por el alcohol y por el deplorable estado de los animales.
Al mismo tiempo, en el escritorio de la alcaldesa, “en lugar del Plan Municipal de Desarrollo, tenía dos cervezas en una bolsa, con el plástico que sostiene el six de chelas”, dijo uno de los reporteros que habló con la edil. Doña Esperanza Burela clamaba con fervor que ella misma fue a traer a los toros en una lancha y se cercioró de que ningún animal estuviese herido.
A sólo unos metros de su oficina, frente a Los Portales, un toro fue amarrado de los cuernos a los bambúes dispuestos a manera de protección en las cantinas. La saña se cebaba más aún con el cansado animal, para deleite de los turistas y enojo de un grupo de tlacotalpeños que se desgañotaban para que soltaran al animal. “Por eso hacen mala fama a Tlacotalpan”, dijo Rebeca Carvajal, montada en cólera. Ella aseguró que quienes maltratan a los animales, son visitantes de la región, pero no los lugareños.
"Naranja dulce fresca y jugosa" gritaba en el parque un “corneado” (por el toro) sobreviviente de la fiesta de 2008. "¡Que este año tampoco se muera!", le contestan los tlacotalpeños, "si no, ¿quién va a vender jugo de naranja?", un alimento bueno para el día siguiente de la fiesta.
En otro punto del pueblo, algo extraño pasó por la mente de una persona que decidió cargar a un perro y aventárselo al toro, algo largamente celebrado por quienes lo presenciaron. Otro animal, tras ser desatado por los jinetes, caminó errante hacia el río y se sumergió, tras de sí, dejó a unas seis personas con el alma en un hilo revisando sus teléfonos celulares empapados y buscando sus zapatos y chanclas que habían quedado flotando tras el chapuzón. Ellos estaban empapados y lanzando injurias.
Mari Carmen García Elías, presidenta de Unidos por los Derechos de los Animales, explicó que las vacas y los toros no pueden controlar el esfínter anal, con lo cual, al estar nadando estresados, les entra agua en los intestinos, así, al llegar a la orilla y comenzar el encierro, ya llevan el vientre inflamado de agua y se les dificulta correr cuando reaccionan a las provocaciones de la turba.
La comunidad de Tlacotalpan convino que a las tres de la tarde (dos horas antes de lo normal), los animales habrían de ser encerrados y trasladados a sus lugares de origen.
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lunes, 9 de febrero de 2009
La mala suerte de encontrar un tesoro
R. Soberanes
Bautizaron al tesoro como "Las Joyas del Pescador" y al autor del hallazgo lo metieron a la cárcel dos veces, la primera por "despojo a la nación" y la segunda no se sabe, aunque sí hay versiones de ello. El Baluarte de Santiago del Puerto de Veracruz alberga una maravillosa exposición de 42 piezas de oro prehispánicas y la Playa Norte alberga la palapa donde trabaja para sobrevivir con dificultades el pescador sin joyas, el que encontró las piezas, Raúl Hurtado.
Entre las decenas de palapas de la Playa Norte a la que llegan bañistas que estacionan sus coches, camionetas y trailers junto al mar y que ofrece un paisaje diferente al del Puerto de Veracruz comercial, se encuentra el negocio del famoso pescador, el que en 1976 encontró unas joyas prehispánicas en el fondo del mar mientras buceaba para capturar pulpos.
El Pescador se dedica a la pesca de pulpos desde pequeño "sin utilizar oxígeno artificial", aclara la esposa de Raúl Hurtado, doña Magdalena Aguilar. Fue así, buceando, como encontró las joyas, un suceso que atrajo al gobierno y le dio a la familia Hurtado una vida con algunas penurias, incluyendo dos estancias en prisión y el coraje de vivir con dificultades económicas aún cuando tuvieron en sus manos nada menos que un tesoro prehispánico, hallazgo que las autoridades exhiben sin hacerlos partícipes de los beneficios que se obtienen.
Miguel Campoamor, “el campechano” tiene 57 años y también ha sido pescador de toda la vida, él es conocido de Raúl Hurtado y vivió de cerca la experiencia del hallazgo. Según recuerda, cuando apareció el tesoro, éste era más extenso del que se exhibe en el Baluarte de Santiago, incluso, recuerda una escena de los hijos de don Raúl jugando a los coches con lingotes de oro.
“Los niños jugaban con ellos, los amarraban y los arrastraban ahí en el patio pensando que era cobre, porque el oro cuando está en el mar queda rojizo, por la calidad pura, 24 (quilates) que era lo más puro”.
El campechano supone que los lingotes, “bastantes, unos 10 o 12”, fueron a dar con el joyero que hizo el trato con Raúl Huerta para fundir las piezas y venderlas (quien también estuvo preso) en su precio en oro, pero ese no es un hecho fehaciente pues también señaló que en aquellos tiempos las autoridades policiales eran comandadas por un personaje de dudosa calidad moral, y mas tratándose de un tesoro. “En ese tiempo el jefe policiaco era el comandante Donato Mesa, ese era corrupto, a él lo mataron, balaceado”.
Y sobre las joyas, que “jura” no haber visto jamás, dijo: “Las pocas que existen son las que están ahí en el Baluarte, no apareció gran cosa de las alhajas. De los lingotes no sé lo que pasó porque en aquellos tiempos, con los jefes policiacos que estaban no se sabe”.
Si desapareció parte del tesoro de uno forma u otra, lo cierto es que los únicos que lo pagaron son el autor del hallazgo y el joyero. Por lo pronto, Raúl Huerta vive cerca de la Playa Norte, donde también tiene una palapa que atiende su esposa Magdalena rodeada de hijos (siete) y varios niños. El nombre del negocio es “las Joyas del Pescador”.
Doña Magdalena se encontraba atendiendo la poca clientela que había y a ratos miraba el partido de futbol playero donde participaba uno de sus hijos, también pescador, también buzo. A ella no le da pesar hablar sobre el tesoro que tuvo su familia hace mas de 30 años, pero advierte que a su marido sí, por ciertas informaciones que fueron publicadas en la televisión sobre el tema en donde “dijeron cosas que no eran”. El pescador estaba trabajando en el mar en ese momento, no tardaba. Llegó a la playa con la cosecha justo en el medio tiempo del partido, sus hijos rodearon la lancha para ayudarle a sacar los pescados y las herramientas de pesca. Después el árbitro llamó a los jugadores a continuar con el partido.
Doña Magdalena, siempre con su sonrisa, pidió hablar antes con su marido, a ver si se animaba a declarar algo. Habría que dejar la plática para el día siguiente. Fue imposible, es notorio que Raúl Hurtado quiere enterrar el tema y se negó rotundamente a hablar de él. “De veras, ya no quiero problemas, gracias, pero disculpen, ya no quiero problemas”.
Delgado, amable y con la típica cara curtida por el sol y dibujada por ampliar líneas de expresión, pidió disculpas y se despidió con su mano derecha llena de pintura azul. El es pintor cada vez que tiene oportunidad, el resto de su tiempo lo dedica a pescar, como siempre. El pescador se retiró a la parte trasera de la palapa.
Según declaró Raúl Hurtado en la última entrevista concedida a Imagen, no conoce el motivo de su segunda detención, cuando pasó 11 meses en la cárcel. “Tengo entendido que el joyero había pedido la devolución de las piezas, como a él no lo agarraron y yo estaba trabajando, me detuvieron y tuve que purgar la pena”, declaró en aquella ocasión. Su proceso fue llevado hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) hasta que finalmente fue absuelto de cualquier cargo.
