domingo, 30 de noviembre de 2008

Un par de textos viejísimos, los escribí en 2003. Creo que fue en marzo de ese año, me gustaba el ciclismo y salía "rodar" con Guicho. Fuimos a los Humeros, un lugar impresionantemente chingón, está en el valle de Perote. Ahí hay unas subidas sobre unos 3 mil metros de altura que te hacen decir -como dice guicho- "y yo qué hago aquí!!". Para no hacer el cuento largo, cuando íbamos bajando me rompí la madre en una curva. Se me partió en 2 el fémur de la pierna izquierda y tuve que pasar 3 meses en cama.
Entonces vi películas como nunca y escribí cuentos. La mayoría de ellos los perdí. El hombre del coche rojo, El jardinero elegante y El mero día, son algunos de los que sobrevivieron.

Un jardinero elegante (preámbulo del mero día)

Yo no creía que fuera tan difícil cortejar a aquella mujer. Sé que es rica y muy codiciada por hombres que representan los mejores partidos del pueblo para una mujer de su clase y posición, pero jamás pensé que mi primer visita fuera a terminar así:
Fueron dos horas las que esperé en la calle bajo la llovizna a que Margarita saliera de su clase de macramé, tan sólo para poder saludarla y con mucha suerte cuadrar una cita por la tarde.
Al fin salió y acudí a su encuentro y sin dudarlo le pedí permiso para hacerle una visita a su elegante domicilio.
–Hoy tengo toda la tarde libre- le dije - como que se espantó un poco, pero ya que me revisó bien de pies a cabeza, le cambió el semblante.
-Vaya entonces, y le agradezco de antemano su cortesía- así me contestó la ingrata.
Nunca había sido tan difícil soportar el tiempo y las ansias como ese rato en que esperé a que dieran las cinco mas o menos. Ni me atrevía a moverme mucho para no sudar ni despeinarme, por eso mejor me quedé en mi casa, sentado en la cama de mis padres para así poder estarme enfrente de los chorros que se hacen desde el tejado siempre que llueve en el pueblo de tres a cuatro y media. Supe que era la hora de salir cuando dejó de llover, y ni me dio miedo mojarme los zapatos en la calle porque sé que los charcos se evaporan rapidísimo de tanto calor que hace después de los aguaceros, eso sí, el vapor te entra por las narices y hasta te ataranta la cabeza.
Crucé el pueblo que dormía la siesta todavía. Cuando toqué la puerta de su casa fui atendido por un empleado que me condujo a través de un inmenso jardín cuyo fino césped estaba bastante largo. Al final, llegamos a una bodega donde había un recado para mí, aún no era mi día.
“Las podadoras están a su disposición. Gracias otra vez por su cortesía. Atte. Margarita.”
...durante las siguientes seis horas me encontré más ocupado que una pulga en el cuerpo de una mujer gorda.