Desde su postura, la de un pescador que sale al mar cada mañana a buscar el sustento de su familia para ese día, asegura que el tener en las manos un valor encontrado bajo del mar, no suponía la causa de un delito cometido en contra de la nación: “No tenía conocimiento de si estaba cometiendo algún delito, o si me iban a meter a la cárcel porque tomé ese tesoro”, aseguró don Raúl Hurtado.
Después recibió algunos apoyos, una lancha, por ejemplo, y hace poco tiempo recibieron material para construir su casa por parte de la diputada Carolina Gudiño, pero sólo eso, la familia Hurtado vive “al día”, de la pesca y trabajos temporales.
“Después a raíz de eso fue que a él lo ayudó el gobierno, pero sí, de que están fregados, están fregados, porque hubo un tiempo en que era pulpero el hombre, después de haber tenido todo, se quedó sin nada. Aquí desafortunadamente todo eso era de la nación por eso lo aprehendieron y luego otra vez pero no se sabe el motivo. Pero a raíz de eso el sigue siendo pescador”, comenta Miguel Campoamor.
El Campechano no convivía con demasiado Raúl Hurtado, no mas allá de saludarse y verse seguido por su trabajo, porque ambos eran pescadores. Él ya no se dedica a la pesca, un oficio que, igual que El Pescador, ejerció durante toda su vida. No puede señalar una fecha exacta del hallazgo, pero sí recuerda ciertas cosas, como una conversación sobre el momento en que aparecieron las alhajas: “Fue en Punta Valiente donde encontraron ese tesoro, según él dice que cuando estaba pulpeando vio que brillaba y metió el gancho y ahí estaban los lingotes, todo regado y amontonado todo, ahí fue donde empezó a escarbar y a mover”.
¿Más tesoros?
Con base en su experiencia, el Campechano considera que la historia de Las Joyas del Pescador podría ser sólo la punta del iceberg, pues ha habido “varios hundimientos” que los pescadores-buzos han constatado en lugares cercanos a la costa del Puerto de Veracruz y en otros no tan cercanos.
“Es como aquí, hay un lugar frente a lo que se llama Monte Negro, hay varios hundimientos, se supone que son unos galeones, están en un lugar que se llama La Diabla. Allá hemos ido a bucear y se ve que es un galeón, nada más que está virado. Para entrar ahí hay que descolgarlo primero. Pero hay muchos naufragios ahí, hay muchos hundimientos”.
Es posible que el caso del pescador Raúl Hurtado sirva para que otros pongan sus barbas a remojar. Porque lo que dice Miguel Campoamor podría dar pie a nuevos hallazgos, incluso, se refirió a uno del que prefirió no dar mas detalles, “no vaya a ser…”
“Por allá en un lugar que se llama Villa Rica, delante de Laguna Verde, ahí también hubo unos individuos que también sacaron joyas, eso porque un amigo me comentó eso pero no te sabría decir…mejor no decimos quién, no vaya a ser que después haya problemas. Fue allá en Villa Rica, frente al cerro del Metate, que es una zona arqueológica que está casi frente al mar”.
El Pescador no ha ido al Baluarte de Santiago a admirar la exposición, para hacerlo tendría que pagar 39 pesos.
Las Joyas, que se exhiben en el Baluarte de Santiago ya recorrieron la Unión Europea y fueron llevadas a Monterrey antes de colocarlas donde se encuentran hoy en día.
Roberto García Moll, ex director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) declaró sobre el tesoro: “Las joyas son, por una parte, testimonio claro de envíos realizados a la corona en las naves que partían del Puerto de Veracruz con rumbo al Viejo Continente, pero fundamentalmente nos indican el desarrollo de las técnicas de producción aplicadas a la fundición de metales y el depurado arte de los orfebres en el México prehispánico”.
El tesoro contiene un escudo de guerra, “chimalli” que es la pieza más representativa, barras y pendientes de oro. La manufactura de las joyas es similar a la Tumba 7 de Monte Albán, en Oaxaca.
Las Joyas pertenecen a la cultura Mixteca, esto se deduce porque están trabajadas con las mismas técnicas. Se utilizaban moldes de carbón con los que se diseñaban y creaban elementos para fundir metales preciosos.
Bautizaron al tesoro como "Las Joyas del Pescador" y al autor del hallazgo lo metieron a la cárcel dos veces, la primera por "despojo a la nación" y la segunda no se sabe, aunque sí hay versiones de ello. El Baluarte de Santiago del Puerto de Veracruz alberga una maravillosa exposición de 42 piezas de oro prehispánicas y la Playa Norte alberga la palapa donde trabaja para sobrevivir con dificultades el pescador sin joyas, el que encontró las piezas, Raúl Hurtado.
Entre las decenas de palapas de la Playa Norte a la que llegan bañistas que estacionan sus coches, camionetas y trailers junto al mar y que ofrece un paisaje diferente al del Puerto de Veracruz comercial, se encuentra el negocio del famoso pescador, el que en 1976 encontró unas joyas prehispánicas en el fondo del mar mientras buceaba para capturar pulpos.
El Pescador se dedica a la pesca de pulpos desde pequeño "sin utilizar oxígeno artificial", aclara la esposa de Raúl Hurtado, doña Magdalena Aguilar. Fue así, buceando, como encontró las joyas, un suceso que atrajo al gobierno y le dio a la familia Hurtado una vida con algunas penurias, incluyendo dos estancias en prisión y el coraje de vivir con dificultades económicas aún cuando tuvieron en sus manos nada menos que un tesoro prehispánico, hallazgo que las autoridades exhiben sin hacerlos partícipes de los beneficios que se obtienen.
Miguel Campoamor, “el campechano” tiene 57 años y también ha sido pescador de toda la vida, él es conocido de Raúl Hurtado y vivió de cerca la experiencia del hallazgo. Según recuerda, cuando apareció el tesoro, éste era más extenso del que se exhibe en el Baluarte de Santiago, incluso, recuerda una escena de los hijos de don Raúl jugando a los coches con lingotes de oro.
“Los niños jugaban con ellos, los amarraban y los arrastraban ahí en el patio pensando que era cobre, porque el oro cuando está en el mar queda rojizo, por la calidad pura, 24 (quilates) que era lo más puro”.
El campechano supone que los lingotes, “bastantes, unos 10 o 12”, fueron a dar con el joyero que hizo el trato con Raúl Huerta para fundir las piezas y venderlas (quien también estuvo preso) en su precio en oro, pero ese no es un hecho fehaciente pues también señaló que en aquellos tiempos las autoridades policiales eran comandadas por un personaje de dudosa calidad moral, y mas tratándose de un tesoro. “En ese tiempo el jefe policiaco era el comandante Donato Mesa, ese era corrupto, a él lo mataron, balaceado”.
Y sobre las joyas, que “jura” no haber visto jamás, dijo: “Las pocas que existen son las que están ahí en el Baluarte, no apareció gran cosa de las alhajas. De los lingotes no sé lo que pasó porque en aquellos tiempos, con los jefes policiacos que estaban no se sabe”.
Si desapareció parte del tesoro de uno forma u otra, lo cierto es que los únicos que lo pagaron son el autor del hallazgo y el joyero. Por lo pronto, Raúl Huerta vive cerca de la Playa Norte, donde también tiene una palapa que atiende su esposa Magdalena rodeada de hijos (siete) y varios niños. El nombre del negocio es “las Joyas del Pescador”.