El mero día

Con mi mejor ropa salí ese día, mi gran día. Sentía una fuerza por dentro que me obligaba a sentirme muy bien, nervioso y con esos pantalones que me quedaban chicos y me calaban medio gacho, pero muy bien, con zapatos sin lodo, calcetines discretos, camisa nueva y todo.
Era un día por la mañana, muy, muy soleado y no tan bonito pero sí aceptable para pasear. Solo íbamos a hacer eso porque no era yo de suficiente confianza para sus papás como para que me dejaran llevármela a la ciudad para hacer algo más que pasear.
Tampoco iba a pasar por ella a su casa porque sus papás no querían ni verme todavía. De hecho ni se iban a enterar. Sólo en secreto había aceptado salir conmigo. Teníamos que vernos a las doce en la cola de las tortillas, para pasar desapercibidos y nada más me iba a dejar dar tres vueltas al parque con ella, luego cada quien se iría por su cuenta, y luego de eso, pues quien sabe.
Resulta que a esa hora ya no hay tortillas ni gente, así que ni nos confundimos con la gente, ni pasamos desapercibidos, ni nada. Yo llegué primero y ahí la esperé como quince minutos, aguantando las habladas de las tortilleras. Aguanté mucho, pero después me desesperé y les menté la madre a cada una de las tres por separado, y cuando iba en el tercer insulto, llegó Margarita. Pasó rápido, ni se detuvo, así que yo caminé luego luego atrás de ella. Me enojó mucho que Margarita alcanzara a escuchar las tres mentadas por separado que me dijeron a mí también.
Tardé tres minutos en terminar de admirarla con ese vestido café claro que tan bien va con ella y que tan perfecto le permite enseñar cómo es de bonita su figura y cómo es que seguro nadie a tocado su piel. Luego pregunté que cómo estaba, y ella amable contesto, medio indiferente pero contestó que bastante bien.
-¿Contenta?
-Si –me dijo por fin mirándome por primera ves y como que sonriendo. No aguanté su mirada sobre la mía y tampoco miraba mucho su cara porque se me notaría lo embrutecido, entonces se me volvió a adelantar hasta que llegamos al parque que estaba lleno de chamacos trepados en los naranjos que estaban listos para cosecharse. Le iba a ofrecer un helado en ese momento pero no se lo ofrecí porque un chamaco me tiró un naranjazo que me dio justo en el riñón y me dejó hincado de dolor como si yo le pidiera perdón a él y no al revés. Hasta las lágrimas se me salieron pero no le grité nada, solo me puse rojo y me tuve que aguantar. Tenía la esperanza de que Margarita no se diera cuenta pero volteó por culpa de las risas de los boleros y me alcanzó a ver todavía sobre mis rodillas.
-¿Te lastimaste?.
-Solo me pegaron en la pierna pero ya estoy bien.
-Pues te han de haber dado otro en la espalda porque te ensuciaron tu camisa-, así me dijo como que medio burlona. Se dio la media vuelta. Entonces noté que estaba avergonzada y hasta dudaba en esperarme, de pronto llegó otro naranjazo, pero este se estrelló en el mero centro de la nalga izquierda de Margarita. Sonó chistoso.
-¡¡A su puta madre!!
Gritó ella con todas sus fuerzas perdiendo todo el estilo. A mí hasta miedo me dio y los boleros ni se atrevieron a reírse otra vez. Ella tomó la naranja y con notable puntería se la acomodó en la mera trompa al primer niño que vio (que por cierto no era el culpable). La pobre lloraba y se sobaba. El niño quedó todo atarantado y yo me sobaba el riñón y la consolaba, ahí, sentados en una banca que estaba lejos de donde los niños jugaban guerritas.
Traté de ponerla de buen humor pero me costó trabajo, hasta le dije que si quería le podaba de nuevo su jardín con tal de que sonriera, eso le dio mucha risa y me miró con ternura, yo a ella la miré con ilusión.

jueves, 16 de octubre de 2008

El Ferras mató a Martín y Youtube lo hizo famoso

R. Soberanes

Un intenso olor a galleta y el puntual escándalo del tren, penetran en cada rincón de cada casa de la zona donde El Ferras mató a Martín. En la colonia Quinta María, o "La Galletera", habitan personas de clase baja, aunque claramente no son los más pobres de Veracruz. Los trazos de las calles son más o menos ordenados y las casas son casi todas pequeñas y de una sola planta. 

El 16 de septiembre, cerca de las 3 de la tarde, Martín y su esposa Mercedes terminaban de comer en la mesa que tienen colocada en el patio de su "casa". En realidad vivían en un cuarto de lámina que improvisaron atrás de la casa de su "carnala", en el número 43 de la calle 11 de la "Galletera".

Se escuchó un silbido desde la calle, Mercedes lo recuerda bien. Era el que habría de convertirse en héroe del Youtube. Felipe Ferra Gómez llegó a visitar a Martín Molina Rivas, quien en contra de la voluntad de su esposa, accedió a irse a tomar unas cervezas a la vía con su amigo. El Ferras dejó su bicicleta guardada en casa del que estaba a punto de matar.

Mercedes ya tenía tres hijos antes de casarse con Martín, el mayor de ellos, Andrés, tiene 10 años y jugaba a ser Martín vistiéndose de trabajador de los rieles. Mercedes dice que lo querían y que a menos de un mes de la muerte de su padrastro, no logran entender lo que pasó. Según sus maestros, andan toda la mañana callados y desorientados. 

Martín creció entre las vías. Ahí era su hogar, porque en su casa tenía una madre y un padrastro que los golpeban, y cada vez que eso ocurría, tomaba a su "carnalita", la subía con él a un vagón y parrtían a donde fuera. Pasados algunos días habrían de volver. Esa historia se repitió en incontables ocasiones, hasta que fueron llevados a un orfanato.  "Nos subíamos en los trenes porque nos pegaban mucho... fuimos maltratados pero hicimos nuestra vida en las vías", dijo la hermana de Martín.