Doña Magdalena se encontraba atendiendo la poca clientela que había y a ratos miraba el partido de futbol playero donde participaba uno de sus hijos, también pescador, también buzo. A ella no le da pesar hablar sobre el tesoro que tuvo su familia hace mas de 30 años, pero advierte que a su marido sí, por ciertas informaciones que fueron publicadas en la televisión sobre el tema en donde “dijeron cosas que no eran”. El pescador estaba trabajando en el mar en ese momento, no tardaba. Llegó a la playa con la cosecha justo en el medio tiempo del partido, sus hijos rodearon la lancha para ayudarle a sacar los pescados y las herramientas de pesca. Después el árbitro llamó a los jugadores a continuar con el partido.
Doña Magdalena, siempre con su sonrisa, pidió hablar antes con su marido, a ver si se animaba a declarar algo. Habría que dejar la plática para el día siguiente. Fue imposible, es notorio que Raúl Hurtado quiere enterrar el tema y se negó rotundamente a hablar de él. “De veras, ya no quiero problemas, gracias, pero disculpen, ya no quiero problemas”.
Delgado, amable y con la típica cara curtida por el sol y dibujada por ampliar líneas de expresión, pidió disculpas y se despidió con su mano derecha llena de pintura azul. El es pintor cada vez que tiene oportunidad, el resto de su tiempo lo dedica a pescar, como siempre. El pescador se retiró a la parte trasera de la palapa.
Según declaró Raúl Hurtado en la última entrevista concedida a Imagen, no conoce el motivo de su segunda detención, cuando pasó 11 meses en la cárcel. “Tengo entendido que el joyero había pedido la devolución de las piezas, como a él no lo agarraron y yo estaba trabajando, me detuvieron y tuve que purgar la pena”, declaró en aquella ocasión. Su proceso fue llevado hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) hasta que finalmente fue absuelto de cualquier cargo.
Desde su postura, la de un pescador que sale al mar cada mañana a buscar el sustento de su familia para ese día, asegura que el tener en las manos un valor encontrado bajo del mar, no suponía la causa de un delito cometido en contra de la nación: “No tenía conocimiento de si estaba cometiendo algún delito, o si me iban a meter a la cárcel porque tomé ese tesoro”, aseguró don Raúl Hurtado.
Después recibió algunos apoyos, una lancha, por ejemplo, y hace poco tiempo recibieron material para construir su casa por parte de la diputada Carolina Gudiño, pero sólo eso, la familia Hurtado vive “al día”, de la pesca y trabajos temporales.
“Después a raíz de eso fue que a él lo ayudó el gobierno, pero sí, de que están fregados, están fregados, porque hubo un tiempo en que era pulpero el hombre, después de haber tenido todo, se quedó sin nada. Aquí desafortunadamente todo eso era de la nación por eso lo aprehendieron y luego otra vez pero no se sabe el motivo. Pero a raíz de eso el sigue siendo pescador”, comenta Miguel Campoamor.
El Campechano no convivía con demasiado Raúl Hurtado, no mas allá de saludarse y verse seguido por su trabajo, porque ambos eran pescadores. Él ya no se dedica a la pesca, un oficio que, igual que El Pescador, ejerció durante toda su vida. No puede señalar una fecha exacta del hallazgo, pero sí recuerda ciertas cosas, como una conversación sobre el momento en que aparecieron las alhajas: “Fue en Punta Valiente donde encontraron ese tesoro, según él dice que cuando estaba pulpeando vio que brillaba y metió el gancho y ahí estaban los lingotes, todo regado y amontonado todo, ahí fue donde empezó a escarbar y a mover”.
¿Más tesoros?
Con base en su experiencia, el Campechano considera que la historia de Las Joyas del Pescador podría ser sólo la punta del iceberg, pues ha habido “varios hundimientos” que los pescadores-buzos han constatado en lugares cercanos a la costa del Puerto de Veracruz y en otros no tan cercanos.
“Es como aquí, hay un lugar frente a lo que se llama Monte Negro, hay varios hundimientos, se supone que son unos galeones, están en un lugar que se llama La Diabla. Allá hemos ido a bucear y se ve que es un galeón, nada más que está virado. Para entrar ahí hay que descolgarlo primero. Pero hay muchos naufragios ahí, hay muchos hundimientos”.
Es posible que el caso del pescador Raúl Hurtado sirva para que otros pongan sus barbas a remojar. Porque lo que dice Miguel Campoamor podría dar pie a nuevos hallazgos, incluso, se refirió a uno del que prefirió no dar mas detalles, “no vaya a ser…”
“Por allá en un lugar que se llama Villa Rica, delante de Laguna Verde, ahí también hubo unos individuos que también sacaron joyas, eso porque un amigo me comentó eso pero no te sabría decir…mejor no decimos quién, no vaya a ser que después haya problemas. Fue allá en Villa Rica, frente al cerro del Metate, que es una zona arqueológica que está casi frente al mar”.
El Pescador no ha ido al Baluarte de Santiago a admirar la exposición, para hacerlo tendría que pagar 39 pesos.
Las Joyas, que se exhiben en el Baluarte de Santiago ya recorrieron la Unión Europea y fueron llevadas a Monterrey antes de colocarlas donde se encuentran hoy en día.
Roberto García Moll, ex director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) declaró sobre el tesoro: “Las joyas son, por una parte, testimonio claro de envíos realizados a la corona en las naves que partían del Puerto de Veracruz con rumbo al Viejo Continente, pero fundamentalmente nos indican el desarrollo de las técnicas de producción aplicadas a la fundición de metales y el depurado arte de los orfebres en el México prehispánico”.
El tesoro contiene un escudo de guerra, “chimalli” que es la pieza más representativa, barras y pendientes de oro. La manufactura de las joyas es similar a la Tumba 7 de Monte Albán, en Oaxaca.
Las Joyas pertenecen a la cultura Mixteca, esto se deduce porque están trabajadas con las mismas técnicas. Se utilizaban moldes de carbón con los que se diseñaban y creaban elementos para fundir metales preciosos.
martes, 27 de enero de 2009
Son para espantar al Diablo

R. Soberanes
Cuatro hombres con sombrero hacen bulla sentados en una tabla bajo la sobra de un árbol. "¿Falta mucho para el Hato?, queremos ver a don Esteban Utrera", les preguntamos al pasar. "Es acá adelantito, ¡pero espérese que acá hay otro maestro!", dijo alguno de ellos. Y el laudero Asunción Cobos se levantó y se presentó levantando la tapa de una gran cubeta llena de jaranas y mostrando otras tantas colgadas en la pared.
Jaranas Segundas, Terceras, de Tres Cuartos, Mosquitos, guitarras, Mandolinas y Leonas ("con su vozarrona que sirve de acompañamiento") están a la vista de las escasas personas que pasan por ese cruce de caminos de unas cuantas casas, llamado Paso de la Mata, antes de llegar al Hato. Cuenta don Asunción que hace 22 años, "llegó el muchacho Gilberto (Gutiérrez) con una espátula para ayudar a hacer la jarana" y fue como aprendió el oficio que ahora lo hace viajar vendiendo sus instrumentos por Veracruz y la República.