"Desde niño le gustó la uña (robar)", reconoció María Cristina. de hecho estuvo preso en dos ocasiones, ambas por robo, y fue en la cárcel que conoció al Ferras, su futuro socio de robos y autor del final de sus días. Martín se iba de pequeño a otras colonias y robaba cosas pequeñas, a veces incluso llegaba con dulces (Los Sugus le gustaban mucho). 

"Yo no dijo que Martín sea... haya sido una blanca paloma porque no lo era", dice Mercedes, quien afirma que "de un año para acá", su esposo había experimentado un cambio radical. Una transformación que se acentuó cuando llegó la noticia del embarazo. Martín estaba seguro de que iba a ser padre de una niña, María de los Ángeles le había puesto por nombre, porque en su necia ilusión, aseguraba que iba a ser niña, cosa que a la fecha no se sabe. Faltan tres meses de espera.

Hablar del pasado turbulento de Martín hizo que Mercedes, como un acto reflejo, mostrara una fotografía de su difunto esposo trabajando en las vías, en una de ellas está con sus amigos, en la otra está solo. es la misma que tiene ahora entre veladoras. "Miren como sí trabajaba", repetía ella para nosotros y para ella misma.

En las vías, siempre en las vías, nunca en un solo lugar. Cuando lo atraparon con su hermana, él se escapó del orfanato para volver a los rieles, el mismo lugar donde se buscó un trabajo honesto años muchos años después. Pero el Ferras dice que no, que ellos seguían robando juntos y se le había ido "liso" con una cadena de oro que habían hurtado recién.  Mercedes dice que el Ferras le tenía mucha envidia a su marido y le metía sizaña, pero el Ferras, desde los separos de la Policía Intermunicipal Veracruz-Boca del Río, dice que el hoy occiso lo trataba como un "chamaco cagón".

-¿Cómo se explica usted lo que le hicieron a su esposo?, se le preguntó a Mercedes. Se enjugó las lágrimas y suspiró profundo buscando una bocanada de aire que le permitiera hilar ideas. Entonces recreó una conversación entre Martín y su asesino.

"Yo creo que por envidia, le metía sisaña, venía y le decía que me mandara a la chingada, y el le decía `yo cómo voy a correr a mi vieja´, `Es que tu conscientes mucho a esos chamacos, mejor rómpeles su madre´, `No loco, mejor te rompo tu madre a tí´". Y prosiguió: "Cuando supuestamente lo corrían de su casa y decía, `oye loco es que me corrieron de mi casa´y yo le daba de comer, y yo le decía  a martín, `tu te pasas de buena gente con ese muchacho, a mi no me da nada de confianza´, pero pues nunca nos hizo caso".

En el cuarto donde dormía la pareja y los tres hijos de ella, hay un desorden que denota desdén. Hay ropa de Mercedes, de sus hijos y de Martín regada encima de la cama, de las cómodas y las sillas. Parece un lugar deshabitado. El único resquicio de orden que queda es el pequeño altar que Mercedes le procura a su esposo. Una noche, justo en esa recámara, durmió Felipe Ferra Gómez.

"Una vez lo dejó a quedarse a dormir, yo me peleé con él, y me fui a casa de mi mamá. Se fueron en la tarde y llegaron en la noche, el domingo hice como si apenas viniera llegando. El muchacho se fue enojado porque Martín le dijo, ya vete porque ahí viene mi vieja".

La hermana de Martín no entró al cuarto, esperó nerviosa en la puerta. Y pensó en voz alta reviviendo el momento del asesinato, que le contaron dos mujeres -madre e hija- que fueron testigos del crimen. "Dicen que el muchacho las veía a ellas y más le daba puñaladas a Martín si quitarles la mirada, así, horrible el muchacho". María Cristina recreaba el movimiento de las puñaladas con un desganado vaivén de su brazo.

Las dos mujeres se ofrecieron a llevarnos al lugar de los hechos, muy cerca de su casa. En el trayecto, las miradas de los pocos vecinos paseantes se postraban sobre ellas, con más morbo que compasión. El Ferras se hizo famoso con su desfachatez para contarle el asesinato a las cámara de televisión, por su despreocupación y su orgullo de estar vivo, aunque estuviera en la antesala de la presión donde habrá de pasar los próximos 30 años de su vida, “tengo 24, salgo de 54, no hay pedo, los pago”.

Fueron él y Martín a las vías, ahí el Ferras le reclamó su parte de un botín. Además de negársela, Martín –según el asesino- le dijo que se iba a “fornicar a su mother y a su hermana”, “¡Cómo que se iba a fornicar a mi mother!” exclamó el Ferras ante la cámara de televisión. Entonces comenzó el pleito de vida o muerte, Martín le habría tirado una puñalada (con un desarmador), que le rozó el cuello, el Ferras las esquivó agachándose de un lado a otro, “za za za za”, y le respondió con las “balas frías” (pedradas), “zun zun zun zun” y luego logró apuñalarlo.

No tuvo compasión en la cacería, las dos testigos que viven en la orilla de la vía escucharon el ruido de las pisadas sobre la graba que rodea los rieles, “cálmate ya, estás loco”, escucharon que gritaba un Martín herido y tambaleante que quería escapar. “¿Cálmate?”, pensó el Ferras (en su confesión que está colgada en Youtube), “ahora la bebes o la derramas” y lo persiguió hasta alcanzarlo justo antes de que se quería brincar por una barda que da a la casa de las mujeres que lo vieron todo desde dentro.

“Primero se oía la graba, venían corriendo, el muchacho este le decía que se calmara, que si estaba loco y lo correteó desde este terreno al otro y lo agarró y lo empezó a apuñalar y se lo trajo para acá para la barda y ahí le dio un montón de puñaladas, no sé ni cuántas, entonces el muchacho nos vio, corrió hacia acá y aquí fue donde lo remató, pero como loco. El nos decía que lo ayudáramos pero cómo lo íbamos a ayudar, el otro no habló nada, nada más se nos quedaba viendo y le seguía.

“Su cara no se me olvida, nos veía así con una cara de loco, me recuerdo del diente, un diente que lo tenía metido hacia atrás y aquí una cortada en el cuello, y nos miraba como si anduviera drogado pero no habló nada en absoluto”, dijo la testigo, ante Mercedes y María cristina, atónitas tras escuchar por segunda ocasión el testimonio.
El Ferras es racional

Al pedirle explicaciones sobre el comportamiento del Ferras a la hora de cometer el crimen y en sus ya famosas declaraciones (más de 26 mil visitas en Youtube en menos de un mes), el catedrático de la facultad de Psicología, Jorge Valderrama dio algunos puntos de vista que atajan el vendaval de comentarios de rechazo y festejo que ha desatado el video.

No es un monstruo el que estaba actuando en ese momento: “Nuestro cerebro tiene una parte de instinto natural, el cerebro primitivo, y toda la corteza cerebral funciona con cuestiones social, de educación, etc, entonces cuando nosotros estamos bajo el efecto de las drogas, la parte del cerebro que es educada, queda inhibida para mejores ocasiones y se activa la parte primitiva, la instintiva, de ahí que muchos deseos reprimidos e impulsos, solo se activan bajo el efecto de las drogas. Este instinto de carácter animal lo tenemos todos”.

-¿Es un cínico el Ferras?

“Ese es un concepto subjetivo, es una apreciación particular para reconocer los actos. Podemos decir también que es muy honesto porque él no está ocultando nada, no dice que fue accidental, por ejemplo, no está escondiendo nada en absoluto. Difícilmente vamos a encontrar un sentimiento de culpa en él, porque el esta consciente de manera racional que hizo lo adecuado. Esa es la parte absurda, nosotros habitualmente mentiríamos por no arriesgar la condena, el está muy consciente de que los daños que va a recibir y no les tiene ningún temor”.

El académico fue más lejos, pues reconoció en el asesino, cualidades que una persona “educada” no tiene, que es el estar plenamente consciente de sus actos y aceptar sus consecuencias sin el más mínimo dejo de preocupación y remordimiento.

“Tiene capacidad de razonamiento lógico, no fue un razonamiento impulsivo, sus razones son lógicas y bien planteadas, no estaban en condición de desventaja. Fue una toma de decisión sumamente acertada porque al fin de cuentas el logró lo que quería que era sobrevivir y él mismo lo narra, dice a mi me costó la condena pero estoy vivo”.