En los caminos rurales de Santiago Tuxtla habitan el "Son Campesino" y sus creadores, hombres cercanos a los 90 años de edad que han pasado millones de horas creando música con sus instrumentos de cedro. Asunción Cobos, apurado por el griterío de los hombres "relajistas" de afuera que pedían cerveza, dijo que suele aprovechar las fiestas de La Candelaria, en Tlacotalpan para vender unas 60 jaranas, a menor precio que los demás fabricantes, tema tabú entre los lauderos de la zona que mantienen pugnas por el precio y la calidad de los instrumentos.
Personajes parranderos como don Juan Pólito, "guitarrero" que llegaba a su casa por las mañanas todo trasnochado con sus dedos lastimados y adormecidos de tanto "requintear", don Rodolfo Cobix, violinista que coloca su instrumento en el antebrazo para formar una cruz y espantar al "amigo", don Carlos Escribano, buen laudero de San Andrés, y don Esteban Utrera, pilar de cinco generaciones de soneros de la región de Los Tuxtlas.
Se consagraron al Son por "gusto", por "necesidad social" o por "obligación moral" y han convertido las coplas y los versos en un elemento tan indispensable en la región como la ganadería y la agricultura; tan recurrente como los rezos; emblemático como las cabezas colosales olmecas de Tres Zapotes; tan triste como los velorios, tan liberador como el "despojo del luto" y tan melancólico como la migración de los jóvenes y el ocaso de los auténticos jaraneros, violinistas y guitarristas que viven de sus recuerdos.
Entre los potreros y las rancherías han surgido connotados músicos. Algunos han llevado el son de los Tuxtlas por el mundo (Mono Blanco, Son de Madera, Los Utrera) y otros lo han tocado por décadas en las interminables noches de fiesta, fandangos de los que ya no hay, de los que duraban días de música canto y zapateado para pesar de las señoronas asustadizas que decían que esa música era "del amigo", por no utilizar la palabrota "Diablo". En respuesta, los violinistas de Los Tuxtlas aprendieron a tocar con el violín “afinado como las guitarras de Son” recargado en el antebrazo y no en el cuello, haciendo la forma de una "cruz" al "amigo", para tranquilidad de "las doñas".
Don Andrés Moreno, director de la Casa de Cultura de San Andrés, explicó que el Son de Los Tuxtlas tuvo su auge en la juventud de los señores que hoy reposan en sus casas y en su mayoría han dejado de tocar. Dijo también que ellos tienen la particularidad de que les da lo mismo si su música se comercializa o no, debido a que toman al Son como una forma de vida, como "una necesidad social" expresada con las notas "empausadas" cuando asistían a los velorios a amansar el alma de los deudos, o en las plegarias que se le rinden a la Virgen de los Remedios y al Santo Niño de Atocha, en los bautizos, en las bodas, en cualquier fiesta, en los cabos de año, fecha en que los dolientes se despojan del luto y el Son "ya es más alegre", y cuando moría un niño, en cuyo caso los músicos tenían "la obligación moral" de ir a despedirlo.
"A los campesinos no les importa si el Son es aburrido o no", dice don Andrés, quien recuerda las frecuentes escenas de reuniones en las casas divididas por la mitad: unos rezando por un lado y otros bebiendo y cantando por otro, ya con todo y tarima y sones alegres, si es que no había cuerpo presente y se trataba de instalar de nuevo la alegría en el hogar concurrido. "Tantito de ibas a rezar y tantito te ibas al fandango".
Sí era verdad que el Hato estaba cerca, como dijeron los hombres con sed. Tan pronto terminó de almorzar, don Esteban Esteban Utrera se puso una camisa y se aposentó en una silla bajo la sombra del árbol de su patio para hablar de su vida. Nació en 1919, un tres de junio, cuando "el sol se convirtió en aurora, merito a las 5:33 de la mañana, un día antes de la celebración de San Quirico, el hijo de Santa Julita, el niño de tres años que frente al martirio de su madre, también se declaró cristiano valiéndole madre los tormentos", dice Samuel Aguilera, en una reseña de la vida del "mero tatasquián del Hato".
Don Esteban, padre de siete varones y una muchacha que le han dado un extenso "nietaje". Aprendió a tocar con las lecciones de "un señor que se llamaba Anastacio Utrera", su hermano. Lo malo fue que el maestro de don Esteban "se voló su dedo principal lazando a los animales y ya quedó mochito y me dijo que agarrara yo la guitarra". Siempre prefirió el requinteo, también sabe hacer sonar la jarana "pero ya no me gusta tocarla, tengo las manos chuecas, no sé por qué", y se miraba extrañado su mano derecha, picada por una garrapata que -dice- le pudo haber dejado torcidos los dedos.

A don Esteban parece importarle poco el hecho de haber sido invitado a tocar en el extranjero. “Fuimos dos veces en avión…”, y su nieto José Luis le ayudó: “fuimos a Irlanda”, “¡ándale, por ahí!, fueron 12 horas en el avión”, dijo don Utrera. En cambio, sus experiencias en los fandangos de la región sí lo hicieron recordar momentos gratos, “noches de guitarra sin sueño” que padecieron sus hijos, a menudo con menos injundia que él, hasta que llegaron los años 80.
“Ya por el 70 debieron haber nacido los chamacos y por los 80 comenzó don Esteban a hacer muina con las parrandas de los chamaquitos que por los noventas ya le andaban pegando duro a la jarana y en el 2000 serían (Los Utrera) a mi juicio uno de los pocos grupos auténticamente campesinos”, afirma Samuel Aguilera.
Don Esteban se repuso de “un susto de la presión” y está de vuelta en el trabajo. De todo hace, menos albañilería. Si construyen una casita, el arma los tablones, pero el ladrillo ni lo toca. En los fandangos él toca, pero el canto ni de broma. Baila poco porque ya le duelen bastante las rodillas, pero “si se aparece una brutalidad, pues ahí me hacen bailar”.
Hay cuatro generaciones de los Utrera con vida, don Esteban ya es tatarabuelo. El papá de él tocaba y bailaba, igual que su mamá. En Rincón de Sosa, Tilapa, Florida, Guinda, ahí donde son afamados los Carballo, "la carballada" y se dice que matan por dinero. A todos lados los Utrera siempre llevan la rama. "Una barbaridad de parrandas" armó en su vida, “ni sueño daba, ahora veo a la familia muy sueñenta”.
“Nunca me faltó la tomadera pero no me emborrachaba”, dice el señor del Hato. Recuerda a los fandangos de Tlacotalpan con especial cariño. “agarrábamos la tarima y cuando había mucha gente no se podían tocar las familias y les decía `hagan otro fandando para que se riegue la gente y se formule otro fandango´, de todos lados y en todo el día sale la gente bailadora en Tlacotalpan, en las fiestas de la Candelaria”. Se le preguntó a don Esteban Utrera si se imaginaba su vida sin el Son y ni siquiera comprendió el significado de tal pregunta.
“Guitarra del Son” se llama su último disco, grabado en 2007 por Alec Dempster, un canadiense que promueve el Son de los Tuxtlas como ningún otro mexicano. “Mientras nuestros pueblos rechazan su cultura, la gente extraña se interesa más”, se lamentó Andrés Moreno, halagando al mismo tiempo el trabajo de Dempster.
Dijo además que la migración en Los Tuxtlas “se nota en las casas arregladas pero también lo nota el Son” porque los jóvenes se van, regresan “y ya aborrecen el Son. Acá yo miro que la gente se va y ya no abrazan sus costumbres”.