Dice Jorge Valderrama que comúnmente los delincuentes son sociópatas, es decir, personas que no aprenden de sus actos e incurren en ellos una y otra vez, pero el Ferras no lo es. Es un tipo honesto, “ya se lo llevó su chingada madre. Está muerto, ni pedo, lo pago”.

-¿Hay varios Ferras en potencia?

“Precisamente ese es gran parte del fracaso de la educación, si usted ve los cometarios en los videos, se hace alarde de este tipo de circunstancias y ahora potencialmente vamos a tener varios imitadores. Este tipo tiene carisma y no le preocupa en lo más mínimo, el anda como de vacaciones, está en un tour que es parte de su vida violenta, él sobrevive, no vive. ¿Cuántos casos así vamos a tener? Muchísimos, potenciales hay muchísimos. Lo estamos fomentamos nosotros al hacerlo tan famoso”.

jueves, 9 de octubre de 2008

sábado, 13 de septiembre de 2008

Sobre el burro...

Don Brunof, siga usted a los policías por una noche de rondín para llegar a conocer al pobrecito burro. Gracias por el interés, también al buen Roberto Castrejón, un atleta convertido en poeta... y hablando de poetas, lic. Chaneque, mira nomás cómo quedó tu ilustración, qué maravilla, me cae.

El miedo del policía


R. Soberanes
 
Seis balazos incrustados en una pared y otros seis que penetraron en una patrulla, son el vestigio de un encuentro entre un policía y un ladrón que están vivos de milagro.
 
De una llamada de auxilio, como las hay cientos por día a través de la radio de la patrulla, se desencadenó una persecución a pie. El comandante iba corriendo tras el delincuente. Cuando éste supo que no iba a poder escaparse y sintió muy cerca la presencia del policía, tomó la decisión de parar y sacar el arma. Con su perseguidor a seis metros de distancia, se creó una situación en la que alguien habría de morir.
 
Los dos dispararon seis veces, fueron fracciones de segundo, se hizo el silencio. El instante siguiente sirvió para hacer recuento de los daños. Dicen los que han recibido balazos que de momento uno no siente que lo han herido; ninguno de los dos sangraba, ya no eran policía y ladrón, sino dos seres humanos con miedo a morir. Ambos siguieron corriendo, pero ahora en direcciones opuestas para no verse nunca más.
 
Seis balazos de uno, seis de otro, a seis metros de distancia. "Tu sólo te enfocas a tu objetivo, lo que tu tienes a tu alrededor se borra, solamente hay como un túnel entre tu objetivo y tu, todo lo ves en fracciones de segundo, todo pasa muy rápido". Son palabras del comandante de la Policía Intermunicipal Veracruz-Boca del Río (PIB), Marcos Conde Hernández.
 
Tiene el grado de supervisor, y coordina desde su patrulla a unos 200 elementos que operan en la zona conurbada de Veracruz y Boca del Río. Es conocido por su afán de andar en las calles, maneja él su camioneta desde las 8:00 pm hasta las 8:00 am, se baja a caminar en las colonias marginales con dos escoltas que toman posiciones estratégicas en torno a él para protegerlo. Cuando este personaje acude a un "auxilio", llegan en el acto otras 4 patrullas, esté donde esté.
 
Ninguna providencia vale cuando hay dos hombres tirándose a matar dentro de ese túnel donde nada más existe. "Dices tu, mucha táctica, mucha técnica, sabes todo lo que tienes que hacer y cómo lo tienes que hacer, pero en ese momento se te olvida, te bloqueas, nomás te dices a ti mismo, `tienes que salvarte` se te olvida lo que estudiaste, lo que te dijo tu maestro".
 
Según el elemento políciaco, los que entran en ese túnel a enfrentarse a balazos son los pobres. La inseguridad que él ve en el día a día, como integrante de la PIVB, proviene del desempleo que es más que palpable en la principal zona urbana del estado de Veracruz, en colonias que no aparecen en las guías turísticas, sino en las secciones de los periódicos a la que algunos llaman "la Sociales de los pobres".  
 
Algunos de ellos, "no tienen otra salida" y se meten de policías. Una profesión ingrata, según otro elemento de la PIVB que nos trasladó desde la base de la corporación hasta donde se encontraba el comandante Conde. En una camioneta más modesta, el policía –pidió el anonimato- contó que los rondines en parejas que supuestamente realizan, son un mito, puesto que normalmente van solos "por falta de personal".
 