Ejemplo de lo contrario es don Esteban Utrera, que vio “cómo le enderezaron las jorobas al Papaloapan y cómo el San Cristóbal se convirtió en el ingenio más grande del mundo” y ya por aquel entonces no paraba de tocar, y hoy, rozándole a los 90 años “el viejo sigue chambeando como un burro y amaneciendo en los pinches fandangos tirando trago y echando compla”.
domingo, 11 de enero de 2009
IV. Hanna Baby (¿Y el sol?)
Su oído agudo la hizo elegir el bar. Unas flores moradas de terciopelo enmarcaban la puerta del establecimiento que soltaba tonadas funky desde sus entrañas. Una cascada de grandes listones de colores colgados del techo acariciaban las caras de la pareja. Ella lo tomó de la mano en ese túnel ciego que les prometía las fantasías del interior. El contacto de las telas con sus caras emitía un terso sonido parecido al de las víboras de cascabel. Lento fue su trayecto, pues la sweet sixteen trataba de palpar los listones uno por uno. Algunos los arrancó y en su dulce trance los acomodó al rededor de su cuello y brazos. El hombre escuchó sonar su armónica por sí misma.
Era claramente un lugar dispuesto para el baile en pareja, Así lo sugería el acomodo de los sillones anaranjados dispuestos en círculo, donde estaban sentados algunos comensales cuyos atuendos y actitudes los hacían parecer atemporales. A ella le gustaba la música de órgano que respaldaba el toing toing de fonky, él disfrutaba escuchando su armónica que soltaba una musiquita que le recordaba que estaba en el desierto. Alrededor de quince personas eran la concurrencia, todas tomaban una bebida morada, del mismo color de las flores de terciopelo de la entrada. Llegó un señor con cabellos en forma de flama vistiendo un bien planchado smoking del color de los sillones. No era enano, pero casi, media lo mismo parado que sentado. El Gafitas les entregó a cada uno su vaso.
-Sin rencores-, le dijo el anfitrión al cuarentón quien al verlo, puso cara de bebé esperando a que le den comida en la boca, y así lo siguió con la mirada hasta ver que tomaba de la mano a su contratación del día se perdía con ella por unas escaleras de caracol situadas tras los sillones.
Por alguna razón, el cuarentón le transmitía confianza a la jovencita. Tenía tres cualidades: estaba mucho más entrado en años que ella, le gustaba viajar con instrumentos productores de sonidos y además estaba vivo, no como su padre.
Los dulces talcos que flotaban en la pista la colmaron con sus aromas. Giraba ligera con sus telas dibujando figuras, la música le había arrancado el peso del cuerpo y sentía que mantener el equilibrio ya no implicaba un esfuerzo, sus rodillas se levantaban solas, su vientre las dirigía, sus hombros le daban la postura del ángel que saca el pecho para portar sus alas y la bebida morada la pintaba por dentro.
"Esta alegría no me la quita nadie", pensó al rechazar con toda sutileza una abrupta invitación de ligue de un nuevo huésped. Seguía con su celebración frente al ofendido pretendiente, frente a su cuarentón, frente a todos.
Tenía postradas sobre ella las miradas alegres de los demás que disfrutaban con su baile y su gracia única. Pero esos rostros comenzaron a cambiar. de pronto se mostraron preocupados. La jovencita había dejado de bailar y caminaba hacia otro sujeto recién llegado que apenas buscaba acomodo. El desconocido portaba una arma de alto calibre a la vista de todos. Al tenerlo enfrente, lo olfateó. Reconoció en sus ropas el mismo olor a grasa de su negocio de hamburguesas. Sintió que desfallecía ante la mala noticia.
En menos de 25 minutos estaban ella y él frente a la zona acordonada que resguardaba el cadáver de su madre y los empleados del restaurante que acababa de sufrir un brutal asalto violento. Miradas de condolencia se postraban sobre ella.
-¿Ya va a salir el sol? qué salga pronto, qué salga pronto-, dijo Hanna Baby, encerrada en la profunda noche de aquel día de noviembre.
Era claramente un lugar dispuesto para el baile en pareja, Así lo sugería el acomodo de los sillones anaranjados dispuestos en círculo, donde estaban sentados algunos comensales cuyos atuendos y actitudes los hacían parecer atemporales. A ella le gustaba la música de órgano que respaldaba el toing toing de fonky, él disfrutaba escuchando su armónica que soltaba una musiquita que le recordaba que estaba en el desierto. Alrededor de quince personas eran la concurrencia, todas tomaban una bebida morada, del mismo color de las flores de terciopelo de la entrada. Llegó un señor con cabellos en forma de flama vistiendo un bien planchado smoking del color de los sillones. No era enano, pero casi, media lo mismo parado que sentado. El Gafitas les entregó a cada uno su vaso.
-Sin rencores-, le dijo el anfitrión al cuarentón quien al verlo, puso cara de bebé esperando a que le den comida en la boca, y así lo siguió con la mirada hasta ver que tomaba de la mano a su contratación del día se perdía con ella por unas escaleras de caracol situadas tras los sillones.
Por alguna razón, el cuarentón le transmitía confianza a la jovencita. Tenía tres cualidades: estaba mucho más entrado en años que ella, le gustaba viajar con instrumentos productores de sonidos y además estaba vivo, no como su padre.
Los dulces talcos que flotaban en la pista la colmaron con sus aromas. Giraba ligera con sus telas dibujando figuras, la música le había arrancado el peso del cuerpo y sentía que mantener el equilibrio ya no implicaba un esfuerzo, sus rodillas se levantaban solas, su vientre las dirigía, sus hombros le daban la postura del ángel que saca el pecho para portar sus alas y la bebida morada la pintaba por dentro.
"Esta alegría no me la quita nadie", pensó al rechazar con toda sutileza una abrupta invitación de ligue de un nuevo huésped. Seguía con su celebración frente al ofendido pretendiente, frente a su cuarentón, frente a todos.
Tenía postradas sobre ella las miradas alegres de los demás que disfrutaban con su baile y su gracia única. Pero esos rostros comenzaron a cambiar. de pronto se mostraron preocupados. La jovencita había dejado de bailar y caminaba hacia otro sujeto recién llegado que apenas buscaba acomodo. El desconocido portaba una arma de alto calibre a la vista de todos. Al tenerlo enfrente, lo olfateó. Reconoció en sus ropas el mismo olor a grasa de su negocio de hamburguesas. Sintió que desfallecía ante la mala noticia.
En menos de 25 minutos estaban ella y él frente a la zona acordonada que resguardaba el cadáver de su madre y los empleados del restaurante que acababa de sufrir un brutal asalto violento. Miradas de condolencia se postraban sobre ella.
-¿Ya va a salir el sol? qué salga pronto, qué salga pronto-, dijo Hanna Baby, encerrada en la profunda noche de aquel día de noviembre.
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III. Hanna Baby (Grasa y exceso de velocidad)
Entre el ajetreo del restaurante había algo que no tenía razón de ser. Una cosa untada como mantequilla en el aire espeso, rompía la normalidad del establecimiento donde se alimentan los comensales que van o vienen de trabajar en las maquilas. Es por lo tanto, un lugar que en su mayoría recibe mujeres y fragancias diversas.