Se trata de sobre llevar la frustración y cumplir con los turnos salvando el físico como se pueda. Si un policía ve una riña en un callejón, lo más normal es que se de la media vuelta, porque según su experiencia, los rijosos al ver al uniformado, olvidan sus rencillas y se alían contra él con tal de no ir a dar a la cárcel. Peor aún, "¡ya hasta los teporochillos te amenazan con darte levantón y cortarte la cabeza!", dijo el policía antes de parar en un puesto de hot dogs, donde una compañera policía trabaja cuando anda franca (de civil).
 
Sonó la radio y se interrumpió su conversación. "Enterado comandante (...) vamos a donde está el comandante Conde". Sonó de nuevo el aparato, "valen más los golpes que el amor"... -"golpearon a una mujer?"-, "es que a las viejas ya no les cree uno, seguido pasa que va uno a defenderlas y hasta se encabronan, dicen que sus maridos tienen el derecho de golpearlas".
 
"El comandante Marcos Conde es hasta mejor que uno por que a ese sí le gusta andar a pie y meterse en todos lados por él mismo", dijo en días pasados el coordinador de la PIVB, Arturo Paredes Guevara, cuando nos autorizó a realizar el rondín. "Te va a ir bien con él, seguro va a haber acción".
 
Estaba de pie, en una banqueta frente a una casa blanca, flanquado por dos escoltas armados con R-15, igual que él. Portaba gafas de armazón deportivo pero con micas de aumento, prácticas para el ajetreo. "Escogiste un mal día, mira cómo está lloviendo, casi no va a haber nada", nos comentó. Total, uno nunca sabe. Nos subimos a la camioneta.
 
Ahí, atendía al volante, a las personas que pasaban por la calle, a las llamadas de auxilio que sonaban en la radio y a nuestra conversación. A todo lo que se movía alrededor. Sacamos la grabadora y lo advirtió alertado de reojo, no pasa nada. "Le molesta si grabo", se le preguntó, "para nada, adelante".
 
-Después de 16 años de ser policía, ¿usted siente miedo todavía?.
 
"Sí claro, eso del miedo es lo que nos hace sobrevivir, si yo no siento miedo, yo no tomo una precaución, pero como yo no siento miedo, yo tomo mis precauciones, es el instinto de sobrevivencia. Nosotros somos adictos a la adrenalina, es lo que nos tiene en pie, después de un servicio queda un buen saborcito de boca, como si te hubieras tirado de un paracaídas, es lo que buscamos nosotros".
 
En 16 años de trabajo, la zona conurbada, según su percepción, ha crecido "tres o cuatro veces" y hay lugares recónditos donde se esconden los delincuentes, muchos de ellos son migrantes que buscan refugio temporal, son lugares paupérrimos donde no puede entrar una patrulla sola, porque ya ha ocurrido que la reciben con agresiones imposibles de repeler.
 
Entramos la colonia Ana Carreto, también conocida como Lomas del Vergel, un asentamiento irregular que es uno de los lugares con mayor índice de "riñas, lesionados y de vicio". Un lugar dormido, en silencio; de casas de cartón y lámina acanalada y calles de arena, angostas donde apenas y cabían las patrullas. En la entrada había un grupo de jóvenes, pero adentro no se asomaba ni una alma.

Las madejas de cables de luz colgaban a menos de dos metros y rozaban la torreta de la patrulla. Algunos se desparramaban desde los transformadores hasta el suelo, ese es uno de los principales peligros de andar a pie en ese lugar, donde además se asoman cantidad de fierros oxidados. Energía ilegal contenida, latente, a punto de hacer corto circuito; silencio de ojo de huracán.

Como era de esperarse, llegó el primer reporte de "personas que se encuentran agresivas con unas piedras". Acelerador a fondo entre el caserío. "Mira, ahí va uno". Cruzó la calle a 100 metros de la patrulla, un hombre huesudo, flaco y agachado, al llegar a la esquina, se acercó otro a la patrulla. "¡Me, me , me robaron mil doscientos jefe, viven ahí ontá el árbol, como a tres calles!".