Decenas de mujeres se resbalan entre los sillones pegados a la pared arrinconados por las mesas multicolores con sus manteles viejos estampados de dibujos cursis. Las damas, acostumbradas a vestir de hombres, dejan sus gorras en la entrada, algunas utilizan el pelo corto. Ninguna trae bolso, pues todo cabe en las bolsas del pantalón.
Tras la barra hay una señora de greñas descomunales. Cualquiera diría que en un par de años no ha visto lo que hay afuera de su establecimiento porque su aspecto no se parece a ningún otro. Sus pelos negros y enmarañados por el aerosol van de un lado a otro como movidos por un péndulo inverso instalado justo debajo de la caja de cobro.
Siempre atrás de la barra, nunca entre los clientes, siempre con su vaivén de marcapasos de piano de acá para allá y de allá para acá. Siempre cuidando lo suyo.
Mas atrás aún, está la bodega de los insumos. Sobre una caja de verduras enlatadas, está sentada una niña de 16 años, una sweet sixteen ataviada con un overol, pelo recogido por un paliacate y tenis negros. Pensativa, tratando de no escuchar nada pero sin atreverse a taparse los oídos. Sumida en el sinsabor que la rodea, tiene la mirada cada vez más y más perdida... Algo no encajaba, ya no podía estar más tiempo ahí, "¿qué hago aquí?... me tengo que ir", pensó la jovencita.
A esa misma hora de la tarde, cuando los estómagos de las comensales comienzan a obligarlas a adoptar actitud de pereza, un automóvil se dirigía a la gran ciudad fronteriza a desmesurada velocidad. Su conductor, un hombre de esos que creen que todo lo pueden sólo porque han vivido 40 años, metía el acelerador a fondo, seducido por las inmensas planicies que conforman el desierto, mientas que su acompañante, una prostituta que decidió fugarse con él en una noche furtiva, comenzaba ya a arrepentirse de haber dejado la fabulosa capital del país y hacía cuentas para pagar su viaje de vuelta tan pronto hubiera oportunidad.
Comenzaron a aparecer a su paso las señalizaciones que guiaban hacia el aeropuerto de Juárez. Esa zona que hace 10 años estaba prácticamente despoblada, ahora la habían invadido cientos de casuchas y changarros instalados al libre albedrío de personas que llegaron engañadas por la idea de tener una vida confort cerca de la frontera de los Estados Unidos.
-Los cinturones de pobreza-, dijo el conductor, con el tono del que cree que sabe las causas de las cosas. "Pobreza", nada peor para escuchar para una prostituta que hace 18 horas había cometido el arrebato de viajar justo para buscar lo que sea, menos vida de carencia.
Juntos pero separados por sus anhelos inestables, iban ella y él a bordo del Mustang color rojo "de ocho gargantas" rompiendo el viento cargado de polvo, cuando una patrulla les llenó el espejo retrovisor, los alcanzó y les pidió detenerse "ya mismo y allá mero", donde les señaló el dedo del copiloto. Bajaron del auto que representa la ley, un agente corpulento (el que manejaba) de estatura razonable y otro tan chaparro, que medía lo mismo sentado que parado. "No soy enano", le aclaró a la prostituta mientras husmeaba en la guantera de Mustang sin justificación alguna. La mujer paró de mascar, estaba sorprendida por la rapidez de los movimientos de ese energúmeno uniformado que parecía sacado de una juguetería de humor negro. La infortunada pareja furtiva de viajeros estaban a punto de conocer de lo que son capaces el "Gafitas" y el "Gafotas".
Del otro lado del auto, el oficial "normal" realizó el protocolo de pedir licencia, tarjeta de circulación, hacer preguntas sobre origen-destino, y el por qué del viaje. Pero el conductor no parecía estar de humor para eso, y con sus ademanes de hombre guapo, se prendió un cigarro, abrió la puerta empujando levemente al guardián del orden y descendió del auto para enseguida orinar la llanta delantera derecha de la patrulla ante la mirada incrédula escondida por los inmensos rayban del agente.
"Placas foráneas (esto no es ilegal), falta de las dos últimas verificaciones y actitud prepotente al orinar la unidad de la ley", fue la sentencia que emitió por la radio el patético imitador de sherif gringo. Su llamado fue como un grito de guerra en la selva: cinco patrullas (dos de la policía y tres de Tránsito Municipal, incluyendo la grúa) llegaron en cinco minutos. Cuando había transcurrido 10, el hombre estaba de pie en la carretera, cargando nada más que su guitarra, su armónica y una de sus tarjetas de crédito. Aún lo acompañaba su sexo servidora arrepentida, quien miraba fijamente la tarjeta de presentación del Gafitas. Ese "tapón de alberca" era dueño de un congal recién inaugurado a las afueras de la ciudad y le había ofrecido trabajo, cosa que la dama aceptó y tomó el primer taxi que pasó para largarse de una vez.
Decenas de mujeres se resbalan entre los sillones pegados a la pared arrinconados por las mesas multicolores con sus manteles viejos estampados de dibujos cursis. Las damas, acostumbradas a vestir de hombres, dejan sus gorras en la entrada, algunas utilizan el pelo corto. Ninguna trae bolso, pues todo cabe en las bolsas del pantalón.
Tras la barra hay una señora de greñas descomunales. Cualquiera diría que en un par de años no ha visto lo que hay afuera de su establecimiento porque su aspecto no se parece a ningún otro. Sus pelos negros y enmarañados por el aerosol van de un lado a otro como movidos por un péndulo inverso instalado justo debajo de la caja de cobro.
Siempre atrás de la barra, nunca entre los clientes, siempre con su vaivén de marcapasos de piano de acá para allá y de allá para acá. Siempre cuidando lo suyo.
Mas atrás aún, está la bodega de los insumos. Sobre una caja de verduras enlatadas, está sentada una niña de 16 años, una sweet sixteen ataviada con un overol, pelo recogido por un paliacate y tenis negros. Pensativa, tratando de no escuchar nada pero sin atreverse a taparse los oídos. Sumida en el sinsabor que la rodea, tiene la mirada cada vez más y más perdida... Algo no encajaba, ya no podía estar más tiempo ahí, "¿qué hago aquí?... me tengo que ir", pensó la jovencita.
A esa misma hora de la tarde, cuando los estómagos de las comensales comienzan a obligarlas a adoptar actitud de pereza, un automóvil se dirigía a la gran ciudad fronteriza a desmesurada velocidad. Su conductor, un hombre de esos que creen que todo lo pueden sólo porque han vivido 40 años, metía el acelerador a fondo, seducido por las inmensas planicies que conforman el desierto, mientas que su acompañante, una prostituta que decidió fugarse con él en una noche furtiva, comenzaba ya a arrepentirse de haber dejado la fabulosa capital del país y hacía cuentas para pagar su viaje de vuelta tan pronto hubiera oportunidad.
Comenzaron a aparecer a su paso las señalizaciones que guiaban hacia el aeropuerto de Juárez. Esa zona que hace 10 años estaba prácticamente despoblada, ahora la habían invadido cientos de casuchas y changarros instalados al libre albedrío de personas que llegaron engañadas por la idea de tener una vida confort cerca de la frontera de los Estados Unidos.
-Los cinturones de pobreza-, dijo el conductor, con el tono del que cree que sabe las causas de las cosas. "Pobreza", nada peor para escuchar para una prostituta que hace 18 horas había cometido el arrebato de viajar justo para buscar lo que sea, menos vida de carencia.
Juntos pero separados por sus anhelos inestables, iban ella y él a bordo del Mustang color rojo "de ocho gargantas" rompiendo el viento cargado de polvo, cuando una patrulla les llenó el espejo retrovisor, los alcanzó y les pidió detenerse "ya mismo y allá mero", donde les señaló el dedo del copiloto. Bajaron del auto que representa la ley, un agente corpulento (el que manejaba) de estatura razonable y otro tan chaparro, que medía lo mismo sentado que parado. "No soy enano", le aclaró a la prostituta mientras husmeaba en la guantera de Mustang sin justificación alguna. La mujer paró de mascar, estaba sorprendida por la rapidez de los movimientos de ese energúmeno uniformado que parecía sacado de una juguetería de humor negro. La infortunada pareja furtiva de viajeros estaban a punto de conocer de lo que son capaces el "Gafitas" y el "Gafotas".
Del otro lado del auto, el oficial "normal" realizó el protocolo de pedir licencia, tarjeta de circulación, hacer preguntas sobre origen-destino, y el por qué del viaje. Pero el conductor no parecía estar de humor para eso, y con sus ademanes de hombre guapo, se prendió un cigarro, abrió la puerta empujando levemente al guardián del orden y descendió del auto para enseguida orinar la llanta delantera derecha de la patrulla ante la mirada incrédula escondida por los inmensos rayban del agente.
"Placas foráneas (esto no es ilegal), falta de las dos últimas verificaciones y actitud prepotente al orinar la unidad de la ley", fue la sentencia que emitió por la radio el patético imitador de sherif gringo. Su llamado fue como un grito de guerra en la selva: cinco patrullas (dos de la policía y tres de Tránsito Municipal, incluyendo la grúa) llegaron en cinco minutos. Cuando había transcurrido 10, el hombre estaba de pie en la carretera, cargando nada más que su guitarra, su armónica y una de sus tarjetas de crédito. Aún lo acompañaba su sexo servidora arrepentida, quien miraba fijamente la tarjeta de presentación del Gafitas. Ese "tapón de alberca" era dueño de un congal recién inaugurado a las afueras de la ciudad y le había ofrecido trabajo, cosa que la dama aceptó y tomó el primer taxi que pasó para largarse de una vez.
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II. Hanna Baby (La leyenda de la carretera)
La chica de las carreteras se convirtió en una leyenda urbana cuando fue encontrada bailando descalza en el cofre de una camioneta pick up con una música funky de fondo. Los federales reportaron que fue vista abollando con sus pies la lámina del cofre, que de tan caliente que estaba, hubiera podido servir para freír huevos. Así era ella, siempre en diálogo con la gran bola de luz.
Un estudiante de matemáticas decía que estaba seguro de poder descubrir una nueva ruta del comportamiento humano a través de la conducta de esta mujer que tenía la habilidad de crear cientos de preguntas incontestables entre las personas cercanas a los lugares donde era vista.
Un día cualquiera estacionó su camioneta cerca del estadio, a 100 metros del pebetero olímpico y con el motor apuntando hacia El Paso, sólo a un metro de la línea divisoria. La musa de los viajeros se desplazaba en la escasa superficie del cofre y, para alcanzar la cerca de tela de alambre, bajaba a la rudimentaria defensa plateada que absorbía y deformaba los incandescentes colores del ocaso desértico. Julián -este es un buen nombre para llamar al estudiante- estaba aún en su exquisito trance de números que cada día le revelaba una explicación coherente para pequeños problemas cotidianos, y el encuentro con esa escena inaudita habría de plantearle una nuevo ejercicio que escapaba a su raciocinio.
"Vamos a bailar como Hanna Baby", la bautizó el nerd, dado en esa época a utilizar sus recién adquiridos conocimientos de inglés. Ocurrió en durante una fiesta que improvisó con sus amigos después de una inútil jornada de estudios. Ellos, además de sus avanzados conocimientos de los números, se ufanaban de hablar "inglés inglés", no del spanglis que se ocupa por aquella poblada franja fronteriza.
Tres hombres y una mujer ocupaban el espacio del dormitorio de nuestro amigo nerd en aquella noche reveladora. Nerd sí, pero atrevido, e interesado en Hanna Baby con un frenesí típico de las personas que descubren un motivo de éxtasis y deciden portarlo y exaltarlo durante las horas en que no están dormidos.
A las nueve de la noche estaban en "el Seven" comprando la cerveza y dos botellas de tequila, media hora después barrían los apuntes del suelo, la cama y el sillón de la recámara de Julián para poderse acomodar al rededor de las bebidas. Tras hora ya estaban panzones de cerveza y el baño apestaba a meados. Otra hora más tarde los borrachos del cuarto eran matemáticos famosos que se postraban sobre la comunidad universitaria y los guiaban hacia la sabiduría, mientras que la única mujer presente, terrenal y sabia, mandaba señales inútiles de sensualidad a los varones que, exaltados, clavaban el pico en sus vasos sin abandonar el diámetro imaginario que abarcaban sus piernas chuecas a punto de sucumbir ante la gravedad de sus cuerpos sin aceleración.
La mujer vista sobre su camioneta con telas colgándole del cuerpo habría de ser a partir de esa fiesta inocente, el centro de sus filosofías. Puras o no, válidas o inválidas, pueriles o trascententes, el hecho es que estaban enquistadas en su alma dispuesta a conocer el mundo con ese referente femenino, justo el más peligroso de todos, el referente parido de la peligrosidad mundialmente conocida de ese maldito pedazo de tierra que por azares del destino, alberga una raya divisoria entre un país perverso y otro pervertible, agachón e inmóvil.
Siempre estaban sus brazos descubiertos, esas extremidades que dibujaron tantas figuras de sombras con las danzas de la dama envuelta en bufandas y retazos de tela alzada, imponente sobre esa tierra que chupaba y secaba las plantas como si fueran verduras a las brasas. La sinfonía de figuras de los ramales aferrados a la tierra que quería escupirlos, pegaba una exquisita desentonada. Como la piedra que cae al agua y rompe su tranquilidad, Hanna Baby incursionaba en el tapiz de tercera dimensión de esos palos vivos que se negaban a ser expulsados por el globo terráqueo y se postraban como jeroglíficos. La bella mujer los hacía verse muertos en vida, pero les recordaba que eran parte de algo.
Se dijo que Hanna Baby podía ver al sol con las pupilas dilatadas y nunca se le quemaron los ojos, como a varios de sus imitadores drogadictos. Muchos de los accidentes que ocurrían cerca de las seis de la tarde se le atribuían al principio al temerario manejo que le daba a su troca por las empolvadas y amplias avenidas, pero con el paso del tiempo comenzaron a aumentar los casos de conductores hipnotizados por no se qué, que iban por ahí encerrados en un raro éxtasis evidenciado por una dulce sonrisa y por las facciones de la cara tranquilizada a causa de la total relajación de los músculos faciales.
Muchos, en verdad muchos, aseguraban que estaba ciega. Tampoco hay quien pueda decir lo contrario. Hanna Baby sabía aparecer de la nada con un performance sobre la vida e incidir en las vidas desesperanzadas de los habitantes de esta tierra de nadie, tremenda urbe de la histeria y de la injusticia solapada contra las bellas damas del desierto.
En cambio, la policía pensaba que estaba ocasionando disturbios en la vía pública y posibles daños a la moral con su extraño comportamiento, por eso les andaba por detenerla y llevársela.