El  que había corrido, se arrepintió de escapar, "¡vente hijo!", le dijo el hombre supuestamente agraviado, que tenía un tubo dentro de su pantalón y apenas y se mantenía en pie, su hijo, lo mismo, estaba alcoholizado y con un bat en la mano. Los subieron a los dos -contra su voluntad- a la patrulla para que ayudaran a localizar a la persona que les había robado.

En el punto exacto del llamado de auxilio, había una niña exasperada, le acababan de agredir a su hermano menor y le habían pateado las láminas que sirven de puerta de su casa. En el trayecto, la patrulla de atrás había "agarrado" a otro "que caminaba con actitud sospechosa". 

Uno de los requisitos para ser "malandro", es vivir en la pobreza, pero otro es tener esa habilidad inexplicable para "caminar de manera sospechosa" por las calles y ser detenido por eso, y que además la policía casi siempre encuentre algún delito, para lo cual, llaman a los reporteros de la fuente y exhiben a los trofeos de la caza, con sus miserias robadas junto a ellos.

De la casa de la niña, salió su madre entre penumbras, visiblemente desmejorada de salud, una "anciana" de unos 40 años cargando a su nieto, un niño de un año aproximadamente que parió la brava damita que exigía seguridad a los 8 hombres armados con R-15 congregados frente a su casa. 

Cuando la quejosa miró hacia la patrulla, señaló al padre y al hijo como los que la habían agredido. Lo del robo de los mil 200 pesos era un teatro montado en desesperación. El hombre ebrio, desarmado de su tubo, y su hijo, pasaron la noche en los separos de la PIVB esperando a que la niña no tenga tiempo de ir a denunciarlos formalmente, en un plazo de 36 horas.

Siguiente "auxilio" fue en el Infonavit Buenavista. Ahí corrió la sangre la noche anterior. una persona decidió quitarle la vida a otra a punta de balazos, a quemarropa, a sangre fría, sin explicación alguna. Aldo Aburto Bautista, "El Loco" disparó por la espalda a don Eugenio Larrañaga mientras tomaba el aire en compañía de una vecina y familiares que todavía alcanzaron a ver al cobarde matón con la pistola escuadra, calibre 45 despidiendo humo, antes de salir a salto de mata.

En el andador Cáncer 135 esquina con andador Acuario de la Cuarta Etapa, cayó muerto boca abajo el señor que vendía llaveros en Plaza Acuario y cuidaba el parque de la Buenavista. Al día siguiente, por lo menos tres llamadas de auxilio de personas que escuchaban "pasos en la azotea". se desató el miedo esa noche de lluvia, que con su ruido es capaz de enmudecer los pasos de los malandros sobre los techos.

Allá iba entre los andadores la decena de policías con sus armas listas para activarse en una formación especial para proteger a Conde. Las luces de los departamentos encendidas por la madrugada, cabelleras despeinadas asomándose en las ventanas atraídas por el morbo. Al final, unas señoras asustadas piden  a los policías que atrapen a una sombra que vieron, "un chavito que se brincó el 54" pero ya se escapó. Falsa alarma. Otra llamada más, otra falsa alarma, así son la mayoría.

De cada 10 delitos cometidos a taxistas, por ejemplo, por lo menos tres son falsos, auto robos; a las mujeres golpeadas hay que tratarlas de lejitos porque a ellas les da por defender a sus maridos, hombres muy machos con derecho a dejarles el ojo de cotorra. 

De vuelta a las "fabelas jarochas" un matrimonio engañó a la policía. Alertaron sobre una sombra más que les dio miedo. Pero cuando llegamos, le pidieron por caridad a los patrulleros que les ayudaran a llevarse un burro que se acababa de electrocutar y ya comenzaba a apestar enfrente de su casa. 

!No doñita!, eso le corresponde a Limpia Pública... se fue la patrulla dejando a la simpática pareja gritando improperios agitando las manos hacia el cielo, las mismas manos que habrán de deshacerse del infortunado burro que yacía achicharrado sobre la arena.

Los indigentes, ¿qué hacer con ellos? conseguirles unos cartones. Muchos de ellos se mueren en las puertas de los hospitales tras pasar días tirados en el suelo, según el testimonio del comandante Conde, al tiempo que señalaba un bulto que era una señora hecha bola en la entrada del hospital de Pemex, con sus plantas de los pies completamente negras y sus ojos chorreando de conjuntivitis. "Hay ojos que no ven lo que no quieren ver", dijo el uniformado.