Su pelo es negro, corto, le enmarca la cara afilada que, o miraba cara a cara al sol, o miraba hacia abajo. El que la vio de frente, si es que la vio y si es que de hecho existe ese alguien, es algo que no se sabe, pero todos se los preguntan. Julián no fue porque siempre tuvo miedo de acercarse. Aunque se le reconoce como el primero que habló con ella, y fue justo ese día del atardecer marciano junto al estadio olímpico en que bailaba en la línea divisoria entre México y Estados Unidos
De niña, el papá de Hanna Baby le dijo que existe algo llamado ritmo y que más allá de las clases de solfeo y música a las que tuvo el privilegio de asistir durante su educación primaria, lo iba a encontrar con pequeñas señales durante el transcurrir de su vida, lo cual le dio más confusión que certezas y la llevó más de siete veces a un estado de alteración y desesperación porque comenzó a encontrar ritmos en la cotidianidad de la maquiladora de pantalones de mezclilla, en el soso movimiento de la lavadora, en las tediosas repeticiones de la rocola del primer tugurio en el que trabajó cuando su papá decidió decir "último vieja" y morirse para quedar postrado en un lugar donde no se ve ni se escucha nada. Encontraba el ritmo y lo volvía encontrar, pero... "¿Para qué?", se repetía a sí misma una y otra vez.
Un estudiante de matemáticas decía que estaba seguro de poder descubrir una nueva ruta del comportamiento humano a través de la conducta de esta mujer que tenía la habilidad de crear cientos de preguntas incontestables entre las personas cercanas a los lugares donde era vista.
Un día cualquiera estacionó su camioneta cerca del estadio, a 100 metros del pebetero olímpico y con el motor apuntando hacia El Paso, sólo a un metro de la línea divisoria. La musa de los viajeros se desplazaba en la escasa superficie del cofre y, para alcanzar la cerca de tela de alambre, bajaba a la rudimentaria defensa plateada que absorbía y deformaba los incandescentes colores del ocaso desértico. Julián -este es un buen nombre para llamar al estudiante- estaba aún en su exquisito trance de números que cada día le revelaba una explicación coherente para pequeños problemas cotidianos, y el encuentro con esa escena inaudita habría de plantearle una nuevo ejercicio que escapaba a su raciocinio.
"Vamos a bailar como Hanna Baby", la bautizó el nerd, dado en esa época a utilizar sus recién adquiridos conocimientos de inglés. Ocurrió en durante una fiesta que improvisó con sus amigos después de una inútil jornada de estudios. Ellos, además de sus avanzados conocimientos de los números, se ufanaban de hablar "inglés inglés", no del spanglis que se ocupa por aquella poblada franja fronteriza.
Tres hombres y una mujer ocupaban el espacio del dormitorio de nuestro amigo nerd en aquella noche reveladora. Nerd sí, pero atrevido, e interesado en Hanna Baby con un frenesí típico de las personas que descubren un motivo de éxtasis y deciden portarlo y exaltarlo durante las horas en que no están dormidos.
A las nueve de la noche estaban en "el Seven" comprando la cerveza y dos botellas de tequila, media hora después barrían los apuntes del suelo, la cama y el sillón de la recámara de Julián para poderse acomodar al rededor de las bebidas. Tras hora ya estaban panzones de cerveza y el baño apestaba a meados. Otra hora más tarde los borrachos del cuarto eran matemáticos famosos que se postraban sobre la comunidad universitaria y los guiaban hacia la sabiduría, mientras que la única mujer presente, terrenal y sabia, mandaba señales inútiles de sensualidad a los varones que, exaltados, clavaban el pico en sus vasos sin abandonar el diámetro imaginario que abarcaban sus piernas chuecas a punto de sucumbir ante la gravedad de sus cuerpos sin aceleración.
La mujer vista sobre su camioneta con telas colgándole del cuerpo habría de ser a partir de esa fiesta inocente, el centro de sus filosofías. Puras o no, válidas o inválidas, pueriles o trascententes, el hecho es que estaban enquistadas en su alma dispuesta a conocer el mundo con ese referente femenino, justo el más peligroso de todos, el referente parido de la peligrosidad mundialmente conocida de ese maldito pedazo de tierra que por azares del destino, alberga una raya divisoria entre un país perverso y otro pervertible, agachón e inmóvil.
Siempre estaban sus brazos descubiertos, esas extremidades que dibujaron tantas figuras de sombras con las danzas de la dama envuelta en bufandas y retazos de tela alzada, imponente sobre esa tierra que chupaba y secaba las plantas como si fueran verduras a las brasas. La sinfonía de figuras de los ramales aferrados a la tierra que quería escupirlos, pegaba una exquisita desentonada. Como la piedra que cae al agua y rompe su tranquilidad, Hanna Baby incursionaba en el tapiz de tercera dimensión de esos palos vivos que se negaban a ser expulsados por el globo terráqueo y se postraban como jeroglíficos. La bella mujer los hacía verse muertos en vida, pero les recordaba que eran parte de algo.
Se dijo que Hanna Baby podía ver al sol con las pupilas dilatadas y nunca se le quemaron los ojos, como a varios de sus imitadores drogadictos. Muchos de los accidentes que ocurrían cerca de las seis de la tarde se le atribuían al principio al temerario manejo que le daba a su troca por las empolvadas y amplias avenidas, pero con el paso del tiempo comenzaron a aumentar los casos de conductores hipnotizados por no se qué, que iban por ahí encerrados en un raro éxtasis evidenciado por una dulce sonrisa y por las facciones de la cara tranquilizada a causa de la total relajación de los músculos faciales.
Muchos, en verdad muchos, aseguraban que estaba ciega. Tampoco hay quien pueda decir lo contrario. Hanna Baby sabía aparecer de la nada con un performance sobre la vida e incidir en las vidas desesperanzadas de los habitantes de esta tierra de nadie, tremenda urbe de la histeria y de la injusticia solapada contra las bellas damas del desierto.
En cambio, la policía pensaba que estaba ocasionando disturbios en la vía pública y posibles daños a la moral con su extraño comportamiento, por eso les andaba por detenerla y llevársela.
Su pelo es negro, corto, le enmarca la cara afilada que, o miraba cara a cara al sol, o miraba hacia abajo. El que la vio de frente, si es que la vio y si es que de hecho existe ese alguien, es algo que no se sabe, pero todos se los preguntan. Julián no fue porque siempre tuvo miedo de acercarse. Aunque se le reconoce como el primero que habló con ella, y fue justo ese día del atardecer marciano junto al estadio olímpico en que bailaba en la línea divisoria entre México y Estados Unidos
De niña, el papá de Hanna Baby le dijo que existe algo llamado ritmo y que más allá de las clases de solfeo y música a las que tuvo el privilegio de asistir durante su educación primaria, lo iba a encontrar con pequeñas señales durante el transcurrir de su vida, lo cual le dio más confusión que certezas y la llevó más de siete veces a un estado de alteración y desesperación porque comenzó a encontrar ritmos en la cotidianidad de la maquiladora de pantalones de mezclilla, en el soso movimiento de la lavadora, en las tediosas repeticiones de la rocola del primer tugurio en el que trabajó cuando su papá decidió decir "último vieja" y morirse para quedar postrado en un lugar donde no se ve ni se escucha nada. Encontraba el ritmo y lo volvía encontrar, pero... "¿Para qué?", se repetía a sí misma una y otra vez.
